viernes, 24 de febrero de 2017

No viene a cuento

A veces las decisiones que tomamos en la vida, nos afectan en mayor o menor medida dependiendo del grado de egoísmo individual en el que nos encontremos en ese momento. Hay decisiones que incluso van en contra de quien las toma, pero lo hacen para que no afecte a otras personas (o eso piensan). Visto desde fuera, a veces pueden resultar un tanto inexplicables, pero siempre hay que suponer que sus motivos tendrían para ello. O simplemente eso, que miraron más por cómo podían afectar a los demás el hecho de tomar esas decisiones (o no tomarlas), a cómo les afectarían a ellos mismos.

Tengo una amiga (muy buena amiga), que en más de una ocasión (muchas ocasiones), ha solicitado mis consejos para ciertas decisiones que ha ido tomando en su vida. Algunas de ellas (muchas de ellas), decisiones de gran importancia, y siempre mis palabras han ido en forma de consejos que miraran por su interés personal, para su bienestar y su paz. Entre otras cosas porque veía que a quien realmente afectaban era a ella, como en casi todas las veces. 

El hecho que alguien te pida consejo, supone un acto de confianza hacia ti de quien lo pide. El hecho de dar ese consejo, a veces suele suponer un acto de responsabilidad, incluso de valentía y sinceridad de quien lo da. Y bueno es saber que hay que pedir consejo al que sabe corregirse a sí mismo. También que hay que tener en cuenta que no todos los consejos son útiles. O mejor dicho, no todos los consejos llegan a considerarse, o a surtir el efecto que se pretende con él.

El caso de mi amiga siempre me ha resultado curioso y llamativo. En todos esos consejos que siempre me pide, es como si los necesitara para hacer lo contrario a su interés, porque nada tiene que ver el mensaje que le transmito con el acto que protagoniza. A veces pienso que más bien lo que necesita es desahogarse. Lee las instrucciones, aunque luego no las sigue. Más irritante si cabe resultan sus continuas quejas cuando se le presenta el arrepentimiento de esas decisiones, en la mayoría de las ocasiones y cuando su orgullo se lo permite, diciendo que tenía que haberme hecho caso.

En otras ocasiones me he sentido profundamente frustrado, porque es ya muy común su contra sentido, prácticamente en casi todo, hasta cuando pide mi punto de vista más que un consejo como tal. 

Hasta pidiendo mi opinión sobre cosas cotidianas y simples, parece hacer lo opuesto a lo que le sugiero;

"Dime Jesús, ¿camisa a cuadros o de listas?". -- Yo le digo que mejor la de lista.

"¿Pantalones verdes o azul marino?". -- Mejor los azules.

"¿Las botas negras o marrones?". -- Pienso que las negras son más ponibles.

Y así, con un sinfín de cosas que muchas veces también ponen al descubierto su inseguridad.

Pero no hace mucho y como de costumbre, al contrario de mi opinión y consejo, decidió tomar una importantísima decisión para su vida y que me pareció (no solamente a mi) que se convertiría en un error demasiado grave para sus intereses. Más que para eso, lo era para su felicidad. Otra vez vi que tomaba una decisión pensando más en los demás que en su propio beneficio. Así que debido a la importancia del asunto, traté de provocar otra oportunidad en que escuchara mis palabras y para eso decidí quedar con ella, tomar un café y así darle mi último y definitivo consejo. Debía preparar bien mi método de persuasión. 

Pensé en explicarle que siempre hay que optar por decisiones en la vida, claro que sí, pero hay que intentar que éstas no nos obliguen en un corto futuro a tomar otras distintas. Que es cierto que cada cual tiene su manera de aprender, pero que no siempre a consecuencia de errores, y que por encima de todo, necesitamos buscar el sentido común, tan ausente en muchas ocasiones. Pero como todas estas cosas se las he dicho en multitud de ocasiones, y la mayoría de ellas en vano, pensé que una buena forma de ser sutil o incluso imaginativo, sería contándole un cuento y que la hiciera reflexionar.

Esa sería una buena idea. Además, siempre se ha dicho que los cuentos se escriben para que los niños se duerman, pero también para que los adultos se despierten. Debía ser una historia ocurrente pero relacionada con el caso en cuestión; digamos, que "viniera a cuento". Así que pensé en contarle uno que decía lo siguiente;

"Érase una vez una mujer sumamente distraída, o estúpida, o tal vez un poco loca, quizás sabia, que, cuando se levantaba por las mañanas, tardaba tanto tiempo en encontrar su ropa que, por las noches, casi no se atrevía a acostarse, sólo de pensar en lo que le aguardaba cuando despertara.

Una noche tomó papel y lápiz y, a medida que se desnudaba, iba anotando el nombre de cada prenda y el lugar exacto en la que la dejaba.

A la mañana siguiente sacó el papel y leyó: 

"Pantalones....", y allí estaban. Se los puso. 

"Camisa....", allí estaba. Se la puso también.

"Botas....", allí estaban ambas. Se las puso dispuesta a salir.

Estaba verdaderamente encantada, hasta que le asaltó un horrible pensamiento:

"¿Y yo? ¿Dónde estoy yo?".

Había olvidado anotarlo. De modo que se puso a buscar y buscar, pero en vano. No pudo encontrarse a sí misma...."

Entré en el bar, y la esperé de pie en la barra para más tarde sentarnos, tomar el café y para contarle esta pequeña historia. Al poco apareció por la puerta, con su camisa de cuadros, sus pantalones verdes y calzando unas botas marrones. Nos sentamos, y acto seguido y antes que pudiera abrir mi boca, comenzó a quejarse amargamente de las últimas decisiones que había tomado. 

