viernes, 3 de julio de 2026

En una febril tarde de verano

En una febril tarde de verano, el suelo ardía como una olla olvidada al fuego. El camino era largo y sin sombra, sólo crecían hierbajos amarillos que parecían susurrar dormidos. A lo lejos, en mitad de un llano sin nombre, vi una casa torcida, hecha de barro, huesos de gallina y puertas que respiraban.

Allí vivía la anciana que había visto en mis fiebres. Tenía los ojos pequeños, una trenza de polvo y un lunar que le caminaba por la frente como escarabajo. Cuando me acerqué, me sonrió sin dientes y dijo:

"Llegaste tarde, pero el verano todavía no termina".

En el patio había un árbol seco, lleno de cucharas colgadas. Un sombrero de paja y un ladrido vago y lejano de un mastín. Sobre una rama cantaba un pájaro negro con pico de niño:

—¡Tirirín! ¡Tirirán! ¡Nadie regresa igual!

La vieja me sentó sobre una piedra caliente y me cubrió los párpados con pétalos, sal y cáscaras de limón. Luego sopló humo de romero sobre mi pecho. Yo quise hablar, pero de mi boca salieron hormigas azules que corrieron hacia el pozo.

Cuando desperté, la tarde seguía igual de encendida. Mis manos tenían raíces pequeñas y en mi mejilla crecía un zacatillo verde. La anciana me tomó del brazo con ternura y juntos caminamos hacia el sol. Sin embargo mi corazón estaba tan frío y claro como el agua escondida bajo la tierra.

Entonces comprendí que nunca había llegado a aquella casa. Seguía en el camino, tendido entre los hierbajos secos, con la fiebre en los ojos y el verano respirándome en la nuca. Quise levantarme, pero mis pies ya eran de barro.

Desde entonces, cuando cae la tarde, oigo a lo lejos una puerta que respira y una voz que me llama por un nombre que no es mío.


Cabeza la Vaca, 3 de julio de 2026. Imagen libre en la red.


viernes, 26 de junio de 2026

Tempus fugit

Mientras conducía, venía escuchando un podcast muy interesante entre dos contertulios que han decidido poner en el lugar adecuado la evolución para sus logros. Ambos coincidían en que cada vez más personas empiezan a sentir que la vida no puede consistir únicamente en correr detrás del éxito, del reconocimiento o del poder. Durante mucho tiempo nos han enseñado que avanzar significa acumular: más dinero, más logros, más influencia, más prestigio. Pero en esa carrera, muchas veces se pierde algo mucho más valioso: la capacidad de disfrutar de lo sencillo, de estar presentes, de vivir sin tener que demostrar nada constantemente.

Quizá por eso empieza a crecer una forma distinta de mirar la vida. Los jóvenes ya no quieren puestos de responsabilidad porque en ello, va el sacrificio del tiempo. Hay quienes ya no quieren parecerse a lo que la mayoría admira, si ese modelo exige sacrificar la calma, la salud, la familia, la amistad o la paz interior. No se trata de renunciar a los sueños, sino de preguntarse qué precio estamos dispuestos a pagar (o a cobrar en salario) por ellos. Porque no todo lo que brilla nos acerca a una vida plena, y no todo lo que parece pequeño carece de valor.

El verdadero lujo quizá sea tener tiempo de calidad: tiempo para conversar sin mirar el reloj, para jugar con un hijo, para caminar sin destino, para escuchar, para descansar, para estar. Tiempo para vivir de una manera que no dependa únicamente de la aprobación externa. En un mundo que empuja a competir, elegir la serenidad puede ser un acto de valentía.

"Tempus fugit": el tiempo huye. Y precisamente por eso conviene recordar que la vida no se mide solo por lo que conseguimos, sino por aquello que fuimos capaces de sentir, cuidar y disfrutar mientras el tiempo pasaba.


Marbella, 26 de junio de 2026. Imagen libre en la red.



viernes, 19 de junio de 2026

Conversación entre princesas

Había una vez una niña de tres años que caminaba por un castillo lleno de luces, canciones y risas. Llevaba los ojos muy abiertos, como si dentro de ellos cupiera todo el cielo, pues aún cualquier tipo de magia puede sorprenderla,. De pronto, al pasar junto a un jardín encantado, escuchó unas voces suaves: eran dos princesas hablando bajito, como hablan las estrellas cuando nadie las mira.

Una princesa decía: “A veces tengo miedo de no ser valiente”. La otra respondió: “Ser valiente no significa no tener miedo; significa dar un pasito aunque el miedo venga contigo”. La niña se quedó quieta, abrazando su muñeca, y entendió algo muy importante, aunque todavía no supiera explicarlo con palabras grandes.

Entonces una de las princesas la vio, se agachó y le sonrió. “Tú también eres una princesa”, le dijo. “No por tu vestido, ni por tu corona, sino porque dentro de ti hay una luz que nadie más tiene igual”. La niña sonrió despacito, como si acabaran de regalarle un secreto.

