Que el mundo fue y será una porquería, ya lo sé...
En el quinientos seis, y en el dos mil también!!...
Hay épocas en las que uno sospecha que la sociedad no avanza: simplemente cambia de escaparate. Cambian los teléfonos, los discursos, las modas y las consignas, pero la vieja confusión entre lo valioso y lo miserable sigue entrando por la misma puerta, solo que ahora con mejor iluminación y conexión wifi.
Vivimos rodeados de opiniones instantáneas, indignaciones de temporada y personajes que un día son ejemplo y al siguiente mercancía vencida. Se premia al que grita antes que al que piensa, al que aparenta antes que al que construye, al que sabe exhibirse antes que al que sabe estar. Y mientras tanto, la honestidad —esa virtud poco fotogénica— sigue llegando tarde a casi todas las celebraciones.
Por eso aquel viejo tango conserva algo inquietantemente actual: esa sensación de que el mérito, la decencia y la impostura terminan mezclados en el mismo mostrador. No porque todo sea igual, sino porque hemos aprendido a tratarlo como si lo fuera. Nos escandaliza el engaño, pero admiramos al astuto; criticamos la corrupción, pero celebramos al que “sabe moverse”; pedimos principios, siempre que no nos incomoden demasiado.
Tal vez el verdadero cambalache no esté en el mundo, sino en la facilidad con la que aceptamos sus reglas. Y quizá la única forma de no perdernos en él sea seguir haciendo algo tan poco espectacular como necesario: distinguir, pensar, elegir bien y conservar la decencia incluso cuando parece que nadie la está mirando.






