viernes, 24 de abril de 2026

El caracol

El caracol relucía como una joya húmeda sobre la hoja más alta del huerto. Matilde —señorita romántica, de imaginación feroz y criterio en huelga— lo tomó entre dos dedos con reverencia.

—¡Qué criatura tan fina! ¡Qué cuernos tan elegantes! Tú no eres un molusco cualquiera… tú has de ser un caballero encantado.

—…..

—No disimules. Ese silencio es de conde venido a menos.

Para romper el hechizo, lo besó con solemnidad y lo guardó en su escote, segura de que allí obraría la magia.

La magia, en efecto, obró:

El caracol no se volvió príncipe, pero Matilde sí se volvió la comidilla del pueblo cuando el supuesto noble le dejó un rastro de baba hasta la cintura...


Marbella, 24 de abril de 2026. Imagen libre en la red





viernes, 17 de abril de 2026

En tu cama del olvido

No fue la oscuridad de la cripta lo que me volvió dócil, sino su espera.

Cada noche descendía con una lámpara en la mano, contando los escalones como quien reza un rosario roto. El sacristán me vio una vez, al amanecer, con tierra bajo las uñas y los labios partidos de tanto hablar solo. "Déjala donde Dios la ha puesto", me dijo. No comprendía que Dios había apartado la vista mucho antes, y que yo era lo único que todavía la nombraba.

La encontré donde el mármol suda y las velas se consumen sin calor. Su cuerpo yacía dentro del nicho abierto, ceñido por encajes amarillentos, las manos enlazadas con la paciencia de los muertos. Le habían cubierto el rostro con un velo fino, pero aun así podía adivinar la curva intacta de su frente, la sombra dulce de la boca que una vez pronunció mi nombre como si fuera una absolución.

"He traído lirios", le susurré, dejando las flores a sus pies. El aire olía a incienso rancio y piedra mojada. Por un instante, la llama vaciló y yo juraría que ella suspiró conmigo.

Me senté a su lado hasta que la cera me quemó los dedos. Le conté del pueblo, de la lluvia que había podrido los huertos, del perro ciego que dormía frente a mi puerta, de la vida miserable que seguía arrastrándose allá arriba sin ella. Mi voz rebotaba en los muros y regresaba distinta, más hueca, como si la tumba me imitara. A veces creía escucharla responder en ese eco; otras, bastaba el silencio para convencerme de que seguía atenta, inmóvil por pudor, no por muerte.

Cuando dieron las campanas de medianoche, aparté el velo con una ternura que ya no merecía. Besé su frente fría. Luego acomodé mejor el sudario alrededor de sus hombros, como hacía en invierno cuando el sueño la encontraba sobre mi pecho. Cerré el nicho despacio, dejando una rendija mínima, una herejía diminuta por la que pudiera entrar el aire... o salir su recuerdo.

Ella fue mi amor. Ahora es mi penitencia.


Fuente de Cantos, 17 de abril de 2026. Imagen libre en la red.



viernes, 10 de abril de 2026

Cuentos para dormir; la vejez

La vejez llegó a la casa de Claudio sin hacer ruido, como llegan las lluvias finas que no se anuncian y, sin embargo, terminan empapándolo todo. Primero fue el temblor discreto en las manos, luego el cansancio en las escaleras, después ese hábito nuevo de sentarse frente a la ventana más tiempo del necesario. Desde allí miraba la plaza donde antes corría detrás de sus hijos y donde ahora los niños de otros levantaban gritos y cometas. A veces sentía que el mundo seguía girando con la crueldad de no esperar a nadie; otras, descubría que por fin podía mirarlo despacio.

Cada objeto de la casa parecía guardar una edad distinta. El reloj del pasillo tenía la voz de su abuelo, la cafetera el vapor de las madrugadas con su esposa, y la bufanda olvidada en el perchero conservaba todavía una tarde de invierno en la que su hijo, con apenas siete años, juró no crecer nunca. Claudio sonreía al recordar aquella promesa imposible. Había aprendido que envejecer no era solo perder fuerza, sino convertirse en memoria viva: un territorio donde las risas, las despedidas y los nombres queridos seguían respirando bajito.

