viernes, 21 de julio de 2017

Los valores de antes

- "Prefiero que vengas a mi fábrica a probar personalmente los quesos"-, me dijo a través del teléfono Tomás, uno de los dos hermanos que aún fabrican los quesos de cabra como lo hacían antiguamente. Y aunque disponía de muy poco tiempo en estos días y aún conociendo a los quesos de este señor, decidí aceptar su ofrecimiento, puesto que parecía buena opción antes de comprar el producto, ver cómo es su elaboración y saber cómo sus manos trabajan duramente para hacer un producto totalmente artesanal.

Llegué a su pequeño campo, a su modesta fábrica, y allí Tomás me esperaba impacientemente. Estrechamos nuestras manos y agradeció que sacara tiempo para que pudiera enseñarme cómo se gana la vida. La vida en el campo, cuidar y atender el ganado, y así que fuimos intercambiando impresiones de todo aquello, mostrándole mi profunda admiración por su trabajo, por como sustentaba a los suyos a través del mundo rural, tan olvidado y tan poco valorado actualmente. Pero esa conversación no acabaría ese día, pues noté que Tomás tuvo ganas de más.

Así que esta misma mañana pero esta vez en mi lugar de trabajo, pues él quiso llevar personalmente sus quesos ahí, dejé que se desahogara, o más bien, fui yo quien quiso escuchar de nuevo a aquel hombre arrebatado por la nostalgia, por la melancolía y el recuerdo. Su ojos vidriosos eran los que parecían que hablaban, pero más abajo vi que era su boca, temblorosa, la que decía; 

"Vivimos en un mundo rural que va a menos, donde hay que andar muchos más pasos para llegar al mismo lugar. Los que vivimos aquí, cada vez más olvidados y menos respetados, más envejecidos y menos valorados, un mundo éste en el cual estamos condenados por haber nacido donde lo hemos hecho. Además todo ha cambiado tanto, que ya nada es como antes....".

Evidentemente Tomás provocaba la charla (y la tuvo), el intercambio de palabras necesario para buscar consuelo en su teoría, en esa que dice que los que vivimos aquí, somos ciudadanos de segunda clase. Y a lo mejor no le falta razón a este buen hombre, como a otros muchos de su edad, en que las cosas han cambiado, y en que nosotros estamos de acuerdo en que cambien, pero no todas. Porque es cierto que cada vez somos menos los que decidimos quedarnos aquí, en esta tierra castigada, como él decía, pero precisamente somos nosotros, los que hemos decidido vivir en estos pueblos, los que tenemos que luchar por ellos.

Yo trababa de convencerlo con mi teoría, muy distinta a la suya, pero es porque firmemente creo que llegará el día, más pronto que tarde, donde el futuro esté en los pueblos, y será aquí, donde acabará quedando aquello que con tanta frecuencia se pierde; me refiero como no, a los valores. Aquellos que quienes ya no están se ocuparon de dejarnos en herencia, y dentro de los mismos, está esa obligación nuestra por mantener la esencia de aquello que aprendimos, pero sin nosotros saber cuan rico era ese aprendizaje. 

Así que cuando Tomás me dijo, que era ahora, cuando iba envejeciendo, cuando más añoraba a sus padres, cuando más valoraba sus enseñanzas, su honestidad y lealtad con lo mejor del ser humano y sobre todo, el reconocimiento a los valores que estos le transmitieron, creo que no pudo hacer otra cosa sino que creer en mis palabras, en mi teoría, en el convencimiento de que este será el lugar donde siempre quedarán escritas, ya veremos cómo y dónde, las mayores lecciones que nuestros padres y antepasados escribieron sin pluma ni tinta alguna, solo con la herencia que ellos habían recibido y que gratuitamente nos han trasladado. 

Ahora pienso, y por si Tomás seguía teniendo alguna duda sobre mis convicciones, que debí contarle esa historia que dice....;

"Estando un abuelo en el pueblo al cuidado de sus nietos, que decidió llevarlos al circo que esos días se anunciaba por todas las calles. Así pasarían una tarde entretenida.

Cuando el abuelo llegó a la taquilla, preguntó al hombre que vendía las entradas:

-- ¿Cuánto cuesta la entrada? --

A lo que el taquillero respondió:

" Diez euros a los menores de doce años y quince euros a los mayores".

-- Entonces, deme tres entradas para mayores de doce años y una para menores --, le dijo el anciano.

El hombre, lo miró sorprendido, y le dijo:

"Abuelo, podría haberse ahorrado diez euros. Yo no me hubiera dado cuenta de que esos dos niños tenían más de doce años".

El abuelo, miró a sus nietos, que seguían atentamente aquella conversación, y le dijo:

-- Sí, lo sé. Seguro que usted no lo habría notado, pero mis nietos sí.... --


Pero a Tomás sí que le dije; "aunque algunas cosas tengan que cambiar, tenemos que luchar para que otras, las más importantes, como el mantener la esencia de dónde estamos y los valores con los que vivimos, se mantengan como siempre han estado. Justo como el sabor de tus quesos Tomás, o ¿acaso no saben como antes gracias a ti?. ¿Ves como aún hay muchas cosas que tenemos en nuestras manos?. Algunas, también en las tuyas...." 