Cuando al fin paró de hablar, cayó en la cuenta del motivo de aquel café, y entonces me preguntó qué era aquello tan importante que quería decirle. Quedé dudando largo rato, sobre todo recordando los muchos consejos que han quedado en saco roto, y pensando que cuan de cierto hay, en eso de que cada cual tiene su forma de aprender.

"Nada importante, -- le dije --. Además, digamos que ya no viene a cuento...." 


Disneyland Paris. Fuente de Cantos, 24 de febrero de 2017. Imagen libre en la red.
  

    







     

viernes, 17 de febrero de 2017

Sin medias tintas

Hace unos días que salió en una conversación un tema con el que me agrada reflexionar, o más que eso, sobre el que me gusta enfatizar; "La convicción". Sobre todo a la hora de afrontar cualquier acción o tarea en la que estemos envueltos. Tanto es el poder de la convicción como el poder de la palabra, y tanto vale más el primero precisamente cuando es lo que te impulsa a hacer aquello en lo que confías y por lo que te merece la pena esa contundencia. Esa creencia inquebrantable sobre algo, a veces sin la necesidad de tener evidencias. Esa actitud positiva y enérgica incluso a pesar de las adversidades. 

Es posible que además esté sólidamente conectada con la fe, que si dicen que mueve montañas, la convicción las crea, las escala y las corona. Que si con la fe esperas que algo pase, con la convicción haces que ocurra. Es algo que se ve reflejado incluso en las pequeñas cosas del día a día sin que para ello tenga que suponer un sacrificio permanente. Está claro que, por ejemplo, no vas a conseguir madrugar mañana si no te acuestas con esa intención, o no vas a conseguir dejar de fumar si tu convicción para ello echa humo por dentro. Es como el que quiere afirmar moviendo su cabeza de derecha a izquierda.

La voluntad de hacer algo firmemente, ya te está llevando a conseguirlo. Es el convencimiento sobre la consecución de tus acciones lo que hace más fuertes tus creencias en conseguirlo, pero quedarte en solamente la intención, te llevará a llenarte de eso, solo de intenciones, no de logros y afirmaciones. El casi conseguirlo por falta de actitud, es fracasar por dos veces. Es preferible un SÍ o un NO, a un CASI. Me contaron una vez un cuento que aunque es un poco antiguo y es posible que ya hayas escuchado, sí que es muy apropiado al caso.... 

"Es sobre un grupo de ranas que viajaban por el bosque y de repente, dos de ellas cayeron en un pozo muy hondo y que además estaba totalmente seco. El resto de ranas se reunieron alrededor del profundo agujero y fue cuando se dieron cuenta que el destino de esas dos pobres amigas sería fatal. Fue por lo que les dijeron que nada podrían hacer.

A pesar de eso, las dos comenzaron a dar saltos intentando escalar, pero las otras ranas seguían insistiendo en que sus esfuerzos serían inútiles.

Finalmente una de las ranas puso atención a lo que las demás decían y se rindió, se desplomó y murió.

La otra rana continuó saltando tan fuerte como le era posible. Una vez más, desde lo alto del pozo el resto le gritaba nuevamente para que cesara en su esfuerzo de continuar y se dispusiera a morir, pues sería imposible que saliera de ahí.

Pero a pesar de los gritos del esto de ranas, ésta insistió una y otra vez hasta que logró salir. Todas las demás quedaron asombradas, y le preguntaron cómo es que no se rindió con todas las palabras de desánimos que recibía.

Ésta dijo que, además de ser sorda y no escuchar nada de lo que le decían, (incluso al contrario, pensó que la animaban), siempre tuvo la convicción de que lograría salvarse".

Hace unos días escuché una interesante reflexión al respecto y me hizo recordar varias cosas pasadas. Porque a medida que pasa el tiempo, incluso conectas situaciones o experiencias vividas que ni prestabas atención en analizar. Y es que recuerdo cuando era pequeño que iba hacia mi casa y en muchas ocasiones, cuando me disponía a entrar, mi madre justo había acabado de fregar el suelo de la casa. Ahí al fondo del pasillo, con una mano sobre la cintura y la otra apoyada en la fregona, me decía con un claro aviso; "Ni se te ocurra pasar y pisarme la casa. Esperas a que esté seco el suelo".

Se giraba, y continuaba con otras tareas mientras yo quedaba en la puerta como hierático. Me agachaba para mirar con el reflejo el avance que llevaba el suelo en su proceso natural de secado, pero ese corto tiempo suponía demasiado para, mi entonces pequeña paciencia. Así que de repente avanzaba al interior de casa, dando pasos de puntilla hasta que, me percataba en que mi madre volvía a asomarse desconfiada de mí, y en esas que rápidamente yo tenía que retroceder corriendo ante la nueva advertencia de ella, que me decía otra vez; "!Y lo que más me molesta es que entres de puntilla, como si no fuera a darme cuenta de esas pisadas, que son como un "sí pero no". Si pisas, que lo hagas con ganas. Porque además, te quedas en un "casi entro, pero salgo"!.

Y ahora entiendo muchas cosas sobre esa reflexión de la que antes hablaba, sobre todo, de cómo debes pisar para que queden tus huellas. Que incluso peor que la convicción de que no, y la incertidumbre del tal vez, es la decepción de un casi. Aquello que pudo haber sido y no fue. Igual que al soñador no le vale precisamente andar dormido, sino vivir en la realidad, al escritor no le valen las medias tintas para escribir lo que siente o quiere expresar. Ni el ya veré, ni el lo intentaré, ni el ya probaré. O estás convencido del sí o del no, o todo lo demás será un "casi". Hazlo o no lo hagas, pero no lo intentes.

