viernes, 29 de mayo de 2026

El lujo de la calma

El otro día leí un artículo sobre una exposición de arquitectura en la que ha participado Helena, y bajo el título, "el lujo de la calma". De por sí, es una frase tremendamente inspiradora. Y el espacio, inspirado en esa expresión, me pareció en verdad, que trataba de ir en busca de eso, y llegar a conseguirlo, puede llegar a ser uno de los mayores éxitos que podamos celebrar. Sería un lujo, la máxima aspiración...

Vivimos en un mundo que aplaude la prisa, como si llegar antes fuera siempre llegar mejor. Corremos detrás de tareas pendientes, respuestas, metas y relojes, olvidando que la vida también sucede en lo que no se acelera: en una taza de café tomada sin culpa, en una conversación sin mirar el móvil, en el silencio que no exige nada.

La calma se ha vuelto un lujo no porque cueste dinero, sino porque exige presencia. Requiere valentía para detenerse cuando todo empuja, para respirar antes de responder, para mirar el cielo sin sentir que estamos perdiendo el tiempo. En realidad, quizá sea ahí donde más ganamos: en esos momentos pequeños en los que el alma vuelve a encontrarse consigo misma.

Elegir la calma no es renunciar a los sueños ni vivir sin responsabilidades. Es aprender a caminar hacia ellos sin rompernos por dentro. Es recordar que no todo lo urgente es importante, y que muchas veces la paz comienza cuando dejamos de perseguir la vida y empezamos a habitarla.

Tal vez el verdadero lujo no sea tener más, sino necesitar menos ruido. Quizá la calma sea eso: aprender a vivir sin pedirle permiso al bullicio. Darnos el espacio para sentir, para ordenar lo que pesa y para mirar con ternura lo que somos. Porque cuando bajamos el ritmo, la vida no se detiene; simplemente empieza a escucharse mejor.


Fuente de Cantos, 29 de mayo de 2026. Imagen libre en la red.



 

viernes, 22 de mayo de 2026

Cuentos para dormir; las distancias

María era una conejita que vivía en una colina llena de flores, pero su mejor amigo, Tomás el erizo, tuvo que mudarse al otro lado del bosque. Al principio, María miraba el sendero vacío cada tarde y sentía que su corazón se volvía pequeñito. Extrañaba sus carreras entre las margaritas, sus meriendas de moras y las historias que inventaban mirando las nubes.

Tomás también la extrañaba mucho. Una noche, al ver la luna redonda y brillante, tuvo una idea: cada vez que la miraran, contarían en voz bajita una aventura para el otro. Así, aunque estuvieran lejos, María hablaba con la luna y Tomás hacía lo mismo desde su nuevo hogar. Pronto, la distancia ya no parecía un muro enorme, sino un camino secreto hecho de recuerdos, cariño y estrellas.

Pasaron los días, y una mañana llegó una carta con hojas pegadas y dibujos de moras: Tomás vendría de visita en primavera. Cuando por fin se encontraron, corrieron tan rápido que casi rodaron colina abajo de la risa. Entonces entendieron algo muy importante: estar lejos puede doler un poquito, pero el cariño verdadero siempre encuentra la manera de volver a abrazar.


Marbella, 22 de mayo de 2026. Imagen libre en la red.


viernes, 15 de mayo de 2026

Estoy aquí

Anoche soñé con una persona con la cual pasé toda mi adolescencia durante mis años de colegio. Un gran amigo, al que sigo queriendo mucho, que me acuerdo del él en muchas ocasiones pero, lamentablemente, llevamos sin tener contacto hace muchísimos años. Fue un sueño que a mi entender venía a decir que me necesitaba, un sueño con muchos mensajes, profundo y que, tras despertar del mismo, he decidido que eso va a cambiar y más pronto que tarde, volveremos a vernos para retomar lo que siempre ha sido una gran amistad...

A veces olvidamos que llevamos en las manos una fuerza silenciosa capaz de cambiar el día, la esperanza e incluso la vida de otra persona. No siempre se trata de grandes gestos ni de palabras perfectas; a menudo basta una mirada que no juzga, una llamada inesperada, una sonrisa ofrecida a tiempo o unos minutos de presencia sincera. Hay dolores que no se ven, heridas que no sangran, cansancios que nadie nombra. Y, sin embargo, pueden encontrar descanso cuando alguien se acerca y dice, aunque sea sin palabras: “Estoy aquí”.

