viernes, 16 de febrero de 2018

Su Señoría

Me llamo Raimundo Castro, señoría. Por aquí me conocen como "el Rai", pero en su caso tutéame todo lo que precise. Soy un cualquiera, aunque bien sabe Dios que nunca he soportado el desprecio y la falta de educación que recibimos las gentes sin estudios, y todo viene porque nunca se haya reconocido todo lo que aprendemos las gentes sencillas, propiamente del campo, de la calle, de la facultad de la vida. O mismamente de la guerra, porque yo estuve en Filipinas, dónde mi cuerpo salió ileso pero mi alma..., mi alma salió herida de muerte. Nada peor que eso, aunque todo sufrimiento te hace aprender algo, así como el hambre te hace olvidar la sed, la pena jamás te borra tus recuerdos felices.

Viví en muchos lugares, más nunca tuve un hogar. Cuando consigues eso, ya puedes ir dónde quieras porque el hogar lo llevas a cuesta, y no pesa. Una vez tuve una novia japonesa, y me enseñó todo lo que mi disciplina sabe. Los japoneses hablan poco, pero dicen mucho. Siempre intentó enseñarme su idioma, pero preferí sus silencios. "Nankurunaisa", creo que es una de las palabras más bellas del mundo. En japonés significa: "con el tiempo se arregla todo".

Su señoría debe saber que uno encuentra la felicidad allá dónde nunca le dio por buscar, aunque lo peor es ir detrás de ésta. Ir pegando "bandazos" que al final no son otra cosa que golpes al aire y desilusiones que hay que ir soportando. Yo, por ejemplo, nunca me he fiado de las cosas que se obtienen de manera fácil, porque nunca te puedes agarrar a ellas. Lo mismo que llegan, se van, y se llevan consigo todo cuánto pueden. Así me ha pasado siempre con las amistades fáciles, por no hablar de las mujeres. También de las cosas que se obtienen por capricho. Conseguir las cosas buenas lleva su tiempo, no vienen porque sí.

No se si usted sabe, señoría, que la felicidad que proporcionan las cosas materiales duran tres meses; cuatro a lo sumo. Yo veo a las personas que han ganado una lotería, que al poco tiempo tienen el mismo nivel de felicidad que antes de ganar ese dinero. O los que han comprado grandes casas, coches, cualquier lujo al alcance de pocos, al final son igual de felices. Muy poco. Porque, ¿sabe usted? !Son pobres por dentro¡. Que sí, que no está mal tener cosas materiales, pero el problema viene cuando nos engañamos con ellas de la realidad que nos rodea.

A mi lo que me hace feliz es lo que me viene despacito, con el sudor de mi frente. Tiene que ser así, poco a poco y sin prisas, de lo contrario, si no lo controlas, al final la felicidad viene con fuerza y por eso que dura poco; rebota en ti. Pasa como con las amistades. No me gustan esas que llegan con ímpetu, con fuerza y arrollando con todo, porque luego vienen las decepciones. Porque cuan interesante es que ese amigo te siga mostrando lo mejor de él con las circunstancias de la vida, ¿no le parece? 

No me juzgue usted cuántos errores cometí en mi vida, pues humano es uno, más aún cuando en los arrepentimientos tardíos pretendo enmendarlos y aunque ya no pueda, ahí queda también la limpieza de conciencia. Como todo el mundo errante y que comete errores, dejé escapar amores, trabajé dónde no debía o mentí a quien menos lo merecía. Pero nada que no sea leve, digamos que cualquier cristiano obtiene el perdón con unas pocas oraciones a la ligera. Muéstreme usted a alguien que no haya errado nunca que yo le diré cuán desgraciado es por lo poco que aprendió.

Su señoría me dirá si tengo aquí que hablar de todo eso, más igual a la mujer que va detrás de esa toga negra, poco le importa lo que un viejo como yo pueda aportarle, y si lo cree conveniente, puedo hablarle descaradamente de esa gente que entró en mi vida por la puerta grande y apenas dos lágrimas derramé cuando se fueron. Es mejor llorar a raudales con los que se quedan, pues lo harás con gusto. Y he de decirle que no me gusta la gente esa que está siempre lamentándose de a quienes perdieron y no son capaces de acoger como Dios manda, a quienes entrar en su vida quieren de la manera más clara y transparente. ¿No se dan cuenta que de nada vale cerrar puertas a quien llama educadamente? ¿No lo cree así señoría?

Al final olvidarás a una persona y encontrarás a otra. No se haga usted tanto lío....,

"Disculpe usted Raimundo. Perdona que le interrumpa, pero...,nadie le ha preguntado por todo lo que usted nos está contando. Solamente tiene que declarar en calidad de testigo de un asunto entre sus vecinos y que apenas tiene relevancia".

Bueno, solo era para que usted fuera descartando cosas.

Si usted me lo permite me gustaría dejar constancia de que un servidor sabe leer y escribir, pero a mi manera. Al igual que amar, porque no se piense usted que eso se olvida con el tiempo... 


