viernes, 27 de febrero de 2026

Microrrelato; las despedidas

La plaza recibe su cansancio a diario, como quien barre el mismo polvo sin esperanza de que termine. Por las tardes el propio tiempo se acostumbra al repicar de las campanas cuando llaman a misa, pero hoy el sonido duele, se clava en las paredes encaladas y en las espaldas dobladas: seguro será una misa de cuerpo presente. Hoy le tocó el turno a don Gustavo, compañero de todos, de saludo fácil y manos gastadas; ahora su nombre circula en voz baja, como si al decirlo se pudiera evitar que la muerte tome nota.

Un abuelo se abre paso entre los demás ancianos, rozando hombros que ya conocen demasiadas despedidas. Se persigna con una lentitud solemne y entra al templo, no tanto por fe como por costumbre, como quien cumple una cita con el destino. Al cruzar la puerta lo asalta el mismo pensamiento que flota en los ojos de los otros, esa pregunta sin consuelo que se repite como letanía: ¿por qué no fui yo?

Y nadie la responde, porque todos entienden lo que esconde: no es deseo de morir, sino cansancio de seguir perdiendo. Afuera, la plaza aguanta el silencio como aguanta el sol, y el aire huele a cera y a tierra húmeda. La vida, terca, seguirá mañana con sus bancos y sus palomas, pero hoy hasta el tiempo parece sentarse un momento, por respeto, junto a los que aprendieron que sobrevivir también pesa.


Fuente de Cantos, 27 de febrero de 2026. Imagen libre en la red.



viernes, 20 de febrero de 2026

No hay nada más bello...

Decía Serrat; 

No hay nada más bello que lo que nunca he tenido; nada más amado, que lo que perdí...

Lo repito y entiendo la trampa: lo que nunca fue no decepciona, no envejece, no se desgasta. Vive en un lugar perfecto porque solo existe en la imaginación. Por eso brilla tanto: es promesa intacta, posibilidad eterna, una vida alternativa donde todo sale mejor.

Y lo perdido, en cambio, pesa. Tiene nombre, olor, temperatura. Duele porque fue real, porque estuvo en nuestras manos. A veces lo amamos más desde la ausencia, como si la memoria lo barnizara y suavizara sus bordes, no para mentirnos, sino para poder sostenerlo sin rompernos.

Pero quizá esta frase también es un aviso: no convertir la nostalgia en hogar. Que lo que falta no nos robe lo que está. Que no haga falta perderlo todo para reconocer su valor. Porque la belleza más difícil —y la más verdadera— no siempre es la que soñamos ni la que lloramos, sino la que sucede ahora, mientras estamos distraídos.


Fuente de Cantos, 20 de febrero de 2026. Imagen libre en la red.


viernes, 13 de febrero de 2026

Cuentos para dormir; el regreso de las risas

Hacía ya muchos años que las risas a carcajadas habían desaparecido. Pero aquel día amaneció extraño: la gente sonreía por costumbre, pero ninguna risa lograba salir del pecho. Las bromas caían al suelo como plumas mojadas y hasta los más alegres sentían un nudo inexplicable en la garganta.

En las plazas, los músicos tocaban sin provocar aplausos; en las casas, los chistes se contaban en voz baja, como si reír fuerte estuviera prohibido. Las historias nunca tenían gracia, ni con un final feliz y alegre. Nadie sabía cuándo había empezado, solo que las carcajadas habían desaparecido.

Entonces apareció una niña pequeña, con el cabello alborotado, los zapatos desatados y los bolsillos llenos de migas. Se detuvo en medio de la calle, miró a todos muy seria… y estornudó con tanta fuerza que perdió el equilibrio y cayó sentada.

Hubo un segundo de silencio. Luego una risa tímida, después otra, y de pronto una carcajada enorme rompió el aire como un cristal. La risa volvió a correr de boca en boca, libre y contagiosa.

Desde aquel día, cuando la alegría parece perderse, alguien siempre recuerda que basta un gesto sencillo, y una niña sin intención alguna, para devolver al mundo su risa más verdadera.

Marbella, 13 de febrero de 2026. Imagen libre en la red.


viernes, 6 de febrero de 2026

Humor mojado

Después de tres meses lloviendo de forma ininterrumpida, se rompió la presa. Se inundó el pueblo, hubo ahogados y los muertos del cementerio flotaron con sus cajas por las calles empedradas.

La reconocí por su su vestido largo de flores. Huí calle abajo lo más rápido que pude.

Yo vivía en casa de mi tía y cuando ella no estaba, la vecina me decía; "qué guapo te estás poniendo, mocito. Entra en casa que te invite a un sorbo de vino dulce, mocito. Aunque me vuelvas a decir que no, ni muerta perderé las esperanzas..."

Y ahora el agua la desenterró y me sigue. Siempre me había dado miedo la vecina de mi tía. Y allí venía, el ataúd abierto y con los brazos de fuera. La sentí respirar por mi nuca, con un fétido aliento, abrazándome, y diciendo: "¡Qué guapo, mocito!, ¡Qué guapo!". No tardaría en darme alcance.

Así como se va la tarde, se fue el agua. Los ataúdes quedaron entre el lodo. El de la vecina de mi tía, parece que se lo llevó el río. El mío, lo encontraron en las escaleras que van hasta el campanario.


Presa de Tentudía, 6 de febrero de 2026. fotografía de Jesús Apa.