Tentudía, 21 de julio de 2017. Fotografía de Jesús Apa.




viernes, 14 de julio de 2017

Inocencia interrumpida

Ahora sí tenía sentido aquel largo viaje; a pesar de las horas previas de coche, más tarde de vuelo, para después aguantar el retraso del tren que me llevaría a Seinajoki, pues en aquella solitaria estación, estaba esperando Mikki. Al fondo de la misma, y llenando, sin él saberlo, de energía aquel vacío y frío edificio. Porque aunque ya era tarde, Finlandia tiene un sol especial en estos meses de verano. Mikki, otro. Porque Finlandia en esta época no conoce la oscuridad y reserva para el invierno toda la luz que puede. Mikki, también. 

Pero ya en el coche de camino a Jurva, uno quiere saber con detalle sobre las cosas que nos contamos en la distancia. Quiere indagar en las pequeñas aventuras y rutinas diarias que se intuyen, pero que no se han contado. Y claro, uno de los primeros objetivos era saber cosas de Inda, quien con ya algo más de cuatro añitos, y puesto que llevaba más de dos sin verla, ansiaba y deseaba saber cómo ha ido creciendo. Fue entonces que Mikki me dijo; "La niña está fofa, bien bonita. Habla de ti continuamente y espera impaciente esta visita, tú mismo lo comprobarás. Pero lo que más te va a llamar la atención, es que Inda, tiene novio".

En aquel momento del viaje imaginé a mi ahijada despertando un día cualquiera por la mañana, repartiendo su cariño, porque aunque es bien cuidadosa con él, a quien se lo da y tiene esa suerte, lo llena por completo. La imaginé hablando y mezclando sus palabras en español, finés o portugués. La dibujé en mi cabeza sonriendo al verme, participando en sus juegos, cogiéndome de la mano para llevarme a descubrir sus pequeños secretos, dándome su generosidad, prestándome sus besos y regalándome todo el amor que pudiera darme. Imaginé todo aquello de manera detallada, pero al vivirlo, no podía pensar que fuera mayor de lo yo jamás hubiera dibujado en mi mente.

Y tampoco podía imaginar, por mucho que quisiera y me esforzara en ello, de que "Inda tiene novio". Ni siquiera le di importancia a aquello, más aún tratándose de una niña tan pequeña. Pero ya tenía curiosidad por conocer a Rico, que así se llama el afortunado. Y sería en un evento deportivo dónde ambos participarían y dónde compartirían algunos momentos juntos, pero entonces lo que allí presencié hizo que mi hipotética imaginación de lo que me habían contado de estos dos niños se fuera al traste de inmediato. 

La conexión que "aquellos mocosos" tenían, era digna del mayor amor que jamás hubiera presenciado. La manera en la que ambos se trataban, cómo uno apoyaba y animaba al otro cuando les tocaba competir en su actividad, el cariño que se repartían y, sobre todo, lo ajeno que eran a quienes pudieran juzgar esa prematura relación, era algo que no entraba en mis planes. Esa "inocencia interrumpida", no era más que un ejemplo de que el amor es algo innato, puro, de que es el sentimiento más cándido, ingenuo y natural que uno puede llegar a sentir en esta vida.

Y en el caso de ellos, de Inda y Rico, tan pequeñitos, pero con tanta intensidad, se acentuaba mucho más, porque quizás no han conocido aún los sin sabores del amor, los altibajos que éste genera en su montaña rusa particular, o las pausas que solicitas al corazón cuando sales mal herido. Porque aún no han sucumbido a la nostalgia, ni tienen que aparentar estar fuertes y preparados para otra historia, porque el de ellos, es el primer amor que viven, es su primer triunfo y su primer chute de pasión. 

Dos pequeños que ya se quieren, que saben valorarse, cuidarse, que se entregan al impulso incontrolable de amarse, con la ventaja de que no tienen antecedentes que provoquen dudas ni miedos. Pero por suerte este amor infantil, sano y entusiasmado, se puede encontrar a todas las edades, en todos los formatos, y es que de lo contrario, y si en el amor la experiencia contara algo, nunca nos volveríamos a enamorar. 

Entonces deseas ser niño, imaginar que llega a ti esa "inocencia interrumpida" para no irse nunca. Así fue que recordé una frase del genial Picasso, que decía que "lleva mucho tiempo llegar a ser joven". Pero es que también en el amor, lleva mucho tiempo entregarse, recuperar la ingenuidad y volver a ser valiente, ajeno al dolor, sordo al ruido que provoca un desengaño, volver a ser un niño con la curiosidad que te provoca todo eso. Porque al fin y al cabo, ¿qué es en verdad ser niño?. ¿Y qué es volver a ser joven?. ¿Es un tiempo determinado en una vida determinada?. ¿Es un estado de ánimo, o es una forma de ser y actuar?.