Candelario, Salamanca. 16 de febrero de 2018. Imagen libre en la red.

viernes, 9 de febrero de 2018

La soledad

Fue hace algunos días en que Francisco, con más de 113 años a sus espaldas, decidió apagarse definitivamente. Como cuando lo hace una vela, que ilumina la estancia hasta el último suspiro y que, tras éste, decide evaporarse dejando tan solo un pequeño rastro de humo. Así lo hizo Francisco, en calma, en compañía de los suyos y con la certeza de haber cumplido su misión en este mundo (si es que tenía encomendada alguna más de la que simplemente vivir). No sé qué elementos o circunstancias decidieron cuánto viviría, y sería la naturaleza, es posible, quien se encargaría de decidir hasta cuándo. Lo que sí estoy seguro es que sus últimos años de vida ni tan siquiera fue él quien decidió cómo lo haría y quienes serían las personas que compartirían alrededor suya esos finales momentos.

Siempre que se hablaba de Francisco escuché que estaba al cuidado de sus dos hijas, quienes trataban de atender sus necesidades básicas pero además, y con gran hincapié en ello, trataban de hacerle compañía y compartir aún más momentos con este anciano señor. Además siempre había una silla dispuesta a ser ocupada por algún vecino o vecina, alguien quien quisiera compartir un café con él, una charla o simplemente, degustar de un momento a su lado haciendo alguna cosa en silencio, hasta que apareciera cualquier conversación sin que forzosamente ésta tuviera que provocarse.

Así que murió en paz, en calma, y su alma se evaporó como lo hace ese último humo de la vela, y lo hizo con la certeza de que su vida no fue presa de la soledad que arrebata a tantos y tantos ancianos en los últimos años de sus vidas. Esa chirriante soledad que sobre todo ataca a los ancianos de los cuales, sus seres querido olvidan que aún tienen algo que decir. O a esos nonagenarios a los que les es difícil moverse de manera independiente y que han sobrevivido a todos sus amigos. A su familia. A su época. Son esos ancianos los que cada vez tienen más dificultades de encontrar compañía en esta sociedad que está perdiendo, precisamente, toda la esencia de lo que supone el contacto físico y la relación directa entre las personas.

No cabe duda que las redes sociales van a ayudarnos a tender puentes entre las personas - de manera tecnológica -, pero van a influir mucho en conseguir aislarnos con nosotros mismos en otros muchos sentidos. Pongo de ejemplo esas personas mayores con los que muchos de sus familiares cumplen con una sencilla llamada, con un "esta semana no podré pasar a verte", con un mensaje tal vez lleno de cariño y amor, pero vacío de comprensión y recuerdos. Porque cuando esto ocurre, es que se ha empezado a olvidar que la soledad penetra en las personas como consecuencia del olvido hacia ellos de quienes aún forman parte de su vida.

La espectacular longevidad de los españoles (somos los segundos que más vivimos en el mundo, una media de 83 años, sólo unos meses por debajo de los japoneses) contribuye a ese panorama de aislamiento, provoca que la soledad invada el interior de las personas y los anule por completo. 

Y eso que pienso que la soledad es una asignatura necesaria para el desarrollo personal: uno debe aprender a vivir solo, a vivir consigo mismo, a poner el centro de gravedad en su interior. Pienso que sólo así se puede madurar y alcanzar cierta serenidad, y eso más tarde te llevará a poder establecer cualquier tipo de relación equilibrada y sana. 

La soledad ayuda a sentirnos y vivirnos a nosotros mismos más íntima e inmensamente, enseñándonos otro modo de percibir, sentir y experimentar. Hay que ejercitarse para estar bien en soledad y en compañía, y comprender que el problema no es la soledad, sino si la misma engendra un sentimiento de penumbra y malestar. Y no todo el mundo sabe como enfrentarse a ello.

Pero es evidente que somos animales que necesitamos de compañía, que necesitamos la conversación, la relación intelectual con otros, además claro está, del contacto interpersonal y físico. Necesitamos abrazar y ser abrazados y está probado que un abrazo disminuye el nivel de cortisona (la hormona del estrés) y la percepción del dolor. Quizás no está determinado cuántos abrazos precisamos al día, pero sí está claro que necesitamos saber que podemos abrazar cuándo así lo decidamos. 

En Reino Unido se acaba de crear la Secretaría de Estado para luchar contra la soledad. Varios estudios han determinado que la soledad está a menudo asociada a enfermedades cardiovasculares, demencia, depresión o ansiedad. Hasta 200.000 personas mayores en el Reino Unido no han tenido una conversación con un amigo o un familiar en más de un mes. El Gobierno tratará de apoyar la creación de asociaciones de mayores, incentivar al voluntariado o provocar eventos sociales para aquellos que han alcanzado la vejez. Esta "epidemia" de soledad estoy seguro tiene que ver con el debilitamiento de la sociedad de antes, esa que tejía conexiones entre las personas de manera natural y directa, fuera de cualquier tecnología.  

Hace apenas dos semanas, casualmente el mismo día que Francisco se apagaba, yo me dirigía por algún motivo personal a la pequeña ciudad de Tacuarembó, en Uruguay. Tras preguntar a varias personas, al fin encontraba la Residencia de Mayores "San Vicente de Paul", para después hacer una simple visita. Al principio me pareció el lugar que imaginaba, tranquilo y con un remanso de paz que era propio, o tal vez idóneo, para un sitio de éstos, dónde más de 40 ancianos pasarían los últimos años de su vida.