El que casi ganó todavía juega, quien casi aprobó todavía estudia, quien casi te besa es que ni lo intentó, quien casi te desnuda es que ni se excitó. Así como el de medias tintas ni escribió, quien casi despierta solo durmió, quien casi amó, es que no amó. Me pregunto que lleva a vivir esa vida templada, que ni "fú ni fá", ni blanco ni negro. Esa eterna moneda lanzada al aire y ese susurro tan molesto para no decir nada. Esa falta de coraje y ese desborde de cobardía para afrontar las cosas, que llenan aún más el vacío que dejan en el interior del alma de cada cual, y solo quedan llenos de oportunidades perdidas.

Dicen que para los errores hay perdón, y para los fracasos oportunidades. Los que prefieren previamente la derrota a dudar de la victoria están perdiendo la oportunidad de ganar. No dejes que el miedo te impida intentarlo ni la desconfianza haga que dejes de creer en ti, porque nada puede hacerte tanto daño a ti mismo como eso. Perder la convicción es como desconfiar de ti, dejarte en segundo lugar. 

Y aunque soñar está muy bien, gasta más tiempo realizando que soñando, haciendo que planeando porque, mientras quien casi muere está vivo, quien casi vive, está muerto....



Fuente de Cantos, a 17 de febrero de 2017. Imagen libre en la red.
      

      

viernes, 10 de febrero de 2017

Te espero en el recreo

Marta se despierta exaltada y feliz cuando su madre apenas se asoma al cuarto para indicarle que es la hora de salir de la cama y prepararse para ir al colegio. Sus apenas 11 años están repletos de ilusión y motivación por llenar de grandes aventuras y enseñanzas este nuevo día. Adora todo lo que tiene que ver con ir a la escuela; sus profesores, sus amigas, sus compañeros...; cuando se es feliz, todo te llega bien, y últimamente para ella, con más motivo si cabe.

A pesar que comparten habitación y la gran mayoría de sus genes y cromosomas, su hermano gemelo David traslada entre quejas y suspiros su negativa a levantarse y enfrentarse un día más a ir al colegio. A su madre le preocupa últimamente la actitud de su hijo, sobre todo porque está mostrando unos resultados muy distintos a los habituales en sus notas, y principalmente por su desidia ante todo lo que le proponen en casa.

Ambos hermanos, de un pequeño tiempo a esta parte, parecen dos polos opuestos. Su jornada diaria es tan distinta que causa la atención y preocupación de sus padres, tanto por el lado positivo en Marta, como por el negativo sobre David. Ella desborda ahora más que nunca una gran alegría que contagia de energía a quienes están a su alrededor. Él en cambio, pasa largas horas encerrado en su habitación renunciando a cualquier actividad que no sea la de mirar el techo de su cuarto, descuidando por completo cualquier otra obligación. Es evidente que algo ocurre, pero David vive en su propio hermetismo y no comunica si hay algún problema.

Mientras ella devora el apetitoso desayuno y prepara entusiasmada su mochila para enfrentarse a un nuevo día de colegio, él mastica de manera desganada la ya fría tostada, teniendo que escuchar las arengas de su padre para que se apresure en ordenar las cosas que necesitará para llevar ese día. Es ver salir a ambos por la puerta y sería como presenciar a la noche y el día.

Ya en el bus que los lleva a su destino, Marta puede ver su sonrisa reflejada en la ventana, mientras coquetea con su pelo y descubre ante sí misma lo feliz que se siente. David en cambio, lleva durante todo el trayecto su mirada perdida a través del cristal; mientras apoya en el mismo su cabeza siente el frío sobre su frente, pero no repara la profunda desolación que lo arrebata cada día que tiene que ir a clase. 

Los dos hermanos entran por la puerta principal del edificio y ya emprenden caminos separados hasta la hora de irse nuevamente a casa. Marta vive en su mundo de felicidad y júbilo, y ni tan siquiera se percata del ostracismo en el que se encuentra su hermano, así como los cambios que ha venido experimentando en estas últimas semanas. Como vive en su burbuja particular ni le resulta raro el rechazo que a veces tiene su hermano con ella cuando ésta intenta darle un pequeño beso de despedida. Se ha vuelto arisco y distante, con lo cariñoso que siempre había sido.

Marta se inquieta en su silla deseando que llegue el momento del descanso. Mira de reojo hacia atrás, y entrecruza su mirada tímidamente con la de alguien. Su cara toma rápidamente un color rojizo, sonríe y no puede ocultar sus nervios cuando le lanzan algo que cae encima de su mesa. Una bola de papel con un mensaje dentro; "Te espero en el recreo".

Su hermano en cambio tiene la vista perdida en el exterior de la clase, sin enterarse absolutamente nada de lo que explica su profesora. Su distracción se ve interrumpida con la mirada descarada de alguien que está dos asientos por delante del suyo. Sin quitarle ojo de encima, le muestra a David un folio con un mensaje en su interior; "Te espero en el recreo".

En el recreo, Marta va al final del pasillo, tal y como viene sucediendo en los últimos días, y hoy haciendo caso del mensaje que un momento antes había recibido en esa bola de papel arrugada, y que aún sostenía en su mano. Allí la espera Luis, quien no menos avergonzado que ella, toma la iniciativa dándole un cariñoso beso en la cara, diciéndole acto seguido que la quiere. Marta no se explica aún lo feliz que la hace sentir ese chico.

