viernes, 22 de septiembre de 2017

No pesa... es mi hermano

El entrenamiento constante al que te somete la vida hace que ni tan siquiera uno sepa cómo ni para qué motivos nos estamos ejercitando. Solo lo sabremos cuando en ella nos veamos impuestos a determinadas situaciones que, sin embargo, cuando suceden, hasta nosotros mismos llegamos a sorprendernos por la resistencia y fortaleza con las que estamos dispuestos a afrontarlas.

Pero a veces estas pruebas de resistencia, que vienen acompañadas de dolor, sufrimiento y penas, no tienen por qué ocurrir con uno mismo, sino que pueden ser consecuencia de cosas que les suceden a la gente que va formando parte de nuestra vida. Esos amigos, compañeros, parejas..., esas otras personas que con el tiempo, llegan a convertirse en parte de tu familia. Esas con las que acabamos refiriéndonos a ellos con expresiones como; "es como si fuera de la familia", si es el caso en que hablamos refiriéndonos a una relación en forma de cariño, o bien, "es como si fuera mi hermano", si en esta ocasión hablamos en términos de mayor grado, refiriéndonos a estas últimas como personas que se vuelven incondicionales y por las que haríamos cualquier cosa.

Siempre me ha gustado mucho la palabra "hermano"; tiene una potencia increíble, más aún por el tremendo significado que lleva detrás. Quienes tenemos hermanos sabemos que nadie expone más su intimidad y forma de ser como en esta relación. Conocemos sus defectos, virtudes, manías, desdichas..., incluso muchos de sus secretos. A veces son incorregibles, otras dulces, muchas admirables y otras tantas, ingobernables..., pero no me cabe duda, que con un hermano se está cuando se tiene que estar, en las duras y las maduras. Por un hermano se da la vida, y así debería ser literalmente, llegado el caso.

Lo curioso es que a veces, van entrando personas en tu vida que puedes llegar a tratarlas como tal, como a un verdadero hermano. Y no importarán sus antecedentes de origen, dará lo mismo que conozcas cómo crecieron, cómo se educaron, cuales fueron sus locuras de adolescentes, sus travesuras en casa, el cómo irritaban a sus padres y a sus otros hermanos.... Porque aunque no hayas vivido y compartido esa infancia con ellos, si realmente piensas que para ti esa persona es como un hermano, es que ya se ha convertido en alguien muy especial. Alguien por la que te sacrificarías y harías cualquier cosa por ayudarle, porque por un hermano se hace todo, o al menos, así debe ser.


"En el año 1917 el sacerdote católico Edward Flanagan, fundó con 90 dólares prestados una casa para niños sin hogar en Omaha (Nebrasca). En un principio contó con cinco niños recogidos en la calle, pero más tarde se vio obligado a adquirir cerca de allí una granja más grande a la que llamó "La ciudad de los muchachos".

El padre Flanagan, que dedicó toda su vida a la educación de niños y jóvenes delincuentes y abandonados, estaba convencido de que la fórmula más adecuada para su reinserción, era fomentar en ellos el espíritu de responsabilidad, e implantó un régimen de autogobierno en el que los chicos organizaban su ciudad.

Al poco tiempo de aquello, el padre Flanagan fue llamado para atender a una señora que venía con su hijo, un tal Howard Loomis, de unos trece años. Cuando entró en la sala de visitas, la madre se acercó a saludarlo, pero en cambio el niño ni se movió de la silla. El sacerdote supuso que no se levantó a saludarlo por timidez o por nerviosismo...

La señora lo convenció para que admitiese a su hijo, pues su marido los había abandonado y ella, que no tenía casa propia, tenía que ganarse la vida sirviendo como criada. El padre salió a despedirla y posteriormente volvió a la sala de visitas.

-- Vamos Howard, te llevaré al pabellón donde vivirás. Un compañero te enseñará el dormitorio, el comedor, y te dirá nuestras costumbres y responsabilidades para que sepas lo que tienes que hacer --.

El chico bajó la cabeza y no se movió de la silla.

-- Vamos... --, repitió el padre Flanagan.

El muchacho siguió inmóvil, levantó despacio la cabeza y miró al paddre con ojos de súplica y temor.

-- ¿Te pasa algo? --, dijo el sacerdote entre carisñoso y perplejo.

"Es que..., es que no puedo andar... Soy paralítico.

Flanagan tenía por norma no admitir a niños con enfermedades que los imposibilitaran para seguir el ritmo de trabajo, estudio, recreo y oración establecido en la ciudad. Eran sus normas, pero en este caso disimuló como pudo su disgusto y trató de sonreír a aquel pobre inválido que, de forma "fraudulenta", había recogido.

Howard había tenido polio y caminar era muy difícil para él, especialmente cuando tenía que subir o bajar escaleras. Usaba un complicado aparato ortopédico para las piernas y, con frecuencia, los otros muchachos se turnaban para llevarlo de un sitio a otro cargado a sus espaldas.

