viernes, 8 de mayo de 2026

Tarzán

Tarzán llevaba ya seis meses en Londres y había adquirido costumbres muy refinadas: desayunaba con cubiertos, decía “disculpe” antes de rugir y solo se balanceaba de las farolas cuando no había policías mirando. Una tarde, visitando el zoológico, se quedó paralizado ante la jaula de una chimpancé llamada Lady Banana, que llevaba una manta sobre los hombros como si fuera duquesa y miraba a los turistas con el desprecio elegante de quien ha visto demasiados bocadillos mal envueltos.

Fue amor a primera vista, aunque algo complicado por los barrotes, el cartel de “No alimentar a los animales” y el hecho de que Lady Banana parecía más interesada en su reloj de bolsillo que en sus músculos de selva. 

Tarzán empezó a cortejarla con todo lo que había aprendido en la ciudad: le escribía cartas perfumadas, le hacía reverencias y una vez apareció con traje y corbata, aunque se había puesto los pantalones en los brazos. Ella, conmovida, le respondió lanzándole una cáscara de plátano que aterrizó justo en su corazón, o al menos en la zona aproximada del chaleco.

Desde entonces, Tarzán iba cada domingo al zoológico con un ramo de apio y un poema nuevo. Los cuidadores decían que aquella relación no tenía futuro, pero Tarzán no escuchaba: estaba ocupado intentando enseñarle a Lady Banana a decir “mi amor” en lenguaje londinense. 

Ella, por su parte, ya había logrado enseñarle a él algo mucho más útil: abrir una bolsa de cacahuetes sin usar los dientes. Y así, entre barrotes, rugidos discretos y miradas de primate sofisticado, Londres tuvo por fin una historia de amor digna de aparecer en los periódicos… justo debajo de “Hombre semidesnudo expulsado de salón de té por colgarse de la lámpara”.


Fuente de Cantos, 8 de mayo de 2026. Imagen libre en la red.




viernes, 1 de mayo de 2026

Sobre la paciencia

En un rincón del bosque vivía una pequeña tortuga llamada Lila, que siempre quería llegar primero a todo: al río, al árbol de moras, al claro donde salían las luciérnagas. Pero, por más que estiraba el cuello y apretaba sus patitas, el mundo parecía ir más rápido que ella. Un día, cansada de esperar, pateó una semilla que encontró en el camino y murmuró: “Seguro nunca llegará a ser nada”.

Un viejo mirlo, que la había visto desde una rama, le dijo: “Vuelve mañana y mírala otra vez”. Lila regresó al día siguiente, y la semilla seguía igual. Volvió una semana después, y apenas había un brote. Pasó el tiempo, y cada vez que volvía, la plantita era un poco más alta, un poco más fuerte, un poco más verde. Entonces entendió que las cosas importantes no ocurren de golpe: crecen despacio, mientras uno aprende a esperar.

Cuando por fin la planta dio una flor brillante y perfecta, Lila sonrió. Ya no quiso correr. Se sentó a su lado y descubrió algo hermoso: la paciencia no era quedarse quieta sin hacer nada, sino confiar en que, con tiempo y cuidado, la vida sabe florecer.


Marbella, 1 de mayo de 2026. Imagen libre en la red.



viernes, 24 de abril de 2026

El caracol

El caracol relucía como una joya húmeda sobre la hoja más alta del huerto. Matilde —señorita romántica, de imaginación feroz y criterio en huelga— lo tomó entre dos dedos con reverencia.

—¡Qué criatura tan fina! ¡Qué cuernos tan elegantes! Tú no eres un molusco cualquiera… tú has de ser un caballero encantado.

—…..

—No disimules. Ese silencio es de conde venido a menos.

Para romper el hechizo, lo besó con solemnidad y lo guardó en su escote, segura de que allí obraría la magia.

La magia, en efecto, obró:

El caracol no se volvió príncipe, pero Matilde sí se volvió la comidilla del pueblo cuando el supuesto noble le dejó un rastro de baba hasta la cintura...


Marbella, 24 de abril de 2026. Imagen libre en la red





viernes, 17 de abril de 2026

En tu cama del olvido

No fue la oscuridad de la cripta lo que me volvió dócil, sino su espera.

Cada noche descendía con una lámpara en la mano, contando los escalones como quien reza un rosario roto. El sacristán me vio una vez, al amanecer, con tierra bajo las uñas y los labios partidos de tanto hablar solo. "Déjala donde Dios la ha puesto", me dijo. No comprendía que Dios había apartado la vista mucho antes, y que yo era lo único que todavía la nombraba.

La encontré donde el mármol suda y las velas se consumen sin calor. Su cuerpo yacía dentro del nicho abierto, ceñido por encajes amarillentos, las manos enlazadas con la paciencia de los muertos. Le habían cubierto el rostro con un velo fino, pero aun así podía adivinar la curva intacta de su frente, la sombra dulce de la boca que una vez pronunció mi nombre como si fuera una absolución.

"He traído lirios", le susurré, dejando las flores a sus pies. El aire olía a incienso rancio y piedra mojada. Por un instante, la llama vaciló y yo juraría que ella suspiró conmigo.

Me senté a su lado hasta que la cera me quemó los dedos. Le conté del pueblo, de la lluvia que había podrido los huertos, del perro ciego que dormía frente a mi puerta, de la vida miserable que seguía arrastrándose allá arriba sin ella. Mi voz rebotaba en los muros y regresaba distinta, más hueca, como si la tumba me imitara. A veces creía escucharla responder en ese eco; otras, bastaba el silencio para convencerme de que seguía atenta, inmóvil por pudor, no por muerte.