David se dirige hacia uno de los extremos del patio del colegio, como viene haciendo en los últimos días, sin atender a un grupo de amigos que le animan a que se una al equipo de fútbol que va a comenzar a jugar en la cancha. Antes de llegar a esa esquina del patio, dónde le gusta estar solo y alejado de todo lo que le rodea, alguien llega para agarrarlo por detrás llamando su atención, mientras vuelve a mostrarle el folio anterior con el mensaje dentro. Se trata de Marcos, quien sin mediar palabra, le propina un fuerte puñetazo en su cara, diciéndole acto seguido que le odia. David no se explica aún el miedo que le hace sentir ese chico.... 



Fuente de Cantos, 10 de febrero de 2017.
            

viernes, 3 de febrero de 2017

La vida de colores

No recordaba muy bien en qué día de la semana se encontraba, menos aún del mes. Con alguna seguridad sería viernes, pero tampoco estaría de más que fuera miércoles. Por su cabeza solo pasaba pintar todo lo que se le viniera a ésta. Sentarse en ese sillón azul, ponerse frente a un gran lienzo y dar rienda suelta a su imaginación. La gran tabla de colores, infinitos, estaba preparada para ser usada. 

Llevaba así semanas, creo que exactamente 34 días, según se contaba el tiempo en su planeta. Su inspiración se resistía a presentarse ante ella, aclararle sus ideas y sacarla de aquel estancamiento mental. En el momento que comenzase a mover el pincel, sabía que ya no pararía, pero eso aún no había ocurrido y su cuadro estaba intacto, deseando ser pintado.

Pero llevaba demasiado tiempo así, sin conseguir nada, y ella sabía que debía cambiar aquella situación urgentemente. Temía que no pudiera avanzar nunca anclada en ese, ahora maldito, sillón azul. Entonces ese día pensó que empezaría precisamente por ese color. Tal vez un cielo de fondo vendría bien. O quizás mejor un amplio mar en el que encontrara todas sus respuestas, incluso las no preguntadas. Ya se veía pescando noches de melancolía sobre una pequeña barca blanca, remando en la dirección que su corazón le quisiera marcar. Y fue que pintó a éste, con sus trazos rojo carmesí, y lo colocó en cualquier lugar del cuadro, pues seguro lo usaría en algún momento. Un corazón con la forma que estamos acostumbrados a ver pintado.

Pero mientras su pincel daba forma al barco, antes de "subirse" a él, pensó que quizás estaría mejor en tierra firme. Sin duda necesitaría verse a sí misma metida en ese cuadro con más seguridad, y quería saber dónde pisaba. El agua era algo que le apasionaba, le gustaba, pero tal vez en esta ocasión estaría mejor caminando por la orilla del mar. A todo el mundo le relaja caminar por la arena y le hace sentir bien. Así usaría un color dorado, idóneo para eso, y pintaría conchas y estrellas de mar ancladas en esa solitaria y extensa playa que rondaba en su cabeza. Pero imaginó sus pies hundiéndose en la arena, y tenía la sensación de que sus pasos, eran cada vez más pesados. Caminaba con fatiga y no estaba disfrutando de aquel paseo.

Fue cuando se fijó, que sin quererlo, había usado el color negro y pintado atada a sus pies, unas enormes cadenas. Ahora también percibió que había pintado el corazón unido a esas cadenas. Y aquella playa, tan solitaria, empezó a causarle una angustia que recorrió todo su cuerpo. Porque cierto que le gustaba la soledad, pero aquello que estaba pintando suponía amarrarse aún más a sus recuerdos.

Rápidamente pintó un fondo blanco para borrarlo todo, y dio la vuelta al lienzo. Esta vez lo haría con más calma. Dibujó antes en su cabeza los bonitos recuerdos que ahí guardaba celosamente, casi en secreto. Era ahí, en su mente, donde los pinceles hacían acrobacias y jugaban con todos los colores con un inusual desparpajo. Óleos y acuarelas, daba igual, pues siempre había pintado sus sueños a su antojo, con colores jamás vistos por nadie más. Cerró los ojos, y entonces trató de recrear aquello que ahora pasaba por su mente, moviendo los pinceles con una habilidad desmesurada.

Usaría este vez los colores más brillantes y agradables del mundo. Los tenía todos en su tabla. Fue así como empezó a plasmarlo en el cuadro; rosas y ocres para los rostros de su familia, amigos y seres queridos, siempre tan cerca de ella; color marfil las sonrisas de los niños que llenaban su vida; verdes y dorados los campos por los que caminaba; amarillo el trigo que acariciaba con su mano en aquellos eternos paseos. Eran turquesas y azules las aguas de los ríos y lagos que le gustaba frecuentar, tonos que delataban su pureza y transparencia.

Rojo encendido para el crepúsculo que se precipitaba en la parte superior del cuadro y que casi, mansamente, cegaba de manera sutil cualquier oscura mirada. Lila el vino que llenaba su copa, y anaranjados los destellos de luz que atravesaban el cristal, pintado con un gris claro. También eran dorados los todos de su cabello, que se estremecía dulcemente sobre sus hombros con el golpe del viento. Ahí fue que pintó su ilusión de color granate y de ámbar su juventud, dándose cuenta en ese momento de que tenía ante ella todos los colores de la vida y, mejor aún, que podía pintarlos a su gusto y en cada una de las cosas o personas que le hacían feliz. ¡Incluso podía poner color a sus sueños!.  

Después de sus últimas pinceladas, empujó hacia atrás aquel sillón azul, sobre el cual, ahora sí, había creado su obra maestra. ¡Y es que todo estaba en su cabeza!. Se levantó, y miró a su lado, sorprendiéndose al ver y sentir algo que la había estado acompañando durante todo el momento. No medió palabra, pero pensó que tal vez, por fin, se trataba de la inspiración. Aunque quizás ese día, venía encarnada en forma de esperanza, de ilusión, alegría, o quien sabe, quizás incluso en las ganas de volver a amar.