Un día que fueron de picnic, lo llevaba a cuestas Reuben Granger, uno de los muchachos más grandes. Pero incapaz de ocultar el cansancio producido por la distancia, lo difícil del camino y el peso de Howard, el padre Flanagan con tono cariñoso, le preguntó:

-- Amigo, ¿pesa mucho? --.

Reuben, con inefable expresión de cara y encogimiento de hombros que encerraban una gran carga de amor, de valor y resignación, le respondió con fuerza y decisión:

"Él no pesa, padre... es mi hermano".


Esta frase emblemática ha simbolizado el espíritu de "La ciudad de los muchachos" durante décadas. 

Hay historias como éstas que no se olvidan, o mejor dicho, que se recuerdan cuando te sientes identificado con lo que en ella se dice. Parece ser que hay historias que pueden llegar a inspirarnos Dios sabe cuánto y con esta, una película llegó a ganar dos Óscar, y años más tarde llegó a convertirse en una hermosa canción. Hoy, simplemente ocupa este post. Porque no pesa, es mi hermano, pero también podría ser el tuyo.... 



Fuente de Cantos, 22 de septiembre de 2017. Imagen libre en la red.
   

     




viernes, 15 de septiembre de 2017

El destino como un cuento

Siempre que hablamos del destino solemos hacerlo para referirnos a que nos han ocurrido cosas buenas que éste nos tenía reservado. Lo adulamos, pues pensamos que siempre nos esperan cosas positivas y depositamos toda nuestra confianza en algo casi espiritual (en cambio, en muchas ocasiones, esas buenas cosas dependen en su totalidad de nosotros mismos). Pero es que nos gusta tanto olvidarnos de nuestro compromiso con él, con ese destino al que nos encomendamos para que traiga solamente alegría y dicha a nuestra vida, que incluso cuando se presenta alguna desgracia a nuestro alrededor, parece que nunca nos tocará a nosotros, porque nos limitamos a decir sobre esa persona; "es lo que le tenía deparado el destino", como si hubiera ocurrido en el sistema lo que comúnmente denominamos como  "error fatal". 

Pero, ¿y por qué no pensar a veces que el destino nos puede estar esperando ahí fuera con cosas no tan buenas?. ¿Y si el hecho de pensar así, de manera contraria a la habitual, pero sin crearnos un trauma, resulta que hace que disfrutemos más de todo y con mayor intensidad?. Quizás eso surta efecto para vivir el presente como "Dios manda", y sin esperar nada de nadie (valga aquí la redundancia sobre ese "algo espiritual"). A veces ocurren cosas en la vida, o presenciamos situaciones dramáticas cercanas, tan sumamente injustas, que acabas pensando que eso del destino es un cuento, y en el que al contrario de lo que ocurre en la mayoría de éstos, eso de comer perdices es solo una visión imaginaria de nuestra fortuna. 

Así que cuando suceden situaciones tan desafortunadas y que nos tocan directamente, o sentimos que ciertas desgracias podían habernos ocurridos a nosotros, no nos queda más remedio que hacer un esfuerzo por entender la vida, que a veces es tan complicada como comprender eso del destino. Ojalá todo lo que ocurre pudiera ser explicado como un cuento, donde a través de una pequeña historia, una reflexión, una moraleja, tratamos de buscar razones sensatas y convincentes a las cosas cotidianas. Será por eso que me gustan tanto los cuentos....

Dicen que hay tres modos de leer un cuento....

Primero, leer el cuanto una sola vez. Este modo sirve únicamente de entretenimiento. Segundo, leer el cuento dos veces y reflexionar sobre él, sacarle el máximo jugo. Y tercero, volver a leer el cuento después de haber reflexionado sobre él y dejar que el cuento le revele a uno su profundo significado interno. Un significado que va mucho más allá de las palabras. 

A mí me gusta leerlos de esta última manera, a veces, metiéndome dentro de él, siendo el principal protagonista, para así conseguir entender ciertas cosas de la vida. Pero, sobre todo, hay que tener en cuenta que cada uno de los cuentos tiene que ver con uno mismo, no con cualquier otra persona. Será por eso que pienso que el destino es como un cuento....

"Escuché en cierta ocasión en uno de esos cuentos, aquel en el que se decía que un sabio indio llamado, por ejemplo Yehai, partió en peregrinación hacia el templo de un conocido profeta, llamado en este caso Zendú. 

Una noche el indio se detuvo en una pequeña aldea y le dieron asilo en una choza de una pobre pareja. A la mañana siguiente, antes de que marchara, el hombre le dijo a Yehai;

-- Ya que vas a ver al señor Zendú, pídele nos conceda un hijo a mi y mi mujer, porque son muchos años ya los que llevamos sin descendencia. --

Cuando Yehai llegó al templo, dijo al profeta; "Aquel hombre y su mujer fueron muy amables conmigo. Ten compasión de ellos y dales un hijo".