Seguramente sea un poco de todo, o lo más probable es que sea mucho de volver a vivir con la inocencia de un niño. Lejos de miedos, odios, revanchas..., fuera de malos pensamientos, de nostalgias que intoxiquen tus ganas empezar nuevas aventuras, de vivir otras experiencias.

Igualmente digo, como lo expresara un veterano escritor irlandés, que "la juventud es una enfermedad que se cura con los años". Y no sé tú, pero yo creo que ya me estoy curando. Porque es cierto, que lleva mucho tiempo llegar a ser joven, y mirar la vida con los ojos de un niño, pero cuando al fin logras conseguirlo, ya sabes que no envejecerás nunca....

P.D. Inda y Rico no ganaron ninguna de las competiciones en las que participaron, pero nadie podrá nunca arrebatarles su medalla de oro en el amor. 









Jurva, Finlandia. 5 de Julio de 2017. Fotografías de Jesús Apa.
    


viernes, 7 de julio de 2017

No todo cabe en la maleta

Cualquiera diría que sabe meter su equipaje en una maleta, tenga más o menos pereza para ello. Divisas los días que tienes enfrente, el clima que te espera, las actividades que vas a desarrollar o en las que participaras, y cargas el interior de tu bolsa con todo eso. Además, poca diferencia hay entre todas las maletas que se hacen en el mundo de los viajes. Ahí, en la cinta, mientras esperas la tuya, puedes imaginar el contenido de todas y cada una de ellas. Incluso, la ubicación de las cosas dentro de las mismas y el uso de sus compartimentos.

En este caso hablamos de maletas pasajeras, valga la redundancia, o con las cosas de primera necesidad para tan solo unos días, tal vez unas semanas. Ya sea en un viaje de negocios, de vacaciones y ocioso, o bien, por las circunsatancias que te haya marcado en esos momentos la vida. Distinto es el equipaje que debes hacer para, precisamente, cambiar ésta. Sí, muy diferente es aquel que tienes que doblar, guardar o embalar, cuando lo haces para cambiar tu vida. Dejar atrás el trabajo, las costumbres, los amigos, la familia..., porque, no todo cabe en la maleta.

Es ahí dentro, donde lo primero que debes poner es coraje, determinacion, a la vez que ilusión, sueños, proyectos.... Quizás esa maleta es la que más se diferencia de todas las que van en la cinta, pero cada cual, frente a ella, y viendo el resto pasar, solo piensa en la suya. En como desembalar todo aquello, en como desdoblarlo, en como le quedará puesto en el nuevo lugar que le espera, en ese espacio, ahora diferente, en el que quiere colocar sus proyectos, sus sueños, su vida....

En un nuevo viaje a Finlandia, mi corazón ya iba sintiendose alegre por las nuevas aventuras que ahí me esperarían. En esta ocasión sería muy distinto, pues Helena conocería a mi familia finlandesa, y eso procuraba una experiencia nueva para mí y supongo que para todos. Entonces, que antes de iniciar el viaje, que abres tu maleta vacía, y piensas en qué meter ahí dentro. Claro, que con el equipaje habitual para un país como Finlandia, dónde el clima a lo largo del día puede cogerte por sorpresa cuantas veces quiera.

Y tras la ropa y necesidades personales, llega el turno de los regalos, esos que has comprado con tanta ilusión para las personas que vas a visitar. Y quizás siempre suele ser una de las mejores partes del viaje; cuando llegas al destino y entregas los presentes, sobre todo, cuando la persona que va a recibirlos es una niña que espera lo mejor de ti.

Llegamos al aeropuerto de Helsinki, y ya vas jugando por dentro con ese momento. Bajas del avión y te diriges a recoger el equipaje. Esperas en la cinta, pero la impaciencia no te da para andar con las reflexiones anteriores sobre lo que cada cual lleva en su bolsa de viaje, solo quieres coger la tuya y salir corriendo para tu destino. Ahí que continuas esperando, deseando que aparezca a lo lejos el color, el tamaño o cualquier otra referencia que delate que es la tuya la que sale por la pequeña puerta que se descubre al fondo.

Pero esperas, y esperas, y sigues esperando..., hasta que de buenas a primeras, ves que la cinta se ha quedado totalmente vacía y tu equipaje no ha aparecido por ningún lado. La sensación de impotencia que sientes cuando preguntas por ella y te dicen que la han perdido, no tiene nombre, o tal vez, tiene muchos. El inconveniente que te crean por perder tu ropa de abrigo en este país, es cosa seria, pero la mayor tristeza es la consecuencia de llegar, y no poder ofrecer tus regalos, esos obsequios que has envuelto con tanto cariño para entregar a quienes quieres.