Se cambió de ropa, pintó sus labios de rojo, pero no quiso eliminar las pequeñas manchas de pintura que habían quedado en sus manos. ¡Sería tan lindo ver aquellos colores durante todo el resto del día! Así fue como salió a la calle. Entonces vio como la gente transitaba deprisa, incluso casi desesperada, sin que se percataran del mundo en blanco y negro en el que vivían....


Fuente de Cantos, 3 de febrero de 2017. Imagen libre en la red.




       

viernes, 27 de enero de 2017

Enviando mensaje

La fina lluvia de aquella mañana la había sorprendido saliendo de su peluquería habitual, situada en el mismo corazón de Manhattan. Aquel sábado tendría una de las citas más importantes de los últimos años, y aunque hubiera preferido llegar hasta allí caminando, no le quedaría más remedio que tomar un taxi, y que el agua que caía desde el cielo de New York, (aunque lo hacía tímidamente), no desluciera su preciso peinado. Bajo el pequeño toldo de la puerta de entrada del edificio, esperaba el taxi que había mandado llamar el conserje.

Éste, la miraba de reojo mientras ella aguardaba allí de pie. Aunque no era su intención, su presencia provocaba las miradas de multitud de viandantes, no solo del conserje. También de todas aquellas personas a las cuales les gustaba admirar la elegancia de cualquier mujer. Porque Sienna, que así se llamaba, poseía una atracción natural. Tenía una altura normal, pero no menos de un metro setenta, y aquella mañana parecía estar subida en un pedestal en lugar de encima de unos tacones. Su pelo moreno liso, pudorosamente daba luz a su cara, y su abrigo negro de paño aún no permitía descubrir el precioso vestido azul oscuro que encajaba perfectamente en su figura. Al girar su muñeca descubrió un precioso reloj color dorado, que denotaba su impaciencia a pesar que aún quedaba algo más de una hora para su cita.

Pasado ese tiempo, en un discreto pero acogedor restaurante en el distrito del Soho, le estaría esperando su prometido para almorzar. Aunque el sitio era habitual para ellos, esta vez compartiría mesa por primera vez con quienes serían sus futuros suegros. No era algo que le pudiera inquietar, pero era una mujer que le gustaba causar siempre buena impresión. Y es que aquella mañana se había apoderado de ella cierta intranquilidad, por eso que tal vez le hubiera apetecido ir caminando hasta el restaurante y así conseguir relajarse durante los pocos más de treinta minutos que le hubiera llevado aquel paseo.

Pero quizás aquella lluvia también ayudó a que no se atreviera a tal caminata con unos zapatos de tacón, que aunque le resultaban cómodos, no eran apropiados para tal fin. Dejó de pensar en todo aquello cuando cayó en la cuenta que el taxi que le esperaba frente a la puerta era el que tocaba el claxon enérgicamente para advertir su presencia. Reaccionó de manera precipitada, casi asustada, y echó a correr renunciando al paraguas que le ofrecía el conserje, dando casi de bruces con el coche al meter uno de sus tacones en el hueco de una alcantarilla.

Al entrar en el taxi, percibió que su tacón se había partido por la mitad, agradeciendo que al menos ella no hubiera sufrido ningún daño. Pero no podría llegar a su cita con aquel ahora maltrecho zapato, menos aún una mujer tan perfeccionista como ella. Necesitaría pasar antes por una tienda y comprar otros, pero igual no los encontraba de su gusto para aquella ocasión. Aunque otra solución podría ser que pasara directamente por casa, más o menos a mitad de camino en dirección al restaurante.

Tal era su distracción causada por aquel contratiempo, que aún no había escuchado las súplicas del taxista preguntando a dónde debía llevarla. Levantó la mirada hacia el espejo retrovisor, y tropezó con unos preciosos ojos verdes que esperaban impaciente su respuesta. 
"Sí, a la décima avenida, a la altura de la calle 16, en Chelsea", contestó súbitamente Sienna. El taxi comenzó a avanzar hacia el destino indicado.

A Sienna le llamaron poderosamente la atención aquellos ojos, esa mirada penetrante a través de aquel espejo, y no podía desviar la atención de él. Quien conducía, que cruzó varias veces su mirada con la de ella, no tuvo más remedio que preguntar ante aquella inquietante observación por parte de su cliente; 
-- Disculpe pero, ¿ocurre algo?. ¿Me mira de esa manera por algún motivo?. O es porque tal vez me conoce --.

"No, no. Perdone..., no la conozco. Es porque me sorprende que una chica (tan bella como tú, pensó), tan joven como tú, se dedique a esto de los taxis", le dijo.

-- Bueno, es un trabajo más, como cualquier otro. Y siempre se conoce a mucha gente encantadora que va y viene. Además, pueden ocurrir cosas muy interesantes dentro de un taxi.... --.

"¿De veras?", dijo Sienna.

-- Sí, claro que sí. Ni puedes imaginarlo --, dijo la taxista, ahora sin perderla de vista por el retrovisor. -- Por cierto, mi nombre es Meagan, ¿y el suyo? --.

Ahora, un calor recorrió todo su cuerpo, sintiéndose avergonzada por haberla mirado desde el principió tan descaradamente y haber provocado aquella conversación, que nada iba con ella ni su forma de ser. Pero le respondió diciendo su nombre.

-- ¡Encantada Sienna! --, le dijo de nuevo la taxista, sonriéndole a través del espejo.