El profeta Zendú, de un modo tajante, le replicó; -- En el destino de ese hombre no está el tener hijos. -- De modo que el indio Yehai, una vez hecha sus devociones, regresó a casa. 

Cinco años más tarde emprendió la misma peregrinación y se detuvo en la misma aldea, siendo hospedado una vez más por esa hulide pareja. Pero en esta ocasión había dos niños mellizos jugando a la entrada de la choza.

"¿De quién son estos niños?", preguntó Yehai. -- Míos --, respondió el hombre. Yehai quedó desconcertado...

Y el hombre prosiguió; -- Hace cinco años, poco después de que tú te marcharas, llegó a nuestra aldea un santo mendigando. Nosotros le dimos hospedaje aquella misma noche, pues resultaba un señor muy amable. Y a la mañana siguiente, antes de partir, bendijo a mi mujer..., y el Señor nos ha dado estos dos hijos. --

Cuando el indio Yehai lo oyó, no pudo esperar más y marchó decidido al templo, y una vez llegó, gritó desde la misma entrada dirigiéndose al profeta Zendú; "¿No me dijiste que no estaba en el destino de aquel hombre el tener hijos? ¿cómo es que ahora tiene dos?".

Cuando el profeta lo oyó, rió sonoramente y dijo; -- Debe haber sido cosa de un santo. Los santos tienen el poder de cambiar el destino.... --".


Si has leído este cuento y he conseguido entretenerte, digamos que he logrado el objetivo principal del mismo.

Si en cambio has leído el cuento dos veces, pues posiblemente pienses como yo, que el destino de cada uno no debe depender de lo que los demás deseen sobre él. O que el destino no existe sino que somos nosotros los que hacemos nuestro destino y nuestras vidas, paso a paso. O tal vez puedas pensar que a veces es tan caprichoso, que es un cuento eso de que el destino no puede cambiarse.

Pero si en cambio lo lees por tercera o más veces, quizás, no sé, te de por pensar que no hay que fiarse mucho de la gente que va tratando de ser "un santo" por la vida....




Fuente de Cantos, 15 de septiembre de 2017. Imagen libre en la red.



  


viernes, 8 de septiembre de 2017

La fe y la palabra

Llegué al pueblo de Atyrá y tenía la curiosidad en comprobar si realmente era, tal y cómo su fama precedía, el municipio más limpio de todo Paraguay. Todo el mundo hacia referencia a él en ese sentido, y nada más llegar allí, apenas recorriendo sus primeras calles, efectivamente pude comprobar que aquel pueblo no solo destacaba por ser muy limpio, sino que había algo en él que lo hacía aún más distinto a los demás. Quizás era la mentalidad del atyreño que los hacía diferentes, tal vez por su hospitalidad que era más intensa aún si cabe, pero quise descubrir de dónde venían aquellos motivos que diferenciaban muy mucho a ese pueblo del resto. 

Entonces fue que pregunté los motivos, (más tarde descubrí que me hubiera ahorrado cualquier pregunta), pues la gente no tardaba en hacer referencia a quien consideraban que cambió por completo la vida de todos ellos, e insistían que era una persona que no fue por sus palabras, sino por sus acciones; ".... bueno es que aquí tuvimos por algunos años un Intendente (alcalde) que , aunque al principio todos penábamos que estaba loco, no hizo otra cosa que poco a poco transmitirnos y contagiarnos de sus valores a través de gestos y acciones que hicieron que la vida de este pueblo y sus gentes cambiaran por completo".

Supongo que en apenas diez días es difícil conocer la idiosincrasia de un país, la forma de ser de sus gentes, sus costumbres o las cosas que los distinguen, pero sí puedes conseguirlo si convives con ellos y te implicas de manera intensa. Y eso me ha ocurrido a mi en mi estancia en Paraguay, dónde desde el primer día y debido a la tarea que allí me llevaba, desde que me levantaba hasta que iba a descansar, he hablado, actuado, compartido, y recorrido todas mis aventuras con muchas personas de allí, de todo tipo de clases, de caracteres...., y eso al menos ha dado lugar a que pudiera conocer de primera mano cómo son las personas de este país, al menos de tener una idea aproximada de ello.

Tengo que volver a destacar su hospitalidad, su buena educación y respeto como parte muy positiva de ellos, pero también me costaba verlos en acción, pues tal y como allí decían sobre ellos mismos; "¡los paraguayos seguimos teniendo mucha fe!". --Pero díganme..., ¿fe en qué?--, les preguntaba yo. "Pues fe, sencillamente la fe solo hay una", me contestaban sin más. 