Pero, ¿cómo voy a presentarme sin ellos?. Reclamas, te quejas y maldices..., pero tu maleta no ha venido contigo. Te resignas y tienes que entender lo más rápido posible, que no te queda otra. El "sistema" te traiciona y puede traer consigo estas cosas impredecibles, al menos, estos contratiempos que no esperas que te puedan pasar a ti. Pero entonces que me llega la reflexión con solamente mirar a quien tengo al lado. Y es cuando comprendo cual es la mejor manera de hacer un equipaje, y que no está basado precisamente, en las cosas materiales. Porque, efectivamente, no todo cabe en la maleta.

Eso tambien sientes cuando llegas y te reciben de la manera que lo hacen. Quizás precisamos perder a veces el equipaje para dejar a un lado lo material, lo insensible, lo siemple, lo "más de los mismo".... Porque es cierto, que no todo cabe en la maleta, lo mejor de cada cual va siempre en el interior, no puede tocarse y no necesita ir envuelto en ningún papel de regalo. Tampoco requieres esconderlo ni llevar la intencion de sorprender, porque, cuando uno siente de verdad, es lo primero que los demás descubren....  


Inda. Jurva, Finlandia, 7 de julio de 2017. Fotografia de Jesus Apa.
  

viernes, 30 de junio de 2017

Una sonrisa de vuelta

Que la energía positiva de cada cual puede contagiar a un número infinito de personas, no es nada nuevo. Hay quien despierta buen rollo, buena onda, así tal como es, por su forma de ser, su personalidad. Todas esas personas llevan marcada una sonrisa íntegra y pura a la cual caes rendido. Pero la provocan sin esfuerzo, pues es una cosa innata ese poder que tienen de levantarte cuando andas doblado de ánimos. Entonces cuando faltan de tu lado alguna vez, por eso que se les echa tanto de menos; tienen una presencia demasiado potente.

Pero claro, digamos que no es lo normal encontrar ese estado de ánimo en todas las personas con las cuales convivimos. Es obvio que el trato recibido suele estar directamente relacionado con el que se suele ofrecer. Tratar bien a las personas es lo menos que puedes hacer para obtener algo a cambio. Es sencillo, a la vez que correcto, y educado...., y también elegante. Pero sobre todo, es que es muy saludable. Prueba a sonreír, si lo que quieres es una sonrisa de vuelta. No suele fallar.

He escuchado que los japoneses llevan años trabajando la buena educación entre las personas, incluso también, con los animales. Hasta se atreven a realizar multitud de experimentos sorprendentes para demostrar teorías, de lo más sugerentes e imaginativas. Y resulta que uno de los más influyentes en este sentido, un tal Masaru Emoto, que realizó en vida multitud de experimentos y tuvo cientos de ideas para probar que la máxima esa de "acción-reacción", puede aplicarse en situaciones del comportamiento humano. 

Así que este japonés hizo varias pruebas, como una que consistía en exponer agua en recipientes y sometidos a diferentes palabras, dibujos o música y entonces congelarla y examinar la estética de los cristales resultantes mediante fotografías microscópicas. Emoto decía que el pensamiento humano, la música, las palabras...., aplicadas de manera positiva, influyen sobre el agua y hacen que ésta cambie a mejor.

Según él, y dado que el ser humano está compuesto en un 70-80% de agua, debería comportarse igual. Entonces esta teoría, aplicándola a la vida, tendría mucho sentido, pero claro, esto que parece tan sencillo, debería estar apoyado con más argumentos científicos. Así que Masaru Emoto decidió probar con dos envases de cristal con arroz en su interior. En uno de ellos escribiría cosas lindas, poniendo en las etiquetas palabras tales como "amor, paz, gracias...", y en el otro, pues palabras inversas a los significados anteriores; "odio, guerra, idiota...".

Además para completar este experimento, y que fuera más preciso, al bote que lleva cosas positivas, sería bueno hablarle en tono conciliador, de manera agradable y bonita. Al otro en cambio, profiriéndole insultos de todo tipo y de forma despectiva. De esta manera, estos tarros de cristal se comportarán al cabo de un tiempo de manera distinta y cambiarán, como consecuencia de esas acciones sobre ellos; tanto de manera positiva como negativa. Al igual que ocurrirá con el agua, y en el que los cristales del bote "bien tratado" serán bellos y los del bote "mal tratado" serán feos, en estos tarros de arroz, el efecto será parecido, y el primero permanecerá intacto, solo que el segundo en cambió, acabará pudriéndose.

No me ha dado aún por hacer este tipo de pruebas en casa; llenar dos botes con arroz, escribir cosas positivas y negativas sobre ambos, y cuando vuelva a diario del trabajo, centrarme en ellos y ponerme a decir cosas bonitas sobre uno, para al poco, cambiar mi humor, mi tono de voz, y acabar mandando al otro al carajo y más allá. Pienso que quien me viera, diría que mi cabeza no anda muy allá. Así que a veces, muchas veces, y actuando de forma positiva, en que he probado con las personas, incluso con los animales, y sí, he conseguido obtener una sonrisa de vuelta. Está claro, y fuera de experimentos, que está en cada cual obtener de vuelta lo que uno quiera.

