La plaza recibe su cansancio a diario, como quien barre el mismo polvo sin esperanza de que termine. Por las tardes el propio tiempo se acostumbra al repicar de las campanas cuando llaman a misa, pero hoy el sonido duele, se clava en las paredes encaladas y en las espaldas dobladas: seguro será una misa de cuerpo presente. Hoy le tocó el turno a don Gustavo, compañero de todos, de saludo fácil y manos gastadas; ahora su nombre circula en voz baja, como si al decirlo se pudiera evitar que la muerte tome nota.
Un abuelo se abre paso entre los demás ancianos, rozando hombros que ya conocen demasiadas despedidas. Se persigna con una lentitud solemne y entra al templo, no tanto por fe como por costumbre, como quien cumple una cita con el destino. Al cruzar la puerta lo asalta el mismo pensamiento que flota en los ojos de los otros, esa pregunta sin consuelo que se repite como letanía: ¿por qué no fui yo?
Y nadie la responde, porque todos entienden lo que esconde: no es deseo de morir, sino cansancio de seguir perdiendo. Afuera, la plaza aguanta el silencio como aguanta el sol, y el aire huele a cera y a tierra húmeda. La vida, terca, seguirá mañana con sus bancos y sus palomas, pero hoy hasta el tiempo parece sentarse un momento, por respeto, junto a los que aprendieron que sobrevivir también pesa.