Entonces claro, yo no tardé en entender, que cómo ocurre mucha veces en algunas cosas determinadas de la vida, o en la forma de ser de alguna gente, le fe puede resultar a ser la excusa de la situación de cada cual, la justificación de que estamos como estamos, no como consecuencia de nuestras acciones, sino más bien por lo que nos ha tocado ser o estar. Y es que a veces la fe, o confiar tanto en ella, puede llegar a generar situaciones disparatadas por consecuencia de no hacer otra cosa que eso, que simplemente tener fe en lugar de palabra (más relacionado con la acción de creer).

"Digamos que como aquel cuento que decía que un alpinista, desesperado por conquistar el Everest, inició su travesía después de años de preparación, cometiendo el error de subir solo, sin compañeros, pues quería toda la gloria para él.

Empezó a subir de buena mañana sin detenerse en ningún momento, se fue haciendo tarde y más tarde, pero no se detuvo para acampar, sino que continuó subiendo decidido a llegar a la cima, pero la noche cayó. Una noche terrible, cerrada, cielo cubierto, no se podía ver absolutamente nada...

Y en su insistencia de subir, ya a apenas cien metros de la cima, el osado alpinista resbaló y cayó a gran velocidad... Solo podía ver manchas más oscuras y la terrible sensación de ser succionado por la gravedad. ¡Iba a morir!. Sin embargo, de repente, sintió un tirón muy fuerte que casi lo parte en dos...

¡Sí, como todo buen alpinista, había clavado estacas de seguridad con mosquetes a una larguísima soga que lo amarraba de su cintura. En esos momentos de quietud y en aquella terrible y oscura noche, no le quedó más remedio que gritar.

-¡Ayúdame, Dios mío!. ¡Ayúdame Dios mío!. 

Y una voz grave y profunda de los cielos, le contestó:

"¿Qué quieres que haga?".

- ¡Sálvame Dios mío!.

"¿Realmente crees que te pueda salvar?".

-Sí, claro que puedes Dios mío-.

"Entonces, ¡corta la cuerda que te sostiene!.

Hubo un momento de silencio y quietud. El hombre se aferró más a la cuerda, y reflexionó...

Cuenta el equipo de rescate que al día siguiente encontró colgado a un alpinista muerto, congelado, agarrado con fuerza, con las manos y los pies, a una cuerda....¡A sólo dos metros del suelo!".

La fe mueve montañas..., pero tenemos que, en verdad, vivir la vida con fe, pero sobre todo en nuestras acciones o en nosotros mismos.

Pero, ¿por qué el atyreño era distinto?. 

"Nuestro Intendente por aquel entonces, hace más de 20 años, se llamaba Feliciano Martínez Morales, (pues ya falleció), y un día, de buenas a primeras, salió de su casa y comenzó a barrer su puerta. Al día siguiente, llegó un poco más allá, y barrió toda su calle, limpiando cada rincón y recogiendo toda la basura. Pero es que cada día avanzaba un poco más, limpiando otra calle distinta, otra plaza o cualquier lugar distinto del pueblo.... Entonces, alguien decidió unirse a él cada mañana, pero después lo hicieron otros, y cada vez más gente, hasta que el gesto, se convirtió en hábito, y a día de hoy, todos los ciudadanos de aquí, no solo limpian, sino que pintan las plazas, plantan los arboles, y todo eso, es fruto de la acción que este buen hombre, decidió llevar a cabo un día".

Así me narraba la historia de este pueblo Oscar Alegre, el señor dueño de la casa dónde me alojé durante cuatro días en Atyrá. 

"Mira lo que aquí pone", me dijo señalando un cartel ya desgastado por el paso del tiempo, que colgaba de la entrada del pueblo. Dice el cartel... "Atyreños hagamos de nuestra ciudad la más limpia del país".

-¿Quién puso el cartel?-, le pregunté entonces a Oscar.

"Lo puso él, nuestro Intendente", me contestó. "Pero eso hizo que pensáramos más si cabe que estaba loco, pues al contrario de lo que pudiera parecer, lo puso el día antes de empezar él mismo a limpiar el pueblo..."


Atyrá, Paraguay, septiembre de 2017. Fotografía de Jesús Apa.
   

  

viernes, 1 de septiembre de 2017

Hay un niño en la calle

"A esta hora exactamente, hay un niño en la calle; ¡hay un niño en la calle!".

"Es honra de los hombres proteger lo que crece,
cuidar que no haya infancia dispersa por las calles,
evitar que naufrague su corazón de barco,
su increíble aventura de pan y chocolate."

Si uno escucha esta canción prestando buena atención a su letra, no le llevará ni un minuto en compadecerse. Pero si uno, lo que esa canción dice, lo ve, lo presencia, "casi" lo vive, no tarda ni un segundo en estremecerse. Porque lastimosamente es como siempre, que cuando las desgracias y penurias no nos tocan de cerca, las cosas no son como parecen, ni como nos la cuentan, ni tan siquiera alcanzamos a imaginarlas; resulta que son aun peor. 