"Me han contado que había una perrita, llamada Telma, que llegó por primera vez a un pueblo pequeño y muy lejano. Como aún no tenía amigos, decidió salir a la calle en busca de algunos nuevos, y comenzó a buscar por todos lados. En su curiosidad que descubrió una casita abandonada y consiguió meterse dentro por un agujero que había en la puerta principal.

Una vez ahí, Telma subió por unas viejas escaleras de madera al primer piso y buscando, entró en uno de los cuartos, dónde para su sorpresa, había cien perros que la observaban tan fijamente como ella a todos ellos.

Telma los miró, y como lo que quería era hacer nuevos amigos, comenzó a mover su colita y a levantar sus orejitas y los otros cien perros hicieron lo mismo. Después ella sonrió y ladró alegremente a uno de ellos, el que más cerca estaba, quedándose asombrada al ver como los cien perros le sonreían y y ladraban tan alegremente como ella. Así que Telma salió de allí pensando; "¡Qué lugar tan lindo y agradable!. Cuántos amiguitos tendré aquí. Volveré más a menudo".

Pero al poco tiempo, un perrito como ella, y de nombre desconocido, entró también en aquel lugar y subió las mismas escaleras, así que al encontrar aquel cuarto, se encontró con la misma situación. Pero al contrario que Telma, al ver a los otros perros, se sintió amenazado pues todos lo miraban de forma agresiva.

Empezó a gruñir y ladrar fuertemente y vio como los cien perros hicieron lo mismo, ladrando y amenazando con hacerle daño. Es por lo que salió corriendo despavorido, pensando; "Qué lugar tan horrible. Jamás volveré más a este sitio".

En la fachada de aquel viejo edificio, había un letrero que decía; "La casa de los cien espejos".


Telma. Fuente de Cantos, 30 de junio de 2017. Fotografía de Helena Rocha.
       

viernes, 23 de junio de 2017

La envidia del pavo real

Hace unos días, caminando por los alrededores de un colegio, presencié un pequeño acto con una serie de actividades en las cuales participaban un grupo de chicos y chicas de unos 7-8 años de edad, y de lo que se intuía, era el final del curso escolar. En ese patio, y presididos por un sol de justicia, una de las maestras tuvo que intervenir en lo que parecía un pequeño altercado sin importancia entre dos de los alumnos, (aunque no lo era para uno de ellos), y con una discusión que supongo sería consecuencia de otra acción anterior. La cuestión es que uno de los chicos, se había sentido realmente ofendido por lo que consideraba un insulto por parte de uno de sus compañeros.

La maestra, en un intento de calmar al joven pupilo ofendido, se acercó a él para persuadirlo de que aquello que le había dicho su compañero, no tenía la menor importancia. Era el último día en el colegio y todo era secundario, pues lo que prevalecía en aquel momento, era la celebración del fin de curso y consecuentemente, el inicio del verano y con él, las ansiadas vacaciones. Pero el chico, no solamente estaba ofendido, sino que mostraba una gran irritación, con los puños apretados para sí, y con lágrimas en los ojos, insistió de la importancia de aquello, diciéndole a la maestra; "Es que me ha dicho que antes, jugando con otros compañeros, he hecho trampas. Y eso no es cierto. Lo que ocurre, que es un envidioso. ¡Envidia, es lo que él tiene!", dijo gritando para asegurarse que todo el mundo lo escuchara.

Y yo, que solamente presencié ese momento puntual del conflicto, se me vino a la cabeza si lo que aquel chico recriminaba al otro, eran solo eso, cosas de niños. Pero luego caí en la cuenta de la sociedad en la que vivimos, y en la que que por desgracia, los éxitos de algunos no sirven de ejemplos para otros. Tampoco de incentivos de motivación ni muestras, de que si alguien puede hacerlo, tú también. Lástima que vivimos a veces rodeados de personas que se preocupan del éxito de los demás, para precisamente corromperlo, más que para ensalzarlo. Y si no fuera para esto último, que tampoco tiene por qué ser necesario, lo más coherente y razonable es sentir indiferencia por aquello que otro consigue y no es a costa tuya. Porque está claro que nadie es como otro, ni mejor ni peor. Es otro.

No obstante, la ofensa que recibió aquel niño seguramente no sería menor a la proferida al otro chico, al que llamó "envidioso", porque pensándolo bien, puedes estar diciéndole con aquello que es un resentido, un fracasado, una persona insegura, o aún peor, una persona acomplejada. Y es que en estos casos, siempre he pensado que el problema lo tiene aquel que sufre la envidia, no el que supuestamente la provoca sin intención de ello.

Que bien le hubiera venido a ese niño, aquel chiste en el que un chico como él, volviendo del colegio llegó a su casa llorando y diciéndole a su madre que no aguantaba más, que sus compañeros de clase le decían que era un envidioso. Su madre, indignada, no tardó en calmar a su hijo para decirle que no se preocupara pues ella misma, iría a hablar con esos desgraciados y los mandaría al infierno. Su hijo, instintivamente no tardó en decirle; "No mamá, porque entonces se van a ir ellos y yo no"....