Un edificio de una sola planta, de forma rectangular, dónde la luz del sol entraba a su antojo y exponía la avanzada edad del edificio, tan senil como de quienes lo ocupaban. Aún así, sus arrugas (grietas en este caso) parecían hechas a propósito, sus colores ya desgastados estaban sintonía con quienes lo habitaban, pero sobre todo se trataba de un edificio que te invitaba a pasar a su interior, darte la bienvenida, era como si quisiera hablarte pero que no le salían las palabras.   

Tras llevar mis pasos por la cocina, el salón, incluso entrar dentro de los dormitorios de los ancianos, trataba de saborear el sentimiento que cualquiera de aquellos residentes pudiera sentir. Me puse en el lugar de cualquier de ellos (cosa difícil), y quise que aquellas estancias me supieran a paz, sosiego, amor y calma. Pero no pude evitar sentir el sabor agridulce del olvido, de lo acabado..., el sabor amargo de la soledad. Me entristeció sentir que en un lugar lindo como aquel, aislado de cualquier ruido, en medio de un frondoso campo verde, lleno de naturaleza viva, y en un fabuloso día de verano como era ese, pudiera tener frío, pudiera sentir tanto desamparo, percibir la nostalgia y melancolía que invade a veces los cuerpos como si no tuviera piedad de ellos.

Fue después de esta visita que me llegaron muchas reflexiones sobre cómo llega y atrapa esta triste soledad a las personas. Que llegar a una edad avanzada es una suerte (más aún envejecer en compañía), que no depende ni tan siquiera de ellos, pues después de quizás haber tenido una vida plena, de tal vez haber formado una gran familia, haber llenado de amor a cada uno de esos miembros, construir un hogar, dar y transmitir lo mejor de cada uno y así como querer seguir haciéndolo, no haya quien se los tome en serio. 

Que pueden llegar a tener una vida completa y en la mayor parte de ella, rodeados de seres queridos, familiares o amigos. Pero llega un momento que esa situación ya no depende de ellos, sino que esa responsabilidad ya le corresponde a los de antes. 

Tal vez en Reino Unido haga algo productivo esa Secretaria de Estado para la lucha contra la soledad, incentivando que se formen voluntarios para que pasen el mayor tiempo posible con los ancianos que ya no tienen a nadie, pero la peor parte de la soledad es saber que has dado tanto amor, que has tenido que decir tanto en esta vida, que has luchado con todas tus fuerzas por ser alguien, al menos para alguien, y que caigas en el olvido para quienes aún en vida, acumulan todos tus recuerdos. 

La soledad entonces no es un problema que se da en la vejez, sino más bien, es una solución que está en quienes aún no hemos llegado a ella. Tal vez bastaría con no olvidar a quien aún, con tanta intensidad te recuerda....



Hogar San Vicente de Paul, Tacuarembó, Uruguay. Enero de 2018. Fotografía de Jesús Apa.

     

viernes, 2 de febrero de 2018

La libertad de ser quien eres

Al ver esa escultura, esa réplica casi exacta de la estatua de la libertad adosada a aquella avenida, la pregunta era casi obligada;

"¿Es que están relacionadas de alguna manera las ciudades de Florianópolis y New York?"

-- Absolutamente en nada. Bueno, sí, ahora mismo, en que ambas tienen una estatua, la de la libertad, pero cada cual construida a su manera, y en este último caso, porque sencillamente a este señor le gustaría la original--, me dijo Helena también un poco extrañada.

"¿Pero la hizo por algo en concreto"?, volví a insistir.

-- Sí, la hizo porque le apeteció hacerla, y supongo que sin importarle lo que pudiera pensar nadie sobre ello -- 

"Claro, si le gusta, ¿por qué no?, no creo ni tan siquiera que tuviera que pedir permiso para ello", pensé conforme para mis adentros.

Una de las cosas más preciadas que tiene viajar, es lo mucho que te acerca a la forma de ser de otros, totalmente desconocidos para ti, pero de los que aprendes la libertad con la que la gente va por la vida sin importarles en absoluto lo que pueden pensar de ellos, de lo que hagan, de lo que digan, actuando tal y cual son, sin necesidad de andar pidiendo permiso para ello. La esencia de ser una persona cualquiera, en su estado más puro.

Son muchos los complejos que tenemos a veces por miedo a ser como somos, por tratar de evitar un imposible. Parece que no queremos que los demás nos vean tal cual somos y tememos que, precisamente, descubran la realidad de nosotros mismos. Pero, ¿acaso no es lo ideal, ser precisamente quienes somos? No hay nada mejor que sorprender a la gente por lo que eres, y no porque descubran que eres quien no esperaban.

Descubrí a través de un texto, que para ser persona, tenemos que concedernos cinco permisos;

- El permiso de ser quien soy, en lugar de ser lo que los demás quieren que sea.

- El permiso de sentir lo que siento, en vez de sentir lo que otros sentirían en mi lugar.

- El permiso de pensar lo que pienso y el derecho de decirlo, si quiero, o de callármelo, si es que así me conviene.

- El permiso de correr los riesgos que yo decida correr, con la única condición de hacerme responsable de ello.