"Poniéndole una estrella en el sitio del hambre,
de otro modo es inútil, de otro modo es absurdo,
ensayar en la tierra la alegría y el canto,
porque de nada vale, si hay un niño en la calle."

El hambre..., ¿y qué será eso?. No es lo contrario a la falta de alimento, claro que no. Veo que es mucho peor, porque arrastra miseria, pobreza, delincuencia..., acaba con los sueños de cualquiera, más aún de los que aun son niños. "Porque en los años la hambre, - he escuchado a veces decir a los mayores refiriéndose a aquella época de los años 40 -, eso sí que eran pasar calamidades y estar en crisis", se lamentaban. Pero aquí no parece que sean los años "la hambre"; ésta, da la sensación, que la tendrán por toda su vida.

"No debe andar el mundo con el amor descalzo,
enarbolando un diario, como un ala en la mano,
trepándose a los trenes, canjeándonos las risas,
golpeándonos el pecho con un ala cansada.

No debe andar la vida, recién nacida, a precio.
La niñez arriesgada a una estrecha ganancia.
Porque entonces las manos son inútiles fardos,
y el corazón, apenas, una mala palabra." 

El hambre y la pobreza dormitan bajo un techo de chapa, y están obsesionadas con unos niños que son huérfanos del pan, que conviven con éstas con un pijama en carne viva y los aterrorizan todas las noches. Un techo bajo el que entra un aire frío que besa la temblorosa boca de los imberbes lastimados en su estómago vacío. Sus caras entristecidas, sucias y arrugadas por sus miedos, se acurrucan en la noche donde sus sueños rotos buscan remendarse de alguna manera. Niños de dulce mirar de ojos tristes, que reprimen llorar sus lágrimas de salobre, y saben muy bien guardar las penas que les sobren. Si supieran los hombres cómo son los sueños de estos niños que se esconden....

"Pobre del que ha olvidado que hay un niño en la calle,
que hay millones de niños que viven en la calle,
y multitud de niños que crecen en la calle,
yo los veo apretando su corazón pequeño....

Mirándonos a todos con fábula en los ojos,
un relámpago trunco les cruza la mirada,
porque nadie protege a esa vida que crece,
y el amor se ha perdido,
como un niño en la calle."

Anda la bondad de los hombres dormida y con los ojos muy pegados, sus dientes apretados y la conciencia distraída. En verdad duerme todo Occidente por dejar que cualquier niño nazca como indigente. Es la insensibilidad del rico, es la impotencia del pobre. La ambición del ser humano que no tiene ningún tope. Es de necios y mediocres, decir que así es el destino. Son los niños los hambrientos y nosotros los saciados. Anda el hombre comiéndose todo el amor que quedaba.

¡Oye, a esta hora exactamente, hay un niño en la calle. Hay un niño en la calle....!! 



Nueva Colombia, Paraguay. 1 de septiembre de 2017. Fotografía de Jesús Apa.
  


viernes, 25 de agosto de 2017

La tristeza es señora

Siempre ha llamado mucho mi atención el tránsito que hay en todos los aeropuertos, da igual de dónde, porque en cualquiera de ellos, incluso de los del sitio más recóndito del mundo, hay viajeros. Gente que va y viene, que lo hacen de un sitio y de otro, todos ellos identificados con un pasaporte, el cual solamente indica su procedencia, no hacia dónde se dirige, o su situación actual; qué es de su vida, conocer su estado de ánimo..., en definitiva, como solemos decir, no sabemos nada más de sus cosas.

Creo que mientras más se viaja, más te fijas en los pequeños detalles que te acompañan en tu trayecto, sobre todo cuando viajas solo a algún lado, y digamos, que es cuando tienes más tiempo para percibir lo que pasa a tu alrededor. Y eso precisamente me ocurre hoy, que reparas en detalles curiosos o en cosas que quieres apreciar en este preciso momento. Quizás las cosas que ves o que percibes, posiblemente sean más las que son consecuencia de tu estado de ánimo. Las personas embarazadas, ven embarazadas por todos lados; las personas que por circunstancias en un momento determinado llevan muletas para caminar, solo ven a cojos en todos sitios, y así, con cientos de cosas más.

Hoy de manera inconsciente,  y a pesar de ser un periodo del año vacacional para muchas personas, veo a mucha gente triste. Será que un aeropuerto tiene tanta concurrencia, de tantas y tantas personas distintas de todo el mundo, que el estado de ánimo va en cada rostro y se manifiesta de miles de formas, tantas como viajeros. Pero hoy, veo sonrisas apagadas, observo lagrimas cayendo de cientos de mejillas, me encuentro con expresiones profundas de soledad...., pero es que esto es la vida. 