Sienna asintió con la cabeza, y evitó seguir mirando a ese retrovisor. Se sentía bastante nerviosa. Cogió su teléfono y buscó la distracción en él. Le enviaría un mensaje a su novio para explicarle el pequeño contratiempo del zapato y así justificar su posible retraso en caso de que llegara tarde a la cita. 

"Ryan, tengo dudas...., ¿azules o negros?. Los zapatos, me refiero?".

Pensó que aquel mensaje no tendría sentido para él.

"Ryan, tengo dudas...., ¿azules o negros?. Los zapatos, me refiero?". (¡Borrando mensaje!)

"Ryan, tengo dudas...., ¿qué zapatos te gustan más?. ¿de qué color?. Para mí me refiero. ¿azules o negros?", volvió a escribir.

Sus nervios seguían ahí, pues a pesar que no quería mirar, era consciente de que la chica, Meagan, seguía pendiente de ella y no le quitaba ojo de encima. Aquel mensaje era tan ridículo e incomprensible como el primero.

"Ryan , tengo dudas...., ¿qué zapatos te gustan más?. ¿de qué color?. Para mí me refiero ¿azules o negros?." (¡Borrando mensaje!)

Trató de calmarse, y volvió a escribir de nuevo para explicarle todo correctamente.

-- Ryan ando de camino a casa. He "metido la pata" donde no debía, y voy a necesitar un poco más de tiempo. Tengo dudas....

En aquel momento, el taxi se detuvo y un señor entró dentro sentándose junto a ella. Entonces notó que un tubo cilíndrico muy frío la apuntaba directamente a su sien. Se asustó al ver el arma, y pulsó intuitivamente el botón de su teléfono....

"¡Enviando mensaje!...." 


Candelario, Salamanca. 27 de enero de 2017. Imagen libre en la red.










  



      

viernes, 20 de enero de 2017

El trabajo os hace libres

La mañana era templada, pero a veces el viento enfriaba tu cuerpo de un solo golpe. Pero esos golpes de frío serían más llevaderos que los que encogerían mi corazón un poco más tarde. Y mira que mis días de visita en Polonia estaban resultando encantadores, más aún con los hermosos días de verano que aquí se tienen. Es éste un país que adoro, aprecio, pero sobre todo que admiro. La gente de aquí, al menos las que yo conozco, tienen un "Don" especial; todos sabemos, que desde hace muchos años la humanidad está en deuda con ellos, pero por su parte no existe esta necesidad de recompensa. Pocos países, más bien personas, de las distintas generaciones, se recomponen a sufrimientos como los vividos por el pueblo polaco.


Pero aún no entiendo por qué motivo planteé, que la excursión de aquella mañana, fuera al campo de concentración de Stutthot, cerca de Gdnansk, al norte de Polonia, convertido en Museo desde hacía años. Ya me asombró enterarme que Jorge (Jerzy), padre de Emilia, así como ella, nunca habían visitado este lugar maldito, de ahí que quizás mi propuesta de pasar la mañana allí no fuera la más acertada, pero aún así, cordial y amablemente accedieron a llevarme a ese sitio.

El viaje hasta allí lo haríamos en coche, y en poco menos de una hora llegaríamos a nuestro destino. Así que daba tiempo para charlar animadamente de las cosas propias de un día de ocio, el cuál se presentaba dinámico y divertido, como todos los anteriores. Pero es a pocos kilómetros de llegar, que ya puedes ir viendo las vías del tren que conducían e interconectaban todos los campos de concentración entre Alemania y Polonia. Es entonces cuando comenzó nuestro silencio, ya presente en el resto de la jornada. Y es lo primero que me llamó la atención de aquel lugar nada más bajarnos del coche; el increíble silencio que allí había y que estaba apoderado de todos los visitantes.

Todo aquello que más tarde allí vería y sentiría, me llamó poderosamente la atención, pero la segunda cosa, y por poner un poco el orden a los hechos, fue el texto anunciado en la puerta de entrada y que está presente en todos los campos de concentración nazis; "Arbeit macht frei" (El trabajo os hace libres).

Dedicar un poco de tiempo a esa reflexión, ya te pone en alerta de todo lo que allí vas a encontrarte. Me pregunto que pensarían las personas que destinadas a estos campos, atravesaban aquella puerta bajo ese texto. Dudo mucho que pensaran en eso, en que los haría libres, pero supongo que no tenían otra cosa a la que aferrarse. Y es que las reflexiones te van llegando en cadena, una tras otra, en el momento que empiezas la visita a los barracones. La manipulación y el chantaje se mezclaban con el despropósito y el miedo. La enajenación humana se pone de manifiesto a cada paso que das en este lugar, a pesar de que hayan pasado casi 80 años de esta barbarie. Pero a veces la historia debe ser contada y expuesta, precisamente para que jamás vuelva a repetirse.

Pero hay partes de la historia, de esta particularmente, que sin haberlas vivido directamente, se te quedan grabadas como si tatuaran tu mente con la más indeleble tinta que pueda existir. Las exposiciones que documentan la historia del campo de Stutthof y el destino de los presos que permanecieron en él, se exhiben en los originales edificios del campo de concentración. La ruta para la visita está marcada con decenas de paneles históricos con fotografías de archivo. Es a través de ellos, dónde queda marcada la vergüenza de lo que es capaz de hacer la especie humana para con nosotros mismos.

Y es también a través de esa información, que te enteras que estos campos de concentración pasaron a ser utilizados como centros de trabajo forzosos, pero al ver que eso no mataba a suficiente gente, (presos en su mayoría), fueron también usados para exterminar a los judíos y presuntos enemigos de los nazis. Las víctimas llegaban en vagones de tren, procedentes de Guettos y de campos de la Polonia ocupada. La "vida" que allí les esperaba empezaba con la separación de niños y mujeres por un lado, y de hombres por otro, que empezaban con sus trabajos forzosos, a intentar llegar a ser libres, justo como habían leído nada más entrar.