- Y el permiso de buscar lo que yo creo que necesito sin esperar a que los otros se ocupen de ello.

Si no me concedo estos permisos, jugaré a ser otra persona, o solo seré un personaje en un papel que nos es el mío. 

Siempre solemos imaginar a que otros actúen como nosotros lo hacemos, que piensen a nuestra manera, que se adapten a nuestras costumbres, olvidándonos que cada cual es como es, y entonces nos decepcionamos in-solidariamente con el otro. 

Ninguno de estos permisos anteriores incluye mi derecho a que otro sea como yo quiero, a que otro sienta como yo siento, a que otro piense lo que a mí me conviene, a que otro no corra ningún riesgo porque yo no quiero que lo corra, o a que otro pida permiso para tener lo que necesita.

Estos permisos no pueden incluir el deseo de que el otro no sea una persona. El hecho de yo ser persona, me compromete a defender a que tú y todos lo sean.

El proceso de ser persona, incluyendo en todo eso, aprender, madurar, crecer, respetar...., se termina el día en que uno muere. Hasta entonces, uno puede seguir creciendo y ser cada vez más consciente de sí mismo.

Me contaron al respecto que....

"Había una vez un día como cualquier día. Una araña esperaba al borde del camino más oscuro del bosque. Se rascaba la cabeza pensativa. Al ver que venía el ciempiés, la araña se acercó a él de manera muy respetuosa...

-- Señor ciempiés - le dijo - ¿puedo recurrir a su gentileza para hacerle una pregunta? ¿Cómo hace usted para caminar, señor ciempiés? ¿Adelanta primero las cincuenta patas de la derecha y después las cincuenta de la izquierda? ¿o veinte y veinte? ¿O diez y después otras diez? ¿O tal vez es una y una? --

Hubo un largo silencio. La araña se fue. Entonces el ciempiés se puso a pensar cómo caminaba. Y no caminó nunca más..." 




Campeche, Florianópolis. 1 de febrero de 2018. Fotografía de Jesús Apa.



viernes, 26 de enero de 2018

La gran silla de Dios

Ese lugar solo estaba en el camino hacia mi destino, pero no podía perder la ocasión de visitarlo, ya que se comentaba mucho por esa zona y cualquiera se sus habitantes conocía la historia que había detrás. Se trataba de una gran silla, situada en medio de la calle principal del pueblo; una silla un tanto especial y, aunque nadie aún la había ocupado, todos respetaban a quien pertenecía. 

Sin saber por qué, les causaba un profundo respeto la persona que estaba detrás de todo aquello. O quizás sería por indiferencia a quien, todos los días al caer la tarde, justo cuando el sol muestra sus tonos más anaranjados, iba junto a la silla a esperar pacientemente que llegara aquel quien se sentaría en ella, quien iba a ocuparla para siempre...;

Era una silla enorme, aunque con la forma de una silla como son todas, con cuatro patas, un asiento y un respaldo, más debía estar fabricada para que fuera ocupada por alguien de muy grandes dimensiones.

-- ¿Busca usted algo? --, me dijo aquel señor que, debajo de la gran silla, se mostraba un poco incomodado con mi ya duradera presencia.

"No, no busca nada exactamente, disculpe si lo he molestado. Solo que soy de fuera, y he venido por curiosidad a ver esta silla. De donde vengo no es muy común ver sillas tan grandes, más también me he sentido atraído por la historia o lo que dicen de ella".

-- ¿Ah sí? ¿Y supongo que también lo que dicen sobre mí, no? -- preguntó algo orgulloso aquel señor que pacía bajo la enorme estructura.

"Sí, claro, siempre que se trate de usted del que dicen, que todos los días al caer la tarde, viene a esperar a que venga alguien muy especial a ocupar esta silla. ¿Es así, verdad?"

-- Es así; tal cual --

"Pero, ¿en verdad usted viene aquí a diario, porque espera que esta silla sea ocupada... por Dios?", le pregunté casi incrédulo de formular mi propia pregunta.

-- Sí, justo lo que usted ha dicho --, respondió como la cosa más natural del mundo.

"Es asombroso..., bueno, no sé. Supongo que debe tener sus motivos"

-- Así es, claro que los tengo. Todo el mundo tiene una justificación a todo lo que hace y sus acciones bien esperan unas consecuencias, máxime aún cuando crees firmemente en algo y sabes con certeza que eso sucederá --, me dijo con total seguridad y cordura a sus palabras. Realmente estaba impacientado por saber más... 

"Me encantaría escuchar sus motivos, pero no está usted en la obligación, de verdad que no"

-- Esta será la silla de Dios, aquella que ocupará cuando los pecados del ser humano hayan desaparecido, cuando al fin se pueda ver la caridad de los ricos, la voluntad de los pueblos, cuando ya no exista más la tentación en el mundo. Aún no se sabe cuando la ocupará, más será muy pronto, y será en el ocaso del día, pues ahí habrá finalizado su trabajo y será entonces, que al fin podrá descansar. Y claro, precisará una silla como esta.... Porque ahora no se sabe exactamente donde está, va de un lado a otro sin dejar rastro, tratando de solucionar los problemas del mundo. Pero cuando llegue el momento, Dios se sentará aquí y podrá descansar por siempre, porque ya no tendrá que ocuparse de aquellos que blasfeman, que asesinan, que roban, que cometen faltas contra el amor y la vida...--

"Sí, es justo la historia que yo he escuchado, - le dije aún bajo mi asombro -. Es curioso, o más bien anormal, que alguien construya una silla esperando a que Dios venga a sentarse, ¿no cree usted?".