Cuando dieron las campanas de medianoche, aparté el velo con una ternura que ya no merecía. Besé su frente fría. Luego acomodé mejor el sudario alrededor de sus hombros, como hacía en invierno cuando el sueño la encontraba sobre mi pecho. Cerré el nicho despacio, dejando una rendija mínima, una herejía diminuta por la que pudiera entrar el aire... o salir su recuerdo.

Ella fue mi amor. Ahora es mi penitencia.


Fuente de Cantos, 17 de abril de 2026. Imagen libre en la red.



viernes, 10 de abril de 2026

Cuentos para dormir; la vejez

La vejez llegó a la casa de Claudio sin hacer ruido, como llegan las lluvias finas que no se anuncian y, sin embargo, terminan empapándolo todo. Primero fue el temblor discreto en las manos, luego el cansancio en las escaleras, después ese hábito nuevo de sentarse frente a la ventana más tiempo del necesario. Desde allí miraba la plaza donde antes corría detrás de sus hijos y donde ahora los niños de otros levantaban gritos y cometas. A veces sentía que el mundo seguía girando con la crueldad de no esperar a nadie; otras, descubría que por fin podía mirarlo despacio.

Cada objeto de la casa parecía guardar una edad distinta. El reloj del pasillo tenía la voz de su abuelo, la cafetera el vapor de las madrugadas con su esposa, y la bufanda olvidada en el perchero conservaba todavía una tarde de invierno en la que su hijo, con apenas siete años, juró no crecer nunca. Claudio sonreía al recordar aquella promesa imposible. Había aprendido que envejecer no era solo perder fuerza, sino convertirse en memoria viva: un territorio donde las risas, las despedidas y los nombres queridos seguían respirando bajito.

Una tarde de otoño, su nieta Cata se sentó a sus pies con un cuaderno en blanco y le pidió que le contara “algo importante”. Claudio pensó en grandes palabras: amor, guerra, trabajo, dolor. Pero al verla esperar con los ojos abiertos como una lámpara, eligió otra verdad. Le dijo que la vejez era parecida al atardecer: no tenía el ímpetu de la mañana ni la arrogancia del mediodía, pero sabía encender las cosas con una luz más tierna. Cata escribió aquello con esfuerzo y luego le tomó la mano, como si acabara de descubrir un secreto.

Esa noche, mientras la casa crujía suavemente y la oscuridad se acomodaba en los rincones, Claudio comprendió que no le temía tanto al final. Había tristeza, sí, en los cuerpos que se gastan y en los amigos que se ausentan; pero también había una serena dignidad en llegar hasta allí cargado de días vividos. Cerró los ojos y pensó que tal vez la vejez no era una puerta que se cierra, sino la última manera que tiene la vida de enseñarnos a mirar.


Marbella, 10 de abril de 2026. Imagen libre en la red.


viernes, 3 de abril de 2026

Cuentos para dormir; el milagro

Había una vez un niño llamado Leo que tenía mucha curiosidad por las palabras difíciles. Un día, mientras caminaba por el jardín con su abuelo, le preguntó:

—Abuelo, ¿Qué es un milagro? ¿Es como un truco de magia?

El abuelo se agachó y señaló una pequeña grieta en el cemento gris del camino. De esa grieta, contra todo pronóstico, brotaba una flor amarilla, brillante y valiente.

—Mira con atención, Leo —dijo el abuelo—. La magia es un truco que intenta engañar a tus ojos. Pero un milagro es la vida dándote una sorpresa cuando pensabas que ya no había esperanza.

Leo observó la flor. El cemento era duro y seco, pero la planta había encontrado la forma de nacer.

—Un milagro —continuó el abuelo— es cuando algo hermoso sucede justo cuando parece imposible. No siempre tiene chispas ni música, a veces es solo una semilla que no se rinde, un abrazo que llega cuando estás triste o una luz que se enciende en la oscuridad.

Leo sonrió y acarició el pétalo. Entendió que los milagros no son trucos; son esos pequeños momentos asombrosos que nos recuerdan que el mundo siempre tiene un plan secreto para volver a florecer.


Marbella, 3 de abril de 2026. Imagen libre en la red.



viernes, 27 de marzo de 2026

La política

En la república del aplauso automático, cada rueda de prensa parece una función de magia barata: desaparecen las promesas, se multiplican los asesores y, del sombrero del ministro de turno, siempre sale un “plan histórico” que ya estaba anunciado tres veces y financiado media vez. La ciudadanía mira, asiente, compara facturas con discursos y descubre que la inflación sube con menos esfuerzo que la autoestima de un candidato en campaña.

Los gobernantes juran transparencia con tanta solemnidad que uno espera verles convertidos en cristal, pero no: siguen siendo de humo, de ese humo elegante que huele a eslogan recién planchado. Hablan de sacrificios colectivos desde coches oficiales, invocan la austeridad entre canapés, y llaman “medidas valientes” a cobrarle al vecino la fiesta que organizó otro. Por eso algunos concluyen, con amarga ternura y sin necesidad de encuestas, que los políticos, no son tan honestos que cuando mienten.


Fuente de Cantos, 27 de marzo de 2026. Imagen libre en la red.