Qué profundo es descubrir que no necesitamos tener todas las respuestas para aliviar a alguien. No hace falta ser experto en el sufrimiento ajeno para acompañarlo; basta con tener un corazón dispuesto a no pasar de largo. Porque sentirse querido no elimina todos los problemas, pero devuelve fuerzas para seguir caminando. Sentirse escuchado no borra la tormenta, pero enciende una luz dentro de ella. Y sentirse importante para alguien puede convertirse en ese pequeño hilo de esperanza al que una persona se agarra cuando todo parece demasiado oscuro.

Pero hay algo todavía más hermoso: cuando decidimos cuidar a otros, también algo en nosotros se cura. La generosidad nos despierta, nos ensancha, nos recuerda que no estamos hechos para vivir encerrados en nosotros mismos. Cada gesto de amor nos devuelve a lo esencial: somos seres de encuentro, necesitamos querer y ser queridos. Y cuando hacemos sentir a alguien que importa, también nosotros recordamos que nuestra vida tiene un sentido más grande que nuestras prisas, nuestras preocupaciones o nuestras heridas.

Por eso, hoy puede ser un buen día para empezar. Elige a alguien. Escríbele. Llámale. Abrázale con palabras. Hazle sentir que no está solo, que su vida pesa en tu corazón, que su presencia cuenta. Quizá para ti sea solo un minuto; para esa persona puede ser un refugio. Quizá para ti sea un gesto pequeño; para ese alguien, una razón para resistir. Porque al final, no siempre recordaremos los días exactos ni las frases perfectas, pero sí a quienes nos hicieron sentir amados cuando más lo necesitábamos. Y tal vez esa sea una de las formas más bellas de vivir: pasar por el mundo dejando en los demás la certeza luminosa de que importan.

Hoy, por ahora, solo pude mandarle un mensaje; Querido amigo. Anoche soñé contigo como hacía cientos de años no hacía. Como siempre, también en mi sueño, vivíamos aventuras como grandes amigos. Pero algo me decía que tenemos que vernos muy pronto, y así será. Espero que estés bien. Te echo de menos. Un fuerte abrazo!!


Fuente de Cantos, 15 de mayo de 2026. Imagen libre en la red.








viernes, 8 de mayo de 2026

Tarzán

Tarzán llevaba ya seis meses en Londres y había adquirido costumbres muy refinadas: desayunaba con cubiertos, decía “disculpe” antes de rugir y solo se balanceaba de las farolas cuando no había policías mirando. Una tarde, visitando el zoológico, se quedó paralizado ante la jaula de una chimpancé llamada Lady Banana, que llevaba una manta sobre los hombros como si fuera duquesa y miraba a los turistas con el desprecio elegante de quien ha visto demasiados bocadillos mal envueltos.

Fue amor a primera vista, aunque algo complicado por los barrotes, el cartel de “No alimentar a los animales” y el hecho de que Lady Banana parecía más interesada en su reloj de bolsillo que en sus músculos de selva. 

Tarzán empezó a cortejarla con todo lo que había aprendido en la ciudad: le escribía cartas perfumadas, le hacía reverencias y una vez apareció con traje y corbata, aunque se había puesto los pantalones en los brazos. Ella, conmovida, le respondió lanzándole una cáscara de plátano que aterrizó justo en su corazón, o al menos en la zona aproximada del chaleco.

Desde entonces, Tarzán iba cada domingo al zoológico con un ramo de apio y un poema nuevo. Los cuidadores decían que aquella relación no tenía futuro, pero Tarzán no escuchaba: estaba ocupado intentando enseñarle a Lady Banana a decir “mi amor” en lenguaje londinense. 

Ella, por su parte, ya había logrado enseñarle a él algo mucho más útil: abrir una bolsa de cacahuetes sin usar los dientes. Y así, entre barrotes, rugidos discretos y miradas de primate sofisticado, Londres tuvo por fin una historia de amor digna de aparecer en los periódicos… justo debajo de “Hombre semidesnudo expulsado de salón de té por colgarse de la lámpara”.