-- Bueno, solamente un inciso.... permíteme que le aclare algo sobre la historia o sobre lo que usted haya escuchado, y es que la silla no la construí yo. --

"¿Ah no? Pues yo tenía entendido que fue usted"

-- Fueron mis manos, cierto, pero fue por mediación de unos ángeles... Esa es la verdadera historia. Y por cierto, justo ahí enfrente tengo mi taller, dónde prácticamente todo lo que hay en él, ha sido construido de la misma manera, a través de los ángeles. Puede usted comprar ahí cualquier cosa que le interese. ¿Le apetece que lo acompañe y yo mismo se lo muestre? --

Ahí que empecé a entender un poco a aquel señor y todo su propaganda, su marketing...

"Antes de nada, dígame... Cuando eso ocurra, cuando Dios venga a ocupar su silla, ¿ya tiene usted pensado de qué hablará con Él?"

Por su cara de sorpresa, pude intuir que aquella pregunta nadie se la había hecho nunca, o al menos, no se la esperaba en aquel momento...

-- Pues la verdad es que, ahora que lo dice, nunca lo había pensado... ¿tiene usted alguna sugerencia? --, me dijo tratando de salir airoso.

"No, tampoco se me ocurre nada. Pero, no se preocupe, algo se le ocurrirá mientras le enseña su local porque, seguro que a Dios siempre le interesará ver el trabajo que hacen sus ángeles..."


Nova Petrópolis, Brasil. 26 de enero de 2018. Fotografía de Jesús Apa.



viernes, 19 de enero de 2018

El robo de la inocencia

Uno de los primeros libros que cayó en mis manos para leer fue estando en mi etapa inicial escolar, siendo aún muy niño y dónde, la lectura empezaba a convertirse en obligado cumplimiento. Aunque ya ha llovido, no puedo por ello olvidar aquel libro de autor anónimo; El Lazarillo de Tormes. Cuenta en primera persona la historia de Lázaro, un niño de origen muy humilde y que tras morir su padre, un molinero ladrón, fue puesto por su madre al servicio de un ciego. Entre adversidades y algunas fortunas, Lázaro evoluciona desde su ingenuidad inicial hasta desarrollar un gran instinto de supervivencia. Es despertado a la maldad del mundo y adiestrado bajo la inseguridad y desconfianza por la que todo ciego tiene que enfrentarse a la vida.

Como parte de sus historias, y por limar un poco aquel lenguaje escrito y a veces de difícil comprensión, que resumiré un poco la anécdota del racimo de uvas y descrita por el autor en primera persona más o menos así:

"Porque fue que un vendimiador les regaló un racimo de uvas a Lázaro y al ciego para que degustaran. En eso que ambos se sentaron y el ciego organizó como racionarían aquel montón de uvas asido en su propia rama.

-- Ahora quiero yo usar con vos una liberalidad, y es que ambos comamos este racimo de uvas, y que tomes de él tanta parte como yo. Lo haremos de esta manera; tú picarás una vez y yo otra; con tal que me prometas no tomar cada vez más de una uva, yo haré lo mismo hasta que lo acabemos, y de esta manera no habrá engaño --, quiso aclarar el ciego.

Dicho así, comenzamos; más luego al segundo lance, el traidor mudo de propósito y comenzó a tomar de dos en dos, considerando que yo debería hacer lo mismo. Como vi que él quebraba la postura, no me contenté ir a la par con él, más aún pasaba adelante: dos a dos y tres a tres, y como podía las comía.

Acabado el racimo, estuvo un poco con la rama vacía en la mano y meneando la cabeza dijo:

-- Lázaro, me has engañado; juraría yo por Dios que tú has comido las uvas de tres a tres --

"No, en absoluto", le dije yo, "más, ¿por qué sospecháis eso?"

-- ¿Sabes por qué veo que las comiste de tres a tres? En que yo comía de dos a dos y callabas --

Después de servir al ciego, habría otros personajes; un clérigo, un hidalgo, un fraile, un mercader..., donde con todos ellos asistirá, unas veces como espectador, otras como protagonista, a cuantas situaciones picarescas habrá de enfrentarse y donde en todas ellas, dejará para siempre un poquito de su íntegra inocencia.

La temática del Lazarillo de Tormes es moral; una crítica agria, incluso una denuncia, del falso sentido del honor y de la hipocresía. La dignidad humana sale muy mal parada de la sombría visión que ofrece el autor. Lo mismo le ocurre a la inocencia, dónde quien aún la conserva, está expuesto a lo peor que ofrecen las personas que habitan este mundo. Un mundo donde la vida es dura y, tal y como aconseja el ciego a Lázaro en la obra, "más da el duro que el desnudo", cada cual busca su aprovechamiento sin pensar en los otros, por lo que, como se dice al principio de la obra, "arrimándose a los buenos se será uno de ellos"; esto es, para ser virtuoso hay que fingir ser virtuoso, no serlo. 