Pero yo siempre me he tomado esto de la envidia como algo un tanto absurdo. Mientras no sea extremadamente grave para el que la sufre y no provoque un daño colateral al otro como consecuencia de ella, digamos que puede ser incluso algo irónico. Pero tengo que reconocer que vivimos en una sociedad que es de pocos aplausos y sí de muchas zancadillas. 

Es como el caso de aquella serpiente que empezó a perseguir incansablemente a una luciérnaga. Al tercer día, ya sin fuerzas, la luciérnaga paró y le dijo a la serpiente, que antes de morir, necesitaba hacerle tres preguntas para al menos aclarar todo aquello. Preguntó la luciérnaga...

- ¿Pertenezco a tu cadena alimentaria?.

"No", contestó la serpiente.

- ¿Te hice algún mal?, volvió a preguntar. 

"No", respondió de nuevo la serpiente.

- Entonces, dime, ¿por qué quieres acabar conmigo?.

"Porque no soporto verte brillar"....


Por eso que hay que ser siempre auténticos, aunque nuestra luz moleste a otros. La envidia es una profunda rabia producida por el logro de otros: reconocimiento, familia, trabajo, pareja, amigos, seguidores.... Es un sentimiento destructivo de alguien que pretende quitar lo que ha logrado la persona objeto de su envidia. La excelencia y el éxito suele traer envidias. Nadie envidia a un miserable o a un mendigo.

Paseando con Helena no hace demasiado tiempo por los jardines de los Reales Alcázares de Sevilla, incomprensiblemente para mis ojos, que vi un pavo real subido en lo alto de un muro. Con su hermosa cola repleta de colores, bajo los rayos de sol, parecía un abanico de piedras preciosas y zafiros. Y es que el pavo real es una de las aves más bellas del planeta. Pocas se le pueden comparar..., aunque por allí se acercó un pato despistado, y a alguien se le ocurrió decir que también era, a pesar de su sencillez, realmente precioso. Y mira que aquel pavo real, ahí subido, despertaba una belleza inigualable, pero fue escuchar aquello, y entrar en una profunda tristeza. Seguramente sería un pavo real envidioso, que son los que piensan que el mérito de otros rebaja el de ellos. 

Curioso que ponga estos ejemplos, cuando estoy seguro que precisamente los animales no tienen ni la más remota idea de lo que significa la envidia, aunque venga bien usar cuentos que bien podrían aplicarse a los humanos de esta tierra...

"Estando en una de las playas de Brasil en que vi a un hombre vendiendo cangrejos. Llevaba en cada mano un cubo lleno de animales vivos. Uno estaba cubierto solamente con una malla, y el otro, tapado completamente. Así que decidí preguntarle;

- ¿Por qué ha tapado un cubo y el otro no?.

Entonces el vendedor me respondió...

"Porque vendo dos tipos de cangrejos; canadienses y argentinos. El cangrejo de Canadá siempre trata de salir del cubo; cuando lo consigue, los demás hacen una cadena, se apoyan unos a otros y así todos logran salir, por eso he tenido que ponerles una tapa. Los cangrejos argentinos también tratan de escaparse, pero en cambio, cuando uno intenta salir, los de abajo lo agarran y así ninguno escapa...."

¡Yo pensé para mis adentros, que éstos últimos cangrejos podrían ser, perfectamente, españoles!



Reales Alcázares de Sevilla. Fotografía de Helena Rocha. 23 de junio de 2017.




viernes, 16 de junio de 2017

De los malos entendidos

Admiro profundamente a las personas que hablan varios idiomas y además, consiguen hacerlo con gran soltura. Para ellos y sobre todo a la hora de viajar, supone una sensación de confianza y libertad difícil de valorar para otros. Solamente puedes ir sintiendo esas impresiones cuando pierdes el miedo a enfrentarte a otros idiomas, que en definitiva, supone toparte de frente con otra cultura y otras costumbres diferentes a las tuyas. De hecho, mucha gente se resiste a viajar por el hecho que les supone tener que comunicarse en otros idiomas. Realmente puede llegar a ser un obstáculo, pero tampoco tan difícil de salvar, porque al final la gente que quiere comunicarse, lo hace. La gente que quiere entenderte, acabará haciéndolo.

Como buena opción, a mi me gusta siempre que visito un país desconocido y con idiomas poco usuales, memorizar algunas palabras de esa lengua para comunicarme al menos en algún momento puntual con ellos. Hacer alguna pregunta básica, o para solicitar algún tipo de ayuda, resulta algo muy práctico. La primera de ellas que suelo memorizar, y que no tardo mucho en utilizar, es a decir "gracias".