Sin embargo también ocurre al contrario, y es que a veces sin saber de qué manera, sin que nadie te lo vea o perciba, lees algo que resulta que está en sintonía con tu estado de ánimo actual, y resulta que es ese texto el que te lleva a reflexionar sobre eso precisamente. Así que ayer leí algo que me gustó, aunque a decir verdad quedé sorprendido, porque suelen ser de estas cosas que lees relacionadas con los sentimientos, pero que las pensabas de otra manera, o que de ponerle “cara”, a lo mejor lo imaginabas con otro rostro. Pues bien, leí un texto de una tal Paola Klug, que dice lo siguiente:

“Decía mi abuela que cuando una mujer se sintiera triste lo mejor que podía hacer era trenzarse el cabello, de esta manera el dolor quedaría atrapado entre los cabellos y no podría llegar hasta el resto del cuerpo; había que tener cuidado de que la tristeza no se metiera en los ojos pues los haría llover, tampoco era bueno dejarla entrar en nuestros labios pues los obligaría a decir cosas que no eran ciertas.

Que no se meta entre tus manos- me decía- porque puedes tostar de más el café o dejar cruda la masa. Y es que a la tristeza le gusta el sabor amargo. Cuando te sientas triste niña, trénzate el cabello; atrapa el dolor en la madeja y déjalo escapar cuando el viento del norte pegue con fuerza. Nuestro cabello es una red capaz de atraparlo todo, es fuerte como las raíces del ahuehuete y suave como la espuma del atole.

Que no te agarre desprevenida la melancolía mi niña, aun si tienes el corazón roto o los huesos fríos por alguna ausencia. No la dejes meterse en ti con tu cabello suelto, porque fluirá en cascada por los canales que la luna ha trazado en tu cuerpo. Trenza tu tristeza, decía, siempre trenza tu tristeza… Y mañana que despiertes con el canto del gorrión la encontrarás pálida y desvanecida entre el telar de tu cabello….”

Yo tenía entendido que la tristeza se presentaba de otra manera, o sencillamente que venía con otras formas, otro rostro. Que la tristeza es una señora, y que ciertamente envejece contigo, que ha sufrido como tú y cada vez está más desgastada, cosa que la hace más fuerte, (no sé si esto es para bien o para mal). Pero sí, la tristeza es una señora, que tiene sus cabellos plateados, que va endureciendo su imagen cada vez más, y que tiene alguna que otra cicatriz, cómo no. 

Así me la imagino yo; delgada pero fuerte, descuidada pero elegante, sofisticada pero informal. Así la veo yo, como una señora que llama a tu casa, y tienes que dejarla pasar. Que puede simplemente pasar a tomar un café contigo, o estar allí toda la tarde. A veces incluso días y semanas, sin decir nada, en silencio. Otras en cambio resulta habladora, entrometida en tus asuntos, pero estas son las veces que menos. Así he descubierto que es sabia, pero humilde. Sencilla pero tan compleja como tú quieras verla. Y para mí, insisto, que es una auténtica señora, muy respetada y a tener en cuenta.

Claro que puede manifestarse y presentarse en tu casa por muchos motivos; puede ser porque has sufrido alguna decepción, por melancolía, amor, desamor, nostalgia, soledad, toma de decisiones importantes o tener que acatar otras que no has tomado tú..., además de la más común, como es la pérdida de un ser querido. Pero muchas son las veces que te llega, sin saber por qué. Y si ya de por sí es triste estarlo, más aún lo es no saber por qué lo estás.

Solo hay algo que siempre me ha resultado muy curioso, bastante llamativo. Y es que, a pesar de todo lo educada que pueda llegar a ser esta señora, incluso siendo tan correcta, nunca pide permiso para entrar. En unas ocasiones con más motivos que otros, pero también pasa que toca a tu puerta sin más, y ya debes dejarla pasar.   

Eso sí, también ocurre muy a menudo, que igual que llega sin avisar, se va sin despedirse. Incluso a veces, he visto que me ha sonreído al marcharse….



En el aeropuerto de Madrid, a 25 de agosto de 2017. 




viernes, 18 de agosto de 2017

En busca de la felicidad

Uno cuando lleva una vida tan frenética y decide tomarse unas vacaciones, un pequeño tiempo de descanso, expone la mente a tal intensa actividad, a tal cúmulo de intenciones positivas, que no para de reflexionar sobre cosas tan simples y obvias en las cuales, al final, todas van enfocadas en saber si estás o sigues en el camino correcto en encontrar la felicidad. Porque el día a día no te permite tales pensamientos, ya que actuamos de manera cuadriculada y tan metidos de lleno en nuestra rutina, que no da para más. Simplemente amaneces un día tras otro y cumples tu listado de tareas; vas tachando las que resuelves, y vas aparcando para otro día las que quedaste sin cumplir.