Ocurre lo mismo con el hecho de ser inocente, porque tal y como le pasaba al autor de esta obra, nos sentimos cada vez más desencantados con la evolución sentimental y de valores del ser humano. Los pasos atrás en este sentido son evidentes, alarmantes. Porque cuando todavía se es inocente, implica desnudar el alma, los sentimientos, abrir el corazón y sus intenciones de par en par, y no sé yo si eso es muy recomendable hoy en día.

La inocencia sigue teniendo una enorme importancia, a pesar de ser un término prácticamente descatalogado en una civilización en la que todo tiene precio. Entonces, ¿qué es y qué representa la inocencia? ¿Para qué sirve? Lo primero que se me ocurre es que, envueltos como estamos en la confusión, ser inocente se interpreta en la actualidad como un conflicto entre el hecho de no saber de nada pero querer saberlo todo, digno de piedad o de burla. Pero quien la tiene o lleva, siempre nos la presenta como ejemplo de lo natural, de lo puro.

Hay quienes no dudan en apuntar con el dedo a quien lo es; "¡Ése es un inocente!", y en la expresión flota el sulfúrico del desprecio y la chanza. Para éstos, ser inocentes, pues, es sinónimo de ser un "tonto sin solución". Entonces para éste otro, que se da por aludido y quiere salir de ese concepto, ya solo piensa en ocultar tras su silencio, que busca desesperadamente cruzar el límite que marca la inocencia y el descaro; pasar de la inocencia a la madurez. No, a la madurez no. Quiere tachar la inocencia con actos de desvergüenza, osadía, desparpajo.... Porque no es contraria la inocencia a la madurez, o no me gustaría que lo fuera.

Quiero pensar o así me gustaría que fuera, que la inocencia esté más bien relacionada con la ausencia de la malicia. Es la máxima expresión para coronar y justificar al ser humano. Un estado que parece débil pero que su naturalidad lo vuelve solamente inofensivo. Que huye de la desfachatez y por eso que a todos nos gusta relacionarnos con personas inocentes, porque en su naturalidad, en su aún "virginidad de lo maligno", está la esencia de su persona. 

Es como nosotros cuando lo éramos, que solíamos ser auténticos, nos manifestábamos a cuerpo descubierto, sin camuflajes, sin maquillajes, vestidos de niños, sin complejos. Traviesos y aventureros, despreocupados e insolentes a veces, llenos de huellas reconocibles pues no ocultábamos nada. Y con sombras y luces, claro, pero sin manchar nunca el alma.

La inocencia olvida rápido el mal y es elegante en el aprendizaje que éste deja. Éramos inocentes cuando sentíamos curiosidad y abríamos el telón de nuestras buenas intenciones. Así éramos, así actuábamos. Con nuestra arrogancia acurrucada para sacar solo lo mejor de nosotros. Nuestro amor propio enternecido. Era como vivir con desafío e ingenuidad casi a la vez.

Pero hay a quienes no les gusta y nos someten y casi obligan a desprendernos de esa ignorancia que no hace daño a nadie, al contrario. Hay quienes no soportan que nos pertenezca, y entonces nos la roban, la sacan de nosotros, por eso hemos salido de nuestra inocencia; esta sociedad la ha robado prematuramente.

Estaría muy bien volver al pan y chocolate de los sentimientos, a la fotografía en blanco y negro de las sonrisas, a la incorruptibilidad del corazón. No estaría mal coser los trozos rotos de nuestra inocencia, recomponerla. No estaría mal recuperarla pero, esta vez guardarla bien, cuidarla, protegerla.... y como mucho, enseñarla a quienes tenemos cerca. Como mucho, comer tres uvas en vez de dos, pero solo de puertas para adentro. En la calle, tal vez aún no sea conveniente; sí en cambio, como bien se decía en el Lazarillo con eso de ser virtuoso, "para ser inocente habrá que fingir ser inocente, no serlo"....


Florianópolis, 19 de enero de 2018. Imagen del Lazarillo de Tormes libre en la red.      

viernes, 12 de enero de 2018

Las cicatrices

Todos sabemos o deberíamos saber que hay dos tipos de cicatrices; somos vulnerables a las heridas no solo física, sino también psíquicamente. Quien ha librado batallas, las suyas propias, nunca podrá esconder las marcas que le deja la vida. Y es que hablamos sarcásticamente de las heridas del corazón cuando ya está recompuesto; de las secuelas dejadas por decepciones cuando ya hemos sustituido a ese amigo que las causó. Tratamos de superar aquel accidente evitando volver a él con los recuerdos, deshaciéndonos de éstos ocultando esas marcas, esas cicatrices. Y es que en el fondo, siempre queremos alejarnos de aquello que nos ha marcado, nunca mejor dicho.