Y desde aquel día, cada vez que algo le daba miedo, recordaba aquella conversación entre princesas y se decía: “Puedo dar un pasito”. Porque incluso las niñas pequeñas tienen un corazón enorme, y dentro de ese corazón vive una fuerza mágica que crece cada vez que creen en sí mismas.


Cabeza la Vaca, 19 de junio de 2026. Fotografía de Jesús Apa.



viernes, 12 de junio de 2026

El mundo de Frozen... y de cualquiera

Ha sido cuando he estado en Disneyland Paris con mi hija en su cumple de tres años, que comprendí que hay lugares que no se visitan: se atraviesan como quien cruza una puerta hacia la infancia.

Ella iba caminando alegre, con un vestido azul de Elsa, que se pone cada vez que le apetece, y su pelo ondulado que le caía por el hombro como una promesa. Desde que habíamos salido del hotel no había hablado de otra cosa que no fuera Frozen. Frozen en el desayuno, Frozen en la cola de entrada, Frozen mientras señalaba castillos, globos, orejas de Mickey y niñas vestidas como princesas que, a sus ojos, no eran niñas, sino habitantes legítimas de un reino encantado.

Cuando por fin vio a Elsa, se quedó inmóvil.

No fue un grito ni una carrera. Fue silencio. Un silencio pequeño, redondo, sagrado. Mi hija, que normalmente lo pregunta todo y lo toca todo, se llevó las manos al pecho y abrió los ojos como si acabara de descubrir que la magia no era una palabra inventada por los adultos para entretenerla, sino algo real que llevaba esperándola toda la mañana.

Elsa se inclinó para saludarla. Mi hija apenas contestó. Solo sonrió, con esa timidez que tienen los niños cuando se encuentran de frente con sus propios sueños.

Después vino la música. “Let It Go” sonó en algún rincón del parque, y ella empezó a mover los brazos arreando su vestido, como si también pudiera construir un palacio de hielo a las afueras de Paris. Apenas se escuchaba su voz en tanto tumulto, claro. Tiene tres años!!. Cambiaba palabras, inventaba sonidos, repetía solo lo que recordaba. Pero había algo profundamente verdadero en su manera de hacerlo. No cantaba para que nadie la escuchara. Cantaba porque no podía evitarlo.

Y entonces pensé en Elsa.

Pensé en esa chica de cuento condenada a ocultar lo que la hace distinta. Pensé en la vergüenza con la que a veces aprendemos a mirar nuestros dones, nuestras rarezas, nuestra temperatura interior. Elsa no huye porque sea mala, huye porque tiene miedo de dañar; porque le han enseñado que lo que brota de ella debe encerrarse, disimularse, controlarse hasta desaparecer.

Mi hija, en cambio, levantaba las manos hacia el cielo sin miedo alguno. Movía su cuerpo como más le gusta hacerlo. Como si nadie la viera o, como si todo el mundo la estuviera observando. Congelaba el aire con la imaginación. Convertía el suelo del parque en nieve. Hacía magia sin pedir permiso.

La miré y sentí una ternura extraña, casi dolorosa. Ojalá pudiera conservar siempre esa libertad. Ojalá nadie le enseñara jamás a pedir perdón por ser intensa, diferente, luminosa, excesiva o fría cuando el mundo espera calor. Ojalá supiera, desde ahora, que no todo lo que asusta a los demás debe ser escondido.

Busqué y leí que, “La reina de las nieves” es un cuento de Hans Christian Andersen publicado por primera vez en el año 1844. Basada en este cuento, Chris Buck y Jennifer Lee dirigieron para Disney la película de animación “Frozen: El reino de hielo” en el año 2013.

En la película, Elsa se avergüenza de tener el poder de convertir en hielo todo lo que toca, hasta el punto de huir sola para no tener contacto con ningún otro ser humano, ni siquiera con los que más ama, entre ellos su hermana pequeña Anna. Es precisamente esta quien va a rescatarla porque la quiere tal como es, algo que Elsa necesita saber y practicar con ella misma.

A Elsa le encanta el frío, ¿por qué debe esconderse y renunciar a su propia naturaleza?

Aquella noche, mientras mi hija se dormía agotada, todavía con la magia en su cabeza y la canción a medio tararear, entendí que quizá crecer consiste en olvidar nuestra propia canción, y vivir consiste en recordarla.

Haz lo mismo que ella: suelta y deja ir. No esperes que nadie vaya a rescatarte, hazlo tú.


12 de junio de 2026, Disneyland, Paris. Fotografía de Jesús Apa.



viernes, 5 de junio de 2026

Las vacas no dan leche

En el día a día de la vida, siempre encontramos obstáculos que afrontar y marcan las circunstancias de nuestra existencia, donde pueden pasar muchas cosas imprevisibles. Salir adelante de algunas de estas situaciones, siendo muy importantes, pueden depender de tu esfuerzo y voluntad de sacrificio. Esa actitud, incluso también te ayuda a afrontar y actuar sobre aquellas cosas que no dependen tanto de ti. 