Así me encontraba estos días en Lanzarote, pensando en si lo que uno hace a diario, te lleva a obtener esa felicidad que todo el mundo ansía encontrar. En los paseos por aquella isla, absorto en tales pensamientos, mi atención quedaba fija en los paisajes tan extremos y cambiantes que ahí puedes presenciar; grandes montañas volcánicas, un mar limpio y con unas aguas turquesas y transparentes, o bien zonas desérticas, dónde solamente puedes ver kilómetros y kilómetros de piedras negras fruto de las erupciones volcánicas. ¡Realmente parece que estás en otro planeta!.

Y mientras miraba estos paisajes con tantos contrastes, tan distintos y tan propios de esta tierra, pensaba nuevamente en la felicidad, y ese pensamiento, me llevaba a reflexionar sobre que la felicidad, no puede ser la misma para todo el mundo, sino, que muy al contrario de eso, deben haber muchas maneras de buscarla, o mejor dicho, muchos lugares dónde encontrarla. Lo que supone ser feliz para unos, puede llegar a ser insatisfactorio para otros. Es la mejor manera de saber, que no siempre se puede juzgar el comportamiento o la forma de vivir de cada cual.

Así que con esos paisajes y con ese pensamiento presente en mi cabeza, y confiado en que todos mis pasos me llevan por el camino correcto en la búsqueda de la felicidad, en que me acordé de aquel cuento que dice que;

"En cierta ocasión se reunieron todos los Dioses y decidieron crear al hombre y la mujer, y planearon hacerlo a su imagen y semejanza.

Entonces claro, uno de ellos, muy astuto, dijo;

-"Espera, si lo vamos a hacer a nuestra imagen y semejanza, al final van a tener un cuerpo como el nuestro, fuerza e inteligencia igual a la nuestra, nuestros mismos poderes..., debemos pensar en algo diferente, ya que de no ser así, estaremos creando nuevos dioses. Deberíamos quitarles algo, pero...¿ qué les quitamos?"-

Después de mucho pensar y razonar como lo hacen los Dioses, otro de ellos dijo;

-"¡Ya sé, vamos a quitarles la felicidad!".

-"Pero eso es demasiado duro,- pensó otro- . No es propio de Dioses".

- "Bueno, entonces vamos a quitarles la felicidad, pero vamos a esconderla para que no la encuentren jamás. Solamente debemos pensar dónde ponerla".

Así que propuso el primero:

"Vamos a esconderla en la cima del monte más alto del mundo", a lo que inmediatamente otro repuso:

"No, recuerda que les dimos fuerza, alguna vez alguien puede subir y encontrarla, y si la encuentra uno, ya todos sabrán donde está".

Luego propuso otro:

"Entonces vamos a esconderla en el fondo del mar", y otro no tardó en contestar:

-" No, recuerda que les dimos inteligencia, y un día alguien podría construir un submarino que bajara al fondo del mar y entonces la encontraría"-

Uno más, pensó aún con más determinación:

-" Escondámosla en un planeta lejano a la Tierra, allí seguro que no irán jamás"-. Pero le dijeron:

"Debemos recordar que los dotamos con poderes, que alguno de ellos podría usar debidamente para construir una nave espacial que lo lleve a algún otro planeta, la encontraría, y todos tendrían la felicidad y serían igual que nosotros"

El último de ellos, que era un Dios que había permanecido en silencio, escuchando atentamente cada una de las propuestas de los demás Dioses, analizó cada una de ellas y entonces rompió su silencio diciendo:

-"Creo saber dónde ponerla para que realmente nunca la encuentren"-.

Todos voltearon asombrados y preguntaron al unísono:

"¿Dónde sería?".

"- La esconderemos dentro de ellos mismos...estarán tan ocupados buscándola fuera, que a nadie se le ocurrirá pensar, que cada cual trae la felicidad consigo...-". 



Montaña clara hendida, Lanzarote, 18 de agosto de 2017. Fotografía de Jesús Apa.

viernes, 11 de agosto de 2017

Despertares

Tiene mucho que ver la manera de empezar un nuevo día en cómo nos despertemos, la intensidad con la que lo hagamos y la disposición que tengamos, a que este nuevo día, nos dé cosas positivas. Esto no quiere decir que todo lo que en él pase sea bueno, pero sí que lo que depende de nosotros, irá por el buen camino. Aunque también hay gente a la que le cuesta arrancar por las mañanas, pero después tienen una intensidad aplastante. Pero la positividad es más que contagiosa, con lo cual, es preferible tener un buen despertar a no tenerlo, al igual que es más que evidente que toparse con gente positiva, genera actitudes agradables al instante. 

Y es que no es nuevo decir que la sonrisa es algo vital, más que importante para la salud, sobre todo cuando se trata, claro está, de la sonrisa auténtica y no de la fingida. A la primera, a la auténtica, se la conoce como "sonrisa de Duchene". Este señor, que fue un médico investigador publicó en sus estudios que la sonrisa auténtica era aquella en la que se contraía el músculo que rodea a los ojos. Este músculo, que al contraerse arruga el rabillo del ojo, es un músculo involuntario y, por tanto, solo se contrae cuando uno verdaderamente tiene una sensación de felicidad.