Alguna vez he llegado a convivir durante varios días y en otros países, con personas que no hablaban absolutamente ni una palabra de inglés, italiano, portugués..., por nombrar algunos de los idiomas que pueda considerar comprensibles a mi entender o a mi lengua. La última vez, en Letonia, dormí por varios días en una casa, algo parecido a un Bed & Breakfast, y donde la dueña, que ni tan siquiera hablaba bien el letón, era de Rusia. Una mujer un tanto extraña además de bastante introvertida, y cuya hija pequeña, de apenas unos 10 años, no se despegaba de ella en ningún momento. Teníamos que compartir a veces los espacios comunes de la casa, a veces mesa, y otras, una simple taza de café. Había que entenderse de alguna manera, y el papel y el lápiz, así como cientos de gestos, algunos inverosímiles y que se me iban ocurriendo sobre la marcha, acababan salvándome de una comunicación francamente difícil.

Pero toda aquella situación se hubiera resuelto mucho antes, si su pequeña hija hubiera perdido el miedo desde el primer momento. Pasado unos días, y ya con más decisión, empezó a charlar con algunas frases en inglés, que recién estaba aprendiendo en la escuela, y fue a partir de entonces que con la comunicación verbal se empezó a generar más confianza entre nosotros. Comunicarse con gestos durante todo el tiempo, puede al principio parecer sencillo, incluso en ocasiones divertido, pero más tarde resulta tan agotador, que directamente vas renunciando a hacerlo por la sensación tan extraña que va produciendo en uno mismo. Llega incluso a resultar ridículo, sin contar claro está, la cantidad de mal entendidos que puede generar.

Por coincidencia con esto, al poco tiempo comencé a leer un libro basado en la prehistoria, y dónde los humanos (Neandertales y Homo Sapiens por entonces) precisaban de una comunicación gesticular. Con sus articulaciones, su cabeza, dando saltos o incluso con sonoros gritos, trataban de expresar y transmitir lo que no conseguían aún sus cuerdas vocales. Y parece mentira que después de todo aquello hayamos llegado a construir un mundo donde se hablan alrededor de 7.000 idiomas diferentes.

Aunque también es verdad que fue con el lenguaje verbal, como empezaron a darse los mayores conflictos entre la raza humana. Las mayores diferencias pero sobre todo, los peores malos entendidos. Los idiomas se convirtieron en alianzas para unos, pero en barreras para otros. Se construyen a veces muros de palabras difíciles de atravesar porque en la mayoría de las ocasiones, se utilizan para, precisamente, evitar que los otros entiendan lo que se quiere decir. En cualquier caso, estaría bien que algún día se buscara la forma, no sé cómo, que entendamos mutuamente todo lo que se habla. Aunque ya hay tantas barreras entre nosotros, que no sé si con esto se llegarían a resolver.

Por eso valoro y ensalzo tanto el mérito que tienen quienes hablan varios idiomas y consiguen comunicarse contigo, además en tu propia lengua, y es que al final, te están haciendo el favor a ti. Y ahí debe estar la comprensión del que no se está esforzando en comunicarse, en precisamente saber manejar situaciones que puedan darse erróneas a consecuencia de un mal uso del lenguaje. Porque supone un gran esfuerzo ya de por sí esquivar las dificultades del lenguaje que no dominas, más aún de medir las palabras para evitar una mala acción a consecuencia de un difuso mensaje. Porque no hay peor distancia entre dos personas, que un mal entendido.

Con estas situaciones, entre lo que uno quiere decir y lo que el otro cree entender, siempre me acuerdo de la historia de la caja de galletas. Es esa en la cual...;

"Una chica que esperaba su vuelo y que venía con bastante retraso, decidió esperar el largo tiempo comprando un libro y una caja de galletas. Se sentó en una sala del aeropuerto para descansar y leer plácidamente.

Asiento de por medio, se sentó un hombre de una nacionalidad distinta a la suya, quien también abrió un libro y se dispuso a leer. Entre ellos quedaron las galletas. Cuando ella cogió la primera, el hombre también tomó una. Ella se sintió indignada, pero por miedo a no conocer su idioma y no saber expresarse, no dijo nada, a pesar de la situación tan disparatada. Ella tomaba una galleta, y el señor, acto seguido, y con una amplia sonrisa, cogía otra. Ella seguía sin decir nada, solo pensando para sí; -- ¿cómo puede existir gente tan descarada? --.

Aquello continuó hasta que al fin, en el paquete de galletas, solamente quedaba una. Ella no tardó en pensar de nuevo; -- ¿tendrá la cara dura de tomar incluso la última? --.

Y efectivamente fue lo que hizo el señor quien, con una sonrisa, cogió la galleta, la partió en dos, y le dio la mitad a ella.

Pero aquello sería la gota que colmó el vaso pues la chica cerró su libro, cogió sus cosas, y se marchó de allí soltando los peores descalificativos que pudieron salir de su boca. El señor en cambio, contrariado, y como consecuencia de no entender su idioma, debió pensar que su gesto de partir la galleta a la mitad no debió gustarle demasiado, tal vez por pensar que pretendía alguna otra cosa, pero sin embargo, no dijo absolutamente nada.

