Viajes y más
viernes, 30 de enero de 2026
La vida debería ser al revés
viernes, 23 de enero de 2026
Cuentos para dormir; el hada del tiempo
En un pequeño pueblo rodeado de bosques de encinas y olivos, vivía Cata, una niña de ojos grandes y silenciosos. Su papá siempre llegaba tarde, atrapado entre relojes, reuniones y teléfonos que nunca dormían. Una noche, mientras lo esperaba con una cena ya fría, su mamá le susurró una historia: en lo profundo del bosque vivía un hada que vendía tiempo, pero solo a quienes sabían pedirlo con el corazón.
Al amanecer, Cata se adentró entre árboles altos como catedrales. Caminó hasta que el silencio se volvió tan denso que hasta sus pasos parecían flotar. Entonces la vio: el hada tejía segundos y minutos con hilos de luz, sentada sobre una roca cubierta de musgo. Cata no pidió juguetes, ni días festivos, solo unas pocas horas para que su papá pudiera jugar, reír, y escucharla sin mirar el reloj.
El hada la miró largo rato y, en lugar de monedas, pidió a cambio un recuerdo: el de la última vez que Cata se sintió sola. La pequeña asintió con los ojos húmedos. El hada sopló sobre un reloj de arena que no se vaciaba, y se lo entregó.
Esa noche, sin avisos ni promesas, su papá llegó temprano, apagó el teléfono y dijo: "A partir de ahora, el mundo puede esperar..."
sábado, 17 de enero de 2026
El libre albedrío
“Libre albedrío” suena a puerta abierta, pero también a vértigo. No es solo poder elegir: es cargar con el peso de que cada elección nos escribe un poco por dentro. Porque si somos libres, entonces no podemos escondernos del todo en la suerte, en la costumbre o en los demás: siempre queda un pequeño margen donde nos toca responder.
A veces ese margen es mínimo —un gesto, una palabra, un silencio—, pero ahí se juega algo enorme: la dignidad de ser autor, aunque sea parcial, de la propia vida. Y quizá la reflexión más honda sea esta: el libre albedrío no se demuestra en las decisiones grandiosas, sino en la fidelidad cotidiana a lo que, en secreto, sabemos que es lo correcto.
viernes, 9 de enero de 2026
En busca del Ikigai
Este mañana he escuchado en la radio que en algunas zonas de Japón, el tiempo de vida se mide por septenios; períodos de siete años. Y el momento clave en la vida de una persona, el momento de la segunda parte de uno mismo, de plena madurez y conocimiento, se cumple en el séptimo septenio. O sea, a la edad de 49 años. Es como el momento de proponerte una segunda oportunidad si aún quieres cambiar tu vida, el punto idóneo para salir de tu zona de confort.
Paralelamente a este concepto, hablaban de otro a colación; el término "Ikigai", que viene a ser como el propósito de vivir. O más que el propósito, la búsqueda de la razón de ser. Y hablaban en esta conversación, de que el Ikigai comienza, cuando el primer propósito, es precisamente la búsqueda de ese propósito. Esto, en la cultura del territorio japonés que mejor lo lleva a cabo, se concibe como "una razón para levantarse por la mañana".
Y es totalmente cierto que, si la razón que te saca de la cama se vuelve pesada, tediosa o nociva, "sencillamente" hay que mirarse dentro de uno mismo y someterse a ese cambio que tanto cuesta a veces llevar a cabo. Para entenderlo mejor, nada como un cuento...
"Cada día, el viejo Haru se despertaba a las cinco en punto, sin alarma. No porque tuviera prisa, sino porque quería ver cómo el sol se deslizaba lentamente por las montañas de Okinawa. Ponía a calentar el agua, seleccionaba con calma las hojas de té verde, y lo preparaba como si cada movimiento tuviera alma.
—¿No te aburres de hacer lo mismo todos los días? —le preguntó su nieto una templada mañana de verano, mientras lo observaba con curiosidad.
Haru sonrió y le ofreció una taza.
—¿Sabe igual el té cuando estás triste que cuando estás feliz?
El niño negó con la cabeza.
—Entonces entiendes el primer secreto: no es lo que haces, es cómo lo haces.
El anciano le explicó que su rutina no era una costumbre vacía, sino su Ikigai: su razón para levantarse cada mañana. No era solo el té. Era el arte de prepararlo, el silencio, el aroma, el regalo de ofrecerlo. Era sentirse útil, estar presente, y compartir algo sencillo con los demás.
—Tu Ikigai no siempre es grande —dijo—. A veces cabe en una taza caliente entre tus manos.
El niño no volvió a hacer la pregunta. Desde entonces, cada verano, preparaban el té juntos al amanecer."
viernes, 2 de enero de 2026
Si chove, que chova...