¿Y qué hacían con los que se mantenían vivos? Muchas veces a quienes estaban muy ancianos o deteriorados por el trabajo los fusilaban en masa, pero como para los nazis las balas eran demasiado costosas y debían ser usadas en el combate, a otra mente cruel se le ocurrió idear un sistema que acabara con el mayor número de vidas con el menor coste posible. Estos inventos fueron la cámara de gas y los hornos de incineración. Entonces los nuevos presos ya ni entraban por la puerta principal, sino que incluso las propias vías del tren, llegaban hasta la misma cámara de gas. 

Con la dosis justa de veneno, era posible asesinar a un gran grupo de personas en pocos minutos. Los prisioneros eran forzados a desvestirse y a entregar todos sus valores, para después ser llevados desnudos hacia las cámaras de gas, que estaban disfrazadas como duchas, y dentro de ellas era utilizado un gas tóxico. Después los cadáveres pasarían a los hornos de incineración, lugar dónde ya incluso quemaban a quienes agonizaban por estar enfermos. Este sistema, permitía matar en algunos campos hasta ocho mil personas al día. Luego, solo quedarían sus cenizas, ni tan siquiera sus recuerdos. 

Y si el resultado final era asesinarlos a todos, ¿de qué servían las enfermerías dónde trabajaban médicos nazis, y dónde incluso disponían hasta de quirófanos?. Esa fue mi única pregunta a Emilia en toda la visita, la cual me contestó, que lo que esos médicos hacían era experimentar nuevas técnicas con personas, haciendo las más crueles atrocidades inimaginables; incluso con la propia piel humana llegaban a fabricar lámparas. 

Pero este Museo fue creado por iniciativa de los antiguos presos que estuvieron en Stutthot, el cual ocupaba unas 20 hectáreas de las 120 que tenía todo el campo de concentración, y dónde más de 60.000 personas fueron cruelmente asesinadas, y las otras 50.000 que por aquí pasaron y lograron salir con vida, tendrían una herida que jamás se cerraría; la del miedo. Ese sentimiento, que cuando penetra en ti, ocupa todo tu ser.

Es justo lo que pensaba en mi paseo en solitario por allí, en que normalmente las heridas cierran con una cicatriz que te recuerda el dolor que tuviste, pero creo que en este caso, para quienes lo vivieron, queda una herida abierta para siempre. Distinto es pensar que no pueda existir en ellos la palabra perdón, pero solamente el ser humano puede hacer tanto daño en este mundo, y entonces, perdonar se presenta con una dificultad inusual. Aquella fue una visita que me dejó marcado para siempre, y dónde sentí un cúmulo de sensaciones y sentimientos, que mucho tiene que ver con el horror, el perdón y la vergüenza, pero cierto que no tenía palabras para describir todo aquello. 

Fue a la siguiente semana que me enteré por la prensa que el Papa realizó una visita a los campos de exterminio nazi, en este caso a Auschwitz. Quise saber cómo fue, así que busqué la noticia. Hablaba de que Francisco realizó la visita en absoluto silencio, atravesando completamente solo la entrada al campo bajo la inscripción en hierro forjado "Arbeit macht frei" (El trabajo os hace libres). El Pontífice tuvo momentos de gran intensidad, permaneciendo en soledad durante todo el recorrido. La noticia destacaba el momento que pasó sentado con los ojos cerrados y en profundo recogimiento durante varios minutos, o cuando besó uno de los postes de madera que servían para las ejecuciones.

Guardó durante todo el recorrido un profundo silencio, escribiendo en el libro de Honor tras su visita lo siguiente: "Señor, ten piedad de tu pueblo. Señor, perdón por tanta crueldad". Dos líneas, escritas en español, con la firma "Francisco" y la fecha debajo, fueron las únicas palabras del Pontífice sobre las sensaciones de su visita al lugar donde fueron asesinadas 1,1 millones de personas.

Una vez que leí la noticia, realmente pensé que mi visita a un campo de exterminio nazi se pareció mucho al que realizó el Papa. Ambos sentimos, en el más inquietante silencio, vergüenza y espanto por lo que allí vimos. Solamente que yo no firmé en ningún libro de Honor, pero de haberlo hecho, hubiera sido con una frase que se encontró precisamente escrita en uno de esos campos por un preso judío; 

"Si existe un Dios, Él tendrá que rogarme a mi para que yo lo perdone"....











Campo de concentración de Stutthot, Polonia, 19 de julio de 2016. Fotografías de Jesús Apa.




Campo de concentración de Auschwitz, Polonia, 30 de julio de 2016. Fotografías de EFE.


  

     


viernes, 13 de enero de 2017

Las Leyes de la vida

Cuando la pasada semana hablaba con José Luis, poco antes de darle sepultura a su madre, me contaba que asumía que había llegado su momento y trataba, seguramente, de pensar para sus adentros todos los años en los que pudo disfrutar de ella. Es realmente duro decir adiós a nuestros seres queridos, más aún a una madre. Con total aceptación de la realidad, y sabiendo el camino que ahora le tocaba vivir sin su compañía, me dijo; "Jesús, es Ley de vida". Pero, ¿cuáles son las Leyes de la vida?, me pregunté en aquel mismo momento.