Leí hace mucho tiempo un artículo que vuelve a caer en mis manos, y el cual habla de todo esto y cómo se gestionan esas cicatrices dentro de la cultura japonesa, concienzuda y disciplinada con sus enseñanzas. Esta técnica tiene más de 500 años y es conocida como "Kintsugui o Kintsukuroi". Consiste en reparar las piezas de cerámicas rotas y ha acabado convirtiéndose en una filosofía de vida. Cuando una pieza de cerámica se rompe, los maestros Kintsukuroi la reparan rellenando las grietas con oro o plata resaltando de este modo la reconstrucción. 

Mediante encaje y la unión de los fragmentos con un barniz espolvoreado de oro, la cerámica recupera su forma original. Vuelve a usarse pero esta vez con cicatrices decoradas y visibles que han transformado su estética, evocando el desgaste que el tiempo obra sobre las cosas físicas, la mutabilidad de la identidad y el valor de la imperfección.

Este arte japonés de recomponer la cerámica viene de una filosofía que plantea que las roturas y reparaciones forman parte de la historia de un objeto y, en lugar de ocultarse, deben mostrarse, embellecer el objeto y poner de manifiesto su transformación e historia. Así que en lugar de disimular las líneas de rotura, las piezas tratadas de este modo exhiben las heridas de su pasado, con lo que adquieren una nueva vida.

A veces rellenamos nuestras heridas de rencor, odio, de traumas que nunca nos llevarán a ningún lado, y en la vida, a veces, las cicatrices son inevitables. No tenemos que avergonzarnos de nuestras marcas. No tenemos que taparlas, porque de ellas seguro que hemos obtenido alguna enseñanza. Depende de nosotros que las tratemos con respeto y las embellezcamos.

Se da el caso de que algunos objetos tratados con el método tradicional del Kintsugui, han llegado a ser más preciados que antes de romperse. Así que esta técnica se ha convertido en una potente metáfora de la importancia de la resistencia y del amor propio frente a las adversidades.

Por eso esta filosofía se puede extrapolar a nuestra vida actual, dónde vivimos con tantas ansias de perfección, con tanto ímpetu por aparentar solo lo positivo y agradable, que no nos permitimos mostrar nuestras cicatrices, ni tan siquiera reconocerlas como nuestras. Se ocultan los defectos, aunque desde que nacemos nos recorre una grieta. Pero debemos otorgar más valor a nuestras imperfecciones.       

Cuando las adversidades nos superan, nos sentimos rotos. A veces, es el azar el que nos lleva al punto de ruptura; otras, somos nosotros mismos, con nuestras elevadas expectativas no cumplidas y la avidez de novedad, así somos los que nos metemos en el hoyo.

Pero cada vez más se defiende la teoría de que "la memoria y la imaginación son las mejores armas del resistente". Los seres humanos tenemos una gran creatividad, una poderosa herramienta en la capacidad de concebir alternativas a la realidad. Sabemos pues recomponernos principalmente a través de nuestro amor propio, que está siempre ahí, en lo más profundo de nosotros, pero solo deben darse las circunstancias precisas para que salga fuera. 

Y cuando sale el amor propio, ya no se esconde más. La gente con esta cualidad adquiere un duro carácter, suele acostumbrarse a mirar de frente sus propias cicatrices, no las oculta, a veces incluso, se enorgullece de ellas. El querer desprenderse de las propias cicatrices supone, como poco, no haber vivido o pasado por ese momento que, seguramente, de un modo u otro, te hizo más fuerte. Aprendemos a veces más y mejor de las batallas perdidas que de las ganadas.

Hay que dejarse llevar por todo, entregarse a todo, pero al mismo tiempo conservar la calma y la paciencia. Decía Kafka que "solo hay una forma de superación que empieza con superarse así mismo".

Debemos apreciarnos tal y como somos, rotos y nuevos, irreemplazables, en permanente cambio. Aprendamos a rompernos porque solo así, descubriremos cuántas veces podemos empezar de cero con bellas y doradas cicatrices....




Fuente de Cantos, 12 de enero de 2018. Imagen libre en la red.

viernes, 5 de enero de 2018

Noche de Reyes

Cuando el Niño Jesús nació, tres Reyes que venían de Oriente guiados por una gran estrella se acercaron al Portal para adorarle. Le llevaron regalos en prueba de amor y respeto y el Niño se puso tan contento y parecía tan feliz que el más anciano de los Reyes, Melchor, dijo:

-¡Es maravilloso ver tan feliz a un niño! Deberíamos llevar regalos a todos los niños del mundo y ver lo felices que serían.

"¡Oh sí!", exclamó Gaspar. "Es una buena idea pero es muy difícil de hacer. No seremos capaces de poder llevar regalos a tantos millones de niños como hay en el mundo".

Baltasar, el tercero de los Reyes, que estaba escuchando a sus dos compañeros con cara de alegría, comentó:

- Es verdad que sería fantástico pero Gaspar tiene razón y, aunque somos magos, ya somos ancianos y nos resultaría muy difícil poder recorrer el mundo entero entregando regalos a todos los niños.... Lo que haremos será solicitar ayuda a los padres; nosotros recibiremos las cartas que escriban todos los niños que se hayan portado bien durante el año, y sus padres nos ayudarán a cumplir sus deseos....

Siempre he creído en esta historia, llena de ternura e ilusión para los niños. De alguna manera he pensado que hay magia en esa noche de Reyes. Además, la verdadera historia está escrita, yo mismo la he leído:

El evangelio de San Mateo, en su capítulo 2, dice en relación a la visita de los magos...

