Hoy cumplo cincuenta años.
Lo escribo despacio, como quien prueba una palabra nueva. Cincuenta. Suena a número redondo, a mitad de algo. Es una de esas cifras que siempre parecían de otros: de los padres, de los profesores, de los señores serios de las fotografías antiguas.
Y resulta que ahora es mía.
Cincuenta años son algo más de dos mil seiscientas semanas. He hecho la cuenta, porque a cierta edad uno empieza a contar lo que antes gastaba sin mirar. Más de seiscientas de esas semanas las he pasado aquí, escribiendo en este pequeño rincón. He escrito de viajes, ciudades, nubes, canciones, candados y carros de supermercado. Cosas que pasan.
Hoy he pensado que quizá, en realidad, nunca estuve escribiendo sobre las cosas que pasan.
Estaba escribiendo sobre las cosas que quedan.
Durante muchos años creí que la salud era el estado natural de las cosas. Algo que simplemente estaba, como la luz cuando pulsas el interruptor. Nadie da las gracias por subir una escalera sin detenerse, ni por despertar una mañana cualquiera sin que nada duela.
A los cincuenta uno aprende a darlas.
Porque un día llega algo que te recuerda que el cuerpo no es un préstamo para siempre. A veces es una analítica, a veces una sala de espera, a veces la llamada de un amigo. Y entiendes que la salud no es lo más importante de la vida. Pero es la puerta sin la cual no se entra en casi nada de lo importante.
No le pido a la vida la fuerza de los veinte. Le pido la suficiente para seguir caminando, seguir abrazando y seguir llegando a tiempo a lo que quiero.
La familia es ese lugar al que se vuelve incluso sin moverse de sitio.
Con los años he descubierto que muchas cosas que creía mías las aprendí sin darme cuenta alrededor de una mesa. Allí aprendí la forma de reír y la manera de enfadarme. También la costumbre de callar cuando algo duele y la necesidad de cuidar a los demás. Nadie me lo explicó. Estaba allí, en los gestos de quienes me criaron, esperando a que yo creciera lo suficiente para reconocerlo.
A los cincuenta empiezas a ver a tus mayores en el espejo. Y, lejos de asustarte, casi te reconforta.
También empiezas a echar de menos a quienes ya no se sientan a esa mesa. Hay sillas que nunca vuelven a quedarse vacías del todo, porque las ocupa la memoria. Hoy habrá felicitaciones que ya no llegarán. Aun así, llegan de otra manera: en una expresión que repito sin querer, o en un consejo que entendí tarde.
La familia no es solo de dónde vienes.
Es lo que te llevas a donde vayas.
La semana pasada miraba una vieja fotografía con la pandilla y