Hay muchas Leyes en la vida, pero hay una cruel y exacta; la muerte. A veces nos toca recordar esta Ley de la manera más desagradable, como es la de despedirte de los tuyos. Es lo que yo sentía cuando hace apenas unos días decíamos adiós a mi tío, hermano de mi padre. Y cuando esto ocurre y tienes que sufrir en primera persona este tipo de situaciones, esta "Ley de vida", quizás metafóricamente imaginas sus "artículos" y buscas reconfortarte con el pensamiento de que vivió de manera feliz en la mayoría de ellos. O tal vez, buscas en el consuelo de saber que "vivió como él quiso", tal y como resumió mi tía su marcha.

Pero esos artículos, los que conforman esas "Leyes de la vida", esos que hablan de cómo vivir, serán tantos como cada cual quiera. Hay quienes los complican más de la cuenta y los llenan de pesadas normativas, y hay quienes son más prácticos y tratan de vivir con menos carga. Y es curioso, porque dicen que la vida, cuanto más vacía, más pesa. Pero hay leyes que aunque tú no quieras, a veces se incumplen, y cuando esto ocurre, alguien tiene que pagar por ello.

No hace mucho tiempo, hablo de apenas un mes, leía una entrevista que le hicieron a un señor de Bienvenida, localidad cercana a la mía. Francisco, que así se llama, dentro de sus ya pocos momentos de lucidez, respondía a cuantas preguntas le hacía el periodista. Era un día especial, pues celebraba su cumpleaños, pero no por ello podía evitar emocionarse, sobre todo, cuando le preguntaron cuales habían sido los momentos más duros de su vida. Hablaba de la guerra, del hambre y de otras situaciones pasadas, pero extraordinariamente contestó algo, diciendo; "Espero no seguir viviendo para más momentos duros, y si lo hago, no ser consciente de ello, porque el peor momento de una persona es seguir vivo y observar como tus hijos van muriendo". 

Claro que Francisco, es un caso especial, pues hace un mes cumplía los 112 años, y se convertía en el hombre más longevo de Europa. Una de sus hijas cuenta ya con 81 años. Y pienso que sí, que llegar a esa edad, algo más de un siglo, debe ser un premio en toda regla, casi sortear cualquier ley de la vida, estar en una nube, o mejor aún, en un arcoiris, solo que, uno que incluye el color negro.

También no hace mucho tiempo en que visitaba a la tía de Annie en Londres. Laura, que cuenta con 96 años, tiene una gran capacidad de vivir con intensidad, y eso uno lo nota cuando habla con ella y percibe que ni se le pasa por la cabeza eso de morir. Mientras yo medía la planta baja de su casa, con la intención de detallar en unos planos el lugar idóneo para construir un baño, y de esta manera no tener que subir las escaleras hacia la primera planta, que es dónde tiene que ir a hacer uso del único que posee la casa, ella trataba de explicarle a su sobrina Annie, que para que ella deje de subir esas escaleras, deben pasar aún muchos años. 

Admiro a las personas con esa edad y con esa forma tan singular de hacerle un guiño a la vida, o más bien, diría que a la muerte. Cierto que la muerte es solo una vez, y cierto también que se deja sentir todos los instantes de la vida. Pero pienso que la vida es eso, demostrar día a día que quieres vivirla, porque precisamente los que la temen, ya están medio muertos. Y creo que vivirla intensamente es vencer a diario a la muerte. Es de estas personas, como Francisco y Laura, y no de la vida corriente de cada día, que aprendemos impresiones y útiles lecciones. 

Me gusta recordar muy a menudo la historia que cuenta en que un día, pasó un joven por una pequeña aldea. Un viejo abuelo nonagenario estaba plantando un almendro.  El joven, quizás de manera jocosa y burlona, y debido a su extrañeza, le dijo; "eh abuelo, ¿plantando un almendro confiando en que más pronto que tarde dé sus frutos?. Y él, todo doblado como estaba, volviese hacia el joven diciéndole; "Yo, hijo, obro como si no hubiera de morir nunca". -- Y yo, le respondió el joven, obro como si mi muerte fuera inminente --.

En cualquiera de los dos casos, la conclusión es asombrosa. Ambas teorías muestran las mismas ganas de vivir, de la manera más intensa y honesta posible. Porque al igual que algunas leyes están para saltárselas, las de la vida están para cumplirlas, y todos tendríamos que acabarla al menos, siendo recordados por quienes aquí se quedan, que fuimos buenas personas. Ese sería el premio, la meta y objetivo de todo este camino. 

Pero no caer dentro de la vulgaridad esa, de que solo se reconoce que alguien es bueno cuando le toca irse al "otro barrio". Lo justo sería alabar y reconocer a las personas en vida, premiar cada cierto tiempo la bondad o el amor que tantas veces se regala. ¿De qué vale hablar bien de alguien cuando ya no puede escucharte?. Eso nos haría a todos iguales y sí que no sería justo. Aunque si tenemos que hablar de justicia de poco vale en estos casos, porque ya sabemos que por muy mal que lo hayan hecho, los muertos siempre salen a hombros.

Y es que al fin y al cabo, con el paso del tiempo, descubrimos con sorpresa que lo esencial de la vida se esconde detrás del gesto repetido sin pereza, detrás de la sonrisa que nos infunde coraje y ganas de vivir, pero sobre todo, detrás del amor que se da sin exigir favores ni recompensas. Y esas sí que serían las verdaderas Leyes de la vida y que deberían cumplirse a rajatabla.

Alguien dijo una vez, y con gran acierto, que quien no ha descubierto nada por lo que morir, no es digno de vivir....



Laura en su casa de Londres, 25 de octubre de 2016. Fotografía de Jesús Apa.


Francisco "Marchena" en su casa de Bienvenida, 13 de diciembre de 2016. Fotografía de Charles Raysdale.


Fuente de Cantos, a 13 de enero de 2017.