Una tarde de otoño, su nieta Cata se sentó a sus pies con un cuaderno en blanco y le pidió que le contara “algo importante”. Claudio pensó en grandes palabras: amor, guerra, trabajo, dolor. Pero al verla esperar con los ojos abiertos como una lámpara, eligió otra verdad. Le dijo que la vejez era parecida al atardecer: no tenía el ímpetu de la mañana ni la arrogancia del mediodía, pero sabía encender las cosas con una luz más tierna. Cata escribió aquello con esfuerzo y luego le tomó la mano, como si acabara de descubrir un secreto.

Esa noche, mientras la casa crujía suavemente y la oscuridad se acomodaba en los rincones, Claudio comprendió que no le temía tanto al final. Había tristeza, sí, en los cuerpos que se gastan y en los amigos que se ausentan; pero también había una serena dignidad en llegar hasta allí cargado de días vividos. Cerró los ojos y pensó que tal vez la vejez no era una puerta que se cierra, sino la última manera que tiene la vida de enseñarnos a mirar.


Marbella, 10 de abril de 2026. Imagen libre en la red.


viernes, 3 de abril de 2026

Cuentos para dormir; el milagro

Había una vez un niño llamado Leo que tenía mucha curiosidad por las palabras difíciles. Un día, mientras caminaba por el jardín con su abuelo, le preguntó:

—Abuelo, ¿Qué es un milagro? ¿Es como un truco de magia?

El abuelo se agachó y señaló una pequeña grieta en el cemento gris del camino. De esa grieta, contra todo pronóstico, brotaba una flor amarilla, brillante y valiente.

—Mira con atención, Leo —dijo el abuelo—. La magia es un truco que intenta engañar a tus ojos. Pero un milagro es la vida dándote una sorpresa cuando pensabas que ya no había esperanza.

Leo observó la flor. El cemento era duro y seco, pero la planta había encontrado la forma de nacer.

—Un milagro —continuó el abuelo— es cuando algo hermoso sucede justo cuando parece imposible. No siempre tiene chispas ni música, a veces es solo una semilla que no se rinde, un abrazo que llega cuando estás triste o una luz que se enciende en la oscuridad.

Leo sonrió y acarició el pétalo. Entendió que los milagros no son trucos; son esos pequeños momentos asombrosos que nos recuerdan que el mundo siempre tiene un plan secreto para volver a florecer.


Marbella, 3 de abril de 2026. Imagen libre en la red.



viernes, 27 de marzo de 2026

La política

En la república del aplauso automático, cada rueda de prensa parece una función de magia barata: desaparecen las promesas, se multiplican los asesores y, del sombrero del ministro de turno, siempre sale un “plan histórico” que ya estaba anunciado tres veces y financiado media vez. La ciudadanía mira, asiente, compara facturas con discursos y descubre que la inflación sube con menos esfuerzo que la autoestima de un candidato en campaña.

Los gobernantes juran transparencia con tanta solemnidad que uno espera verles convertidos en cristal, pero no: siguen siendo de humo, de ese humo elegante que huele a eslogan recién planchado. Hablan de sacrificios colectivos desde coches oficiales, invocan la austeridad entre canapés, y llaman “medidas valientes” a cobrarle al vecino la fiesta que organizó otro. Por eso algunos concluyen, con amarga ternura y sin necesidad de encuestas, que los políticos, no son tan honestos que cuando mienten.


Fuente de Cantos, 27 de marzo de 2026. Imagen libre en la red.



viernes, 20 de marzo de 2026

Cuentos para dormir; el cuervo

Al borde de un bosque de pinos, robles y castaños vivía Lola, una niña que sabía distinguir el sonido del viento entre las ramas, del crujido tímido de un ciervo entre los helechos. Una mañana justo antes que llegara la primavera, mientras recogía moras cerca de su cabaña, un cuervo negro como la noche se posó en la cerca y la observó con ojos brillantes. Lola recordó enseguida lo que le habían dicho tantas veces los mayores del pueblo: que los cuervos traían mala suerte, que anunciaban desgracias y que era mejor ahuyentarlos antes de que se quedaran demasiado tiempo. Pero aquel cuervo no graznó con aspereza ni agitó las alas como una sombra amenazante; solo inclinó la cabeza y la miró como si tuviera algo importante que decir.

—"No creas todo lo que repiten quienes nunca miran de cerca" —dijo el cuervo, con una voz serena que parecía hecha de hojas secas y lluvia fina—. "No soy un mal augurio. Soy, más bien, una señal para quienes están a punto de atreverse. Solo las personas que no temen a los nuevos retos aceptan la visita de aves como yo". Lola, aunque sintió un escalofrío, no dio un paso atrás. En lugar de echarlo, se sentó en un tronco cubierto de musgo y le preguntó qué quería decir con aquello. El cuervo abrió sus alas despacio, como si desplegara un secreto, y le habló de senderos no recorridos, de puertas invisibles que solo se abrían para quien se animaba a cambiar, y de lo mucho que el bosque escondía para quienes sabían escuchar.