"Cuando nació Jesús, en Belén de Judea, bajo el reinado de Herodes, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén y preguntaron: ¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Porque vimos su estrella en Oriente y hemos venido a adorarlo...". 

Será por eso que la de esta noche, es una noche especial y dedicada principalmente a los niños. Todo el amor está destinado a ellos, intentando cumplir sus deseos y sueños, donde van también sus ilusiones y su confianza en que, algo mágico, tiene que haber ahí detrás de esa historia, de esa estrella de oriente que alumbró el camino de los Reyes Magos...

"¿Tenés sed, tenés calor?", le pregunta la mujer a una niña que como única respuesta era asentir con la cabeza. Ahí está la pequeña lamiendo un charco de agua en una plaza céntrica de la ciudad de Posadas, en Argentina, bajo un calor sofocante que superaba los 40 grados. Agua quizás en mal estado, podrida. Y nada se sabe de la pequeña, ni como se llama ni cuantos años tiene. Su mamá y hermanos están presentes en la escena, pero no hablan una palabra de español y apenas dicen algunas en guaraní. Todos pertenecen a una comunidad que acude cada día al centro de la ciudad a pedir limosnas.

Al poco tiempo la mujer que hizo la foto, periodista, quiso indagar más sobre la vida de esta niña con el pelo sucio y ropa vieja y cuya acción, la de beber en un charco, encogió su corazón; 

"Los mbyás son una rama del pueblo guaraní repartida entre Paraguay, el sur de Brasil, la provincia argentina de Misiones y Uruguay. La reducción y contaminación de sus tierras, en las que sostenían su modo tradicional de vida, han puesto en peligro su supervivencia. En los últimos años, se ha detectado un número creciente de casos de malnutrición en menores, siendo ellos los más perjudicados"

Normalmente vienen durante el día a pedir limosnas, a mendigar; no tienen ni qué comer ni tan siquiera qué beber. Suelen estar bajo la tutela siempre del cacique que impone una especie de clientelismo con ellos. En este caso, de día mendigan, y a la noche viene a recogerlos su cacique, abuelo de la niña. Su nombre es Reyes.... 

Cuando leí esta noticia, no pude evitar hacer comparaciones. Resulta paradójico lo que para unos la noche de Reyes es especial, para esta niña, Reyes significará pobreza, sumisión, casi esclavitud...

Entonces, decidí seguir leyendo un poco más el Evangelio de San Mateo;

".... al enterarse, el rey Herodes quedó desconcertado y con él toda Jerusalén. Y convocados todos los principales sacerdotes, y los escribas del pueblo, les preguntó dónde había de nacer el Mesías; En Belén de Judea, les respondieron, porque así está escrito por el Profeta:

Y tú, Belén de Judá,
ciertamente no eres la menor
entre las principales de Judá,
porque de ti surgirá un jefe
que será el Pastor de mi pueblo, Israel.

Herodes mandó llamar secretamente a los magos y después de averiguar con precisión la fecha en que había aparecido la estrella, los envió a Belén, diciéndoles; -- Vayan e infórmense cuidadosamente acerca del niño, y cuando lo hayan encontrado, avísenme para que yo también vaya y le adore. --

Después de oír al rey, ellos partieron. La estrella que habían visto en Oriente los precedía, hasta que se detuvo en el lugar donde estaba el niño. Y al ver la estrella, se llenaron de alegría, y al entrar en la casa, encontraron al niño con María, su madre, y postrándose, lo adoraron; y abriendo sus cofres, le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra. Y como recibieron en sueños la advertencia de no regresar al palacio de Herodes, volvieron a su tierra por otro camino.

Después de que partieron ellos, he aquí un ángel del Señor que apareció en sueños a José y dijo: -- Levántate y toma al niño y a su madre, y huye a Egipto, y permanece allí hasta que yo te diga, porque acontecerá que Herodes buscará al niño para matarlo. --

Herodes entonces, cuando se vio burlado por los magos, se enojó mucho, y mandó matar a todos los niños menores de dos años que había en Belén y en todos sus alrededores, conforme al tiempo que había inquirido de los magos..."

Incluso detrás de una bonita historia como ésta del evangelio, en la que explica la existencia de los Reyes Magos, puede haber también una fatalidad. Si queremos enterarnos de todo lo sucedido, basta con abrir los ojos, y en este caso, seguir leyendo. Aunque a veces quizás nos bastaría abrir los ojos y al menos en estos días no olvidar que la Navidad es también la historia de una familia que no encontró refugio entre otros seres humanos, y que solo unos animales les dieron abrigo y calor. 

Hay mucha gente que necesita una noche de Reyes, de los de verdad, Magos o Sabios, pero no sordos o ciegos, y que esa noche durara los 365 días del año, dónde el mejor regalo sea que tengamos la generosidad de ser, de verdad, una sociedad que acoja, que abrigue. Que no nos venza el miedo, el egoísmo, la desidia. Que estemos, precisamente, a la altura de nuestros deseos....



Cabeza la Vaca, 5 de enero de 2018. Niña guaraní bebiendo de un charco, fotografía de Misiones online.