Entonces cuando sonreímos de verdad, aumenta la actividad de la región prefrontal izquierda que es generadora de emociones positivas. Es la señal inequívoca de que no hay simulaciones, y por eso sonreír no solo hace que te sientas alegre y confiado, sino que además transmites esa alegría y esa confianza a las personas que te rodean. Lo que aparentemente es una sonrisa, puede tener un gran efecto transformador.

Y es cierto que cualquiera de nosotros, nada más despertarnos, con nuestra conducta, con nuestra manera de comportarnos desde el inicio del día, podemos cambiar la forma en la que nos sentimos. Hay quienes usan unas fórmulas conscientemente para ello y que les vienen muy bien para su estado de ánimo, y hay quienes sus actitudes positivas le salen de manera innatas. Supongo que el sentirse bien con uno mismo tiene mucho que ver, al igual que lo es el amar lo que uno hace. 

De los miles de estudios que debe haber hechos sobre las sonrisas, la felicidad, la risa y todo lo relacionado con ello, yo sí que he percibido algo muy claro, y es que a medida que nos hacemos mayores, dejamos de reír, o reímos mucho menos. En la niñez podíamos llegar a reír centenares de veces al día. Cuando somos adultos, la cosa cambia, más aún cuando se trata de reír a carcajada limpia, de lo cual para muchas personas pueden pasar meses, por no decir años. Valga la expresión esa de "hacía tiempo que no reía a carcajadas". La risa tonifica los músculos del rostro y las carcajadas generan una sana fatiga que elimina el insomnio. 

Hace unos días en un pueblecito de Lanzarote, en las Islas Canarias, en que nos encontrábamos Helena y yo comiendo en un restaurante el cual nos habían recomendado. Unas preciosas vistas al mar, un ambiente agradable y sobre todo, un pescado fresco del día en prácticamente toda la carta. Un vino blanco de esta tierra realmente admirable y desconocido hasta ahora también llamó nuestra atención, pero no fue nada de eso lo más destacado de aquel sitio, al menos para nosotros.

Tras llevar en ese restaurante algo más de una hora, no pudimos contener nuestra inquietud y a uno de los camareros que nos estaba sirviendo, tuvimos que preguntarle clara y directamente; "Disculpe, ¿podría decirnos por qué todos ustedes, absolutamente todos los que aquí trabajan, están continuamente sonriendo?. Es la primera vez desde que estamos aquí, incluso la primera vez en otros muchos sitios, que vemos algo semejante".

Aquel gesto, tan simple y agradable, nos contagió por completo. La comida supo más rica, el vino más intenso y la sobremesa mucho más agradable. Creo que incluso el resto del día pasó mucho mejor solamente por ser atendidos por personas que no pararon de sonreír en todo su trabajo. Y es que una cosa es la teoría de vivir agradecidos y disfrutar del trabajo, y otra muy distinta es la práctica. En cualquier caso, las personas amables y felices no esperan nada a cambio, ni se ofenden por no haber obtenido reconocimiento ni un trato equivalente.

Entonces recordé esa típica frase tan conocida del tal Confucio que decía eso de "elige un trabajo que te guste y no tendrás que trabajar el resto de tu vida". Luego supe que Confucio empezó sus enseñanzas a los cincuenta años, que antes fue funcionario y dejó su trabajo de juez por discrepancias políticas. Dicho esto, si aún no has encontrado aquel trabajo que te apasione, no hay que desesperar, pero quizás este pensador chino aún no conocía otras frases como las de "en todos los trabajos se cuecen habas", pues el simple hecho de llamarse trabajo hace que no sea voluntario. A mí la frase que más me gusta es esa que dice que "en todos los trabajos se fuma...., menos en el de buzo". 

Por eso que el buen humor nos permite también tomar distancia de nuestros problemas, y observar la realidad bajo una nueva perspectiva considerando nuevas alternativas. Cuando reímos desconectamos de todo, además de que sirve para desinhibirnos. Si somos capaces de reírnos de nosotros mismos, somos capaces de manejar el sentido del ridículo y fortalecemos nuestra autoestima. Si aprendemos a gestionar nuestra cara, podremos gestionar nuestras emociones. Por eso nada mejor que un buen despertar.


Por cierto, aquel restaurante de Lanzarote en el que todos sus camareros sonreían, se llama "El Amanecer", por eso que mucho tendrá que ver con el despertar de cada uno de ellos. Y al que finalmente decidimos hacerle aquella pregunta tan peculiar, sobre el por qué todos sonreían continuamente, no era otro que uno de sus cinco dueños, de los cinco hermanos que llevan trabajando en aquel lugar durante 35 años.




Restaurante Amanecer, Arrieta, Lanzarote, 11 de agosto de 2017. Fotografía de Jesús Apa