Desde aquel día, el cuervo empezó a visitarla cada amanecer. Picaba con su pico en el cristal de la ventana y así llamaba la atención de Lola para avisar que ya estaba allí. A veces la guiaba por caminos nuevos entre los árboles; otras, la animaba a cruzar arroyos que antes le parecían demasiado hondos o a subir colinas desde las que podía ver el bosque entero encendido por el sol. Con él, Lola aprendió que el miedo no siempre era una señal para detenerse, sino, muchas veces, el borde mismo de algo maravilloso. Y cuanto más confiaba en aquella extraña amistad, más fuerte, más curiosa y más valiente se sentía.

Cuando en el pueblo la vieron regresar una tarde con ramas de acebo, historias de lugares desconocidos y una sonrisa distinta, le preguntaron qué había cambiado. Lola alzó la vista hacia el cuervo, que la esperaba en la rama más alta de un roble, y respondió que no todas las sombras anuncian oscuridad: algunas llegan para enseñarte a mirar más lejos. Desde entonces, cada vez que un cuervo cruzaba el cielo del bosque, ella ya no pensaba en desgracias, sino en desafíos, en caminos nuevos y en el coraje silencioso de quien se atreve a recibir lo desconocido sin apartar la mirada.


Marbella, 20 de marzo de 2026. Imagen libre en la red.


viernes, 13 de marzo de 2026

Cuentos para dormir; sopa de letras

Cada lunes, cuando Cata se sentaba a cenar, la sopa de letras parecía más callada que la casa. Su mamá dejaba el plato humeante sobre la mesa, le daba un beso en la frente y sonreía de ese modo que usan los mayores cuando también extrañan a alguien. Entonces, mientras la cuchara abría pequeños caminos entre el caldo, las letras comenzaban a reunirse despacito, como barquitos obedientes, hasta formar un mensaje en la superficie: “PAPÁ TE QUIERE”. Cata abría mucho los ojos, miraba a su madre, pero ella solo decía: “Cómetela antes de que se enfríe”.

Al día siguiente, las letras volvieron a hacerlo. Esta vez escribieron: “TE ECHO DE MENOS”. Cata sintió que el pecho le daba un brinquito, igual que cuando oía la llave de su papá en la puerta los viernes por la noche. Él trabajaba lejos de lunes a jueves, en un pueblecito lejano, y aunque hablaban por teléfono antes de dormir, no era lo mismo que sentir sus abrazos grandes y su barba haciendo cosquillas. Pero aquella sopa parecía saberlo todo. Cada noche, el caldo guardaba una frase nueva, tibia y brillante, como si el amor hubiera aprendido a deletrearse.

Pasaron los días, y Cata empezó a esperar la cena con una ilusión secreta. Un miércoles leyó: “CUENTO LOS DÍAS PARA VERTE”. El jueves, antes incluso de probar la primera cucharada, encontró: “MAÑANA VUELVO A CASA”. Entonces entendió que la sopa no era magia cualquiera: era una especie de puente. Quizás las palabras viajaban escondidas en el vapor, o tal vez su papá las soplaba desde tan lejos que llegaban flotando hasta su plato. Cata sonrió, tomó la cuchara y, con mucho cuidado, movió unas letras hasta responder en el borde del caldo: “YO TAMBIÉN, PAPÁ”.

A la noche siguiente, cuando sonó por fin la puerta, la pequeña salió corriendo y se lanzó a los brazos de su padre. Él la apretó fuerte, como si quisiera recuperar en un segundo todos los abrazos perdidos de la semana. Durante la cena, ella miró su plato con curiosidad, pero la sopa de letras no escribió nada. Ya no hacía falta. El mensaje más importante estaba allí, sentado a su lado, riéndose cansado y feliz, llenando la casa con esa presencia que ningún caldo podía imitar. Y aun así, Cata, antes de terminar, creyó ver dos letras flotando juntas en la superficie: "T y A". Como un último guiño. Como un “te amo” que nunca dejaba de llegar.


Marbella, 13 de marzo de 2026. Imagen libre en la red.