Fuente de Cantos, 8 de mayo de 2026. Imagen libre en la red.




viernes, 1 de mayo de 2026

Sobre la paciencia

En un rincón del bosque vivía una pequeña tortuga llamada Lila, que siempre quería llegar primero a todo: al río, al árbol de moras, al claro donde salían las luciérnagas. Pero, por más que estiraba el cuello y apretaba sus patitas, el mundo parecía ir más rápido que ella. Un día, cansada de esperar, pateó una semilla que encontró en el camino y murmuró: “Seguro nunca llegará a ser nada”.

Un viejo mirlo, que la había visto desde una rama, le dijo: “Vuelve mañana y mírala otra vez”. Lila regresó al día siguiente, y la semilla seguía igual. Volvió una semana después, y apenas había un brote. Pasó el tiempo, y cada vez que volvía, la plantita era un poco más alta, un poco más fuerte, un poco más verde. Entonces entendió que las cosas importantes no ocurren de golpe: crecen despacio, mientras uno aprende a esperar.

Cuando por fin la planta dio una flor brillante y perfecta, Lila sonrió. Ya no quiso correr. Se sentó a su lado y descubrió algo hermoso: la paciencia no era quedarse quieta sin hacer nada, sino confiar en que, con tiempo y cuidado, la vida sabe florecer.


Marbella, 1 de mayo de 2026. Imagen libre en la red.



viernes, 24 de abril de 2026

El caracol

El caracol relucía como una joya húmeda sobre la hoja más alta del huerto. Matilde —señorita romántica, de imaginación feroz y criterio en huelga— lo tomó entre dos dedos con reverencia.

—¡Qué criatura tan fina! ¡Qué cuernos tan elegantes! Tú no eres un molusco cualquiera… tú has de ser un caballero encantado.

—…..

—No disimules. Ese silencio es de conde venido a menos.

Para romper el hechizo, lo besó con solemnidad y lo guardó en su escote, segura de que allí obraría la magia.

La magia, en efecto, obró:

El caracol no se volvió príncipe, pero Matilde sí se volvió la comidilla del pueblo cuando el supuesto noble le dejó un rastro de baba hasta la cintura...


Marbella, 24 de abril de 2026. Imagen libre en la red





viernes, 17 de abril de 2026

En tu cama del olvido

No fue la oscuridad de la cripta lo que me volvió dócil, sino su espera.

Cada noche descendía con una lámpara en la mano, contando los escalones como quien reza un rosario roto. El sacristán me vio una vez, al amanecer, con tierra bajo las uñas y los labios partidos de tanto hablar solo. "Déjala donde Dios la ha puesto", me dijo. No comprendía que Dios había apartado la vista mucho antes, y que yo era lo único que todavía la nombraba.

La encontré donde el mármol suda y las velas se consumen sin calor. Su cuerpo yacía dentro del nicho abierto, ceñido por encajes amarillentos, las manos enlazadas con la paciencia de los muertos. Le habían cubierto el rostro con un velo fino, pero aun así podía adivinar la curva intacta de su frente, la sombra dulce de la boca que una vez pronunció mi nombre como si fuera una absolución.

"He traído lirios", le susurré, dejando las flores a sus pies. El aire olía a incienso rancio y piedra mojada. Por un instante, la llama vaciló y yo juraría que ella suspiró conmigo.

Me senté a su lado hasta que la cera me quemó los dedos. Le conté del pueblo, de la lluvia que había podrido los huertos, del perro ciego que dormía frente a mi puerta, de la vida miserable que seguía arrastrándose allá arriba sin ella. Mi voz rebotaba en los muros y regresaba distinta, más hueca, como si la tumba me imitara. A veces creía escucharla responder en ese eco; otras, bastaba el silencio para convencerme de que seguía atenta, inmóvil por pudor, no por muerte.

Cuando dieron las campanas de medianoche, aparté el velo con una ternura que ya no merecía. Besé su frente fría. Luego acomodé mejor el sudario alrededor de sus hombros, como hacía en invierno cuando el sueño la encontraba sobre mi pecho. Cerré el nicho despacio, dejando una rendija mínima, una herejía diminuta por la que pudiera entrar el aire... o salir su recuerdo.

Ella fue mi amor. Ahora es mi penitencia.


Fuente de Cantos, 17 de abril de 2026. Imagen libre en la red.