Cuando ella se sentó en el interior del avión, miró dentro del bolso, y para su sorpresa, ahí estaba su paquete de galletas.

Ya era tarde para disculparse por ese malentendido, pero no lo era para aprender que en la vida, a veces, las cosas no son exactamente como pensamos...." 



Imagen libre en la red. Fuente de Cantos, 16 de junio de 2017.







viernes, 9 de junio de 2017

Palabra de madre

Hace un par de días cumplía años mi madre; el día 7 de junio, fecha apuntada en mi calendario sentimental. A mi madre siempre le ha gustado disfrutar de su cumpleaños, y sin necesidad de hacer celebraciones de grandes alardes, siempre ha disfrutado rodeada de la familia. Esta vez, sin saber por qué, en esa celebración mis reflexiones iban en la dirección de los recuerdos, sobre todo del hecho de pensar, que cuando alguien a quien amamos va cumpliendo años, y vemos, por consiguiente, que van avanzando en su vejez, uno siente que va creciendo con ellos. Cierto que nuestra relación ha madurado, y es algo que se percibe en el trato diario, pero siempre se ha mantenido en la firmeza de ser una relación basada en el respeto, en el amor y en la protección.

Y aunque pueda ser la misma protección que cuando era un niño, uno escarba en lo vivido y no tarda en irse a aquella época en la cual mi madre ponía en ello su forma particular de trasladarme sus consejos y advertencias. Y mira cómo es la vida y todas sus circunstancias, que no deja de resultar curioso, que ahora soy yo el que trato de protegerla con mis consejos, que más que eso, van disfrazado de preocupaciones; "Mamá eso no deberías comerlo"; "Mamá debes salir a caminar todos los días"; "No me explico para qué quieres el teléfono"..., y otras muchas sugerencias, que no dejan de ser gestos de inseguridad y preocupación hacia la persona que amamos.

Pero el día de su cumpleaños, mientras disfrutaba de su compañía, dejé que mi mente volara al pasado y ahí que se me vinieron bonitas expresiones que he recibido de mi madre y que siempre provocan en mi una sonrisa. Además, diría que cualquiera las hemos escuchado alguna vez por parte de ellas, incluso con las mismas palabras o el mismo tono. Y se me vino al recuerdo, que en la biblioteca de la antigua facultad donde estudié, en la Escuela de Ingenierías de Badajoz, a alguien le dio por iniciar de manera graciosa un recordatorio de todas las frases que echaba de menos de su madre, y escribiendo sobre una de las mesas, empezó una secuencia de cosas irónicas que aprendíamos de nuestras madres. Quien allí se sentaba, participaba escribiendo alguna de las expresiones que recibía en casa.

Lástima que por aquel entonces no tuviéramos el alcance tecnológico de ahora para haber sacado una foto y compartirla, (más tarde encontraríamos cosas de este tipo en la red), pero la mayoría son muy comunes, y quiero recordar algunas como éstas...:

Mi madre se preocupó por mi formación religiosa:

"Reza para que esa mancha salga de tu camisa".

Mi madre me enseñó a mantenerme siempre firme:

"Como te dé un tortazo te voy a poner más derecho que una vela".

Mi madre me enseñó lo que era la ironía:

"Tú sigue llorando y verás cómo te doy una razón para que llores de verdad".

Mi madre me enseñó a razonar:

"Porque yo lo digo, por eso...y punto".

Mi madre me enseñó a tener fuerza de voluntad:

"De ahí no te mueves hasta que no te lo comas todo".

Mi madre me enseñó a ser ahorrativo:

"Guárdate las lágrimas para cuando yo me muera".

Mi madre sufría más que yo en cualquier circunstancia:

"Me va a doler más a mi que a ti".

Mi madre me enseñó ventriloquia:

"Cállate y dime: ¿Por qué lo hiciste?".

Mi madre me enseñó la lógica:

"¿Qué hay de comer?  - ¡Comida!".

Mi madre me enseñó a ser desconfiado:

"Entra que no te voy a hacer nada".

Mi madre me enseñó a ser comedido al hablar:

"Te he dicho un millón de veces que no seas exagerado".

Mi madre me enseñó a ser contorsionista:

"Mira que sucio tienes los pies....y el cuello".

Mi madre se preocupó por mi educación desde lo más básico:

"¿Que parte de "no" no entiendes?".

Mi madre me enseñó economía:

"¿Pero quién te crees que soy? ¿El banco de España?".

Mi madre me enseñó a distinguir las frutas:

"Ni pero ni pera".

Mi madre me enseñó la jerarquía:

"Que yo sepa no soy tu criada".

Mi madre me enseñó a descifrar el lenguaje encriptado:

"No me, no me... que te, que te...".

Y aunque había muchas más, curiosamente con el paso del tiempo, todas ellas nos enseñaron a ser quienes hoy somos y nos ayudaron a apreciar y entender, lo que significa ser madre.


Imagen libre en la red. Fuente de Cantos, 9 de junio de 2017.