Después de tres meses lloviendo de forma ininterrumpida, se rompió la presa. Se inundó el pueblo, hubo ahogados y los muertos del cementerio flotaron con sus cajas por las calles empedradas.
La reconocí por su su vestido largo de flores. Huí calle abajo lo más rápido que pude.
Yo vivía en casa de mi tía y cuando ella no estaba, la vecina me decía; "qué guapo te estás poniendo, mocito. Entra en casa que te invite a un sorbo de vino dulce, mocito. Aunque me vuelvas a decir que no, ni muerta perderé las esperanzas..."
Y ahora el agua la desenterró y me sigue. Siempre me había dado miedo la vecina de mi tía. Y allí venía, el ataúd abierto y con los brazos de fuera. La sentí respirar por mi nuca, con un fétido aliento, abrazándome, y diciendo: "¡Qué guapo, mocito!, ¡Qué guapo!". No tardaría en darme alcance.
Así como se va la tarde, se fue el agua. Los ataúdes quedaron entre el lodo. El de la vecina de mi tía, parece que se lo llevó el río. El mío, lo encontraron en las escaleras que van hasta el campanario.