A medida que va creciendo mi hija, sobre todo en los últimos meses, me voy viendo en la determinación de ir hablando con ella de manera más racional, sobre todo, cuando voy observando su grado de madurez para entender según qué cosas. Y para ello, nada mejor que una historia, un cuento, un aprendizaje... 

Cuentan que un campesino acostumbraba a decirles a sus hijos cuando eran pequeños:

—Cuando tengáis doce años os contaré el secreto de la vida.

Cuando el hijo mayor cumplió doce años, nada más levantarse, impaciente, le preguntó a su padre cuál era el secreto de la vida.

El padre le respondió que se lo iba a decir, pero que no debía revelárselo a sus hermanos hasta que no cumplieran doce años.

—El secreto de la vida es este: "la vaca no da leche".

El hijo de quedó aturdido:

—¿Qué dices? —preguntó incrédulo el muchacho.

—Como lo estás oyendo, hijo. Las vacas no dan leche. Tienes que levantarte todos los días a las cuatro de la mañana, haga frío o calor, ir al campo donde está el ganado, alimentarlas, cuidarlas, limpiar el establo de excrementos y ordeñarlas… Ese es el secreto de la vida. Las vacas, las cabras, las ovejas… no dan leche. Hay que trabajar para obtenerla.

Las cosas no se obtienen solo deseándolas y pidiéndolas... El dinero no cae de los árboles ni la comida llega al plato por arte de magia. Cuando se quiere conseguir algo en la vida: éxito en los estudios, encontrar un trabajo, hacer próspero un negocio, mantener el cuerpo sano, cultivar amistades, superar un fracaso, alcanzar una meta… hay que esforzarse y trabajar para conseguirlo.


Fuente de Cantos, 5 de junio de 2026. Imagen libre en la red.


viernes, 29 de mayo de 2026

El lujo de la calma

El otro día leí un artículo sobre una exposición de arquitectura en la que ha participado Helena, y bajo el título, "el lujo de la calma". De por sí, es una frase tremendamente inspiradora. Y el espacio, inspirado en esa expresión, me pareció en verdad, que trataba de ir en busca de eso, y llegar a conseguirlo, puede llegar a ser uno de los mayores éxitos que podamos celebrar. Sería un lujo, la máxima aspiración...

Vivimos en un mundo que aplaude la prisa, como si llegar antes fuera siempre llegar mejor. Corremos detrás de tareas pendientes, respuestas, metas y relojes, olvidando que la vida también sucede en lo que no se acelera: en una taza de café tomada sin culpa, en una conversación sin mirar el móvil, en el silencio que no exige nada.

La calma se ha vuelto un lujo no porque cueste dinero, sino porque exige presencia. Requiere valentía para detenerse cuando todo empuja, para respirar antes de responder, para mirar el cielo sin sentir que estamos perdiendo el tiempo. En realidad, quizá sea ahí donde más ganamos: en esos momentos pequeños en los que el alma vuelve a encontrarse consigo misma.

Elegir la calma no es renunciar a los sueños ni vivir sin responsabilidades. Es aprender a caminar hacia ellos sin rompernos por dentro. Es recordar que no todo lo urgente es importante, y que muchas veces la paz comienza cuando dejamos de perseguir la vida y empezamos a habitarla.

Tal vez el verdadero lujo no sea tener más, sino necesitar menos ruido. Quizá la calma sea eso: aprender a vivir sin pedirle permiso al bullicio. Darnos el espacio para sentir, para ordenar lo que pesa y para mirar con ternura lo que somos. Porque cuando bajamos el ritmo, la vida no se detiene; simplemente empieza a escucharse mejor.


Fuente de Cantos, 29 de mayo de 2026. Imagen libre en la red.



 

viernes, 22 de mayo de 2026

Cuentos para dormir; las distancias

María era una conejita que vivía en una colina llena de flores, pero su mejor amigo, Tomás el erizo, tuvo que mudarse al otro lado del bosque. Al principio, María miraba el sendero vacío cada tarde y sentía que su corazón se volvía pequeñito. Extrañaba sus carreras entre las margaritas, sus meriendas de moras y las historias que inventaban mirando las nubes.

Tomás también la extrañaba mucho. Una noche, al ver la luna redonda y brillante, tuvo una idea: cada vez que la miraran, contarían en voz bajita una aventura para el otro. Así, aunque estuvieran lejos, María hablaba con la luna y Tomás hacía lo mismo desde su nuevo hogar. Pronto, la distancia ya no parecía un muro enorme, sino un camino secreto hecho de recuerdos, cariño y estrellas.

Pasaron los días, y una mañana llegó una carta con hojas pegadas y dibujos de moras: Tomás vendría de visita en primavera. Cuando por fin se encontraron, corrieron tan rápido que casi rodaron colina abajo de la risa. Entonces entendieron algo muy importante: estar lejos puede doler un poquito, pero el cariño verdadero siempre encuentra la manera de volver a abrazar.


Marbella, 22 de mayo de 2026. Imagen libre en la red.