Si chove, que chova...
Si llueve, que llueva.
Con este frase cerraba el año Manuel, una persona fantástica y entrañable que conocí este año en Vigo en un encuentro laboral. Me ha quedado grabada, y buscando el contexto del significado, me ha llevado a la reflexión de este post.
Este año pasado, ha sido uno de los años más difíciles de mi vida en el plano laboral. Pero claro, como el trabajo está tan intrínsecamente relacionado con la vida personal, pues, en este sentido, también ha sido un año sumamente complicado. Aún tratando de auto gestionar lo mejor que he podido el ámbito laboral y el personal, no siempre lo he conseguido y ha acabado afectándome a mi y a quienes me rodean.
Si llueve, que llueva...
Como inicio de año y de buenos propósitos, me gusta esa frase porque tiene algo de permiso. No es resignación, no es “me da igual”, no es rendirse. Es aceptar que hay cosas que no se pueden controlar y que gastar la vida intentando controlarlas solo te deja cansado… y, a veces, vacío.
Muchas de nuestras preocupaciones nacen de intentar anticiparlo todo: qué pasará, qué pensarán, si saldrá perfecto, si la decisión fue la correcta, si podríamos haber hecho más. Y lo curioso es que, aun cuando hacemos todo “bien”, la vida a veces cambia el guion igual. Llueve. Y punto.
Por eso esa frase me recuerda algo esencial: no todo merece el mismo peso. Hay cosas que nos roban energía y atención sin devolver nada a cambio. Y mientras estamos ahí, dándole vueltas a lo pequeño, a lo incierto, a lo que no depende de nosotros, se nos escapa lo que sí es real y sí es importante.
Al final, cuando miras atrás, rara vez te acuerdas de si contestaste rápido un mensaje, de si quedaste impecable en una reunión o de si todo salió según el plan. Te acuerdas de la gente. De los momentos. De la calma que te faltó. De las veces que te complicaste por cosas que hoy ni siquiera tienen nombre.
Y entonces aparece lo obvio, que a veces se nos olvida: lo que de verdad importa es la salud y las personas que te rodean. Lo demás puede ir y venir. Un problema se arregla, una meta se aplaza, un plan se rehace. Pero el tiempo, la presencia, el cuidado… eso no se puede recuperar igual.
Así que “si llueve, que llueva” es una forma sencilla de volver a lo esencial: hacer lo que esté en tu mano, sí, pero sin vivir con el corazón en tensión permanente. Soltar un poco el control. Elegir tus batallas. Aceptar que no todo requiere una reacción, una explicación o una preocupación.
Porque cuando todo pesa, al final no puedes sostener nada.
Y quizá vivir sea eso: aprender a distinguir qué es trabajo, y qué es personal. O lo que es lo mismo, qué es lluvia… y qué es hogar.
viernes, 26 de diciembre de 2025
Cuentos para dormir; la Navidad más larga
Cata decidió no dormirse porque había entendido algo importantísimo: si cerraba los ojos, la Navidad se acabaría.
Así que se quedó despierta contando luces del árbol, migas de turrón y risas que aún flotaban por la casa. El reloj del pasillo avanzaba despacio, como si también dudara.
Cuando el sueño llegó de puntillas, Cata preguntó en voz baja:
"Si me duermo, ¿te vas?"
La Navidad no respondió con palabras, sino con calma.
Cata cerró los ojos.
A la mañana siguiente, la casa seguía oliendo a dulce, y ella comprendió el secreto: la Navidad no se termina al dormir, se queda en lo que recuerdas al despertar.
viernes, 19 de diciembre de 2025
El farol
Cada diciembre, el pueblo se llenaba de luces, abrazos ensayados y sonrisas recién sacadas del cajón. Todos se deseaban paz, amor y buenos deseos, como quien reparte cartas sin mirar.
En la mesa de la Navidad, nadie decía lo que pensaba. Se brindaba por la familia mientras se contaban viejas rencillas en silencio, y se hablaba de generosidad con la misma mano que sujetaba fuerte las fichas del egoísmo. Era un juego conocido: todos sabían que algo no cuadraba, pero nadie se levantaba de la partida.
La Navidad se parecía mucho a saludar a alguien que juega a las cartas del póquer y sabes que va de farol. Le estrechas la mano, le sonríes, y aceptas la mentira amable porque romper el juego sería arruinar la noche.
Cuando las luces se apagaban y los villancicos callaban, quedaba la mesa vacía y una pregunta sin envolver:
¿Y si algún año, en lugar de faroles, nos atreviéramos a jugar con cartas descubiertas?
Desde entonces, algunos esperan la Navidad no por lo que promete, sino por la oportunidad —breve, incómoda y valiente— de empezar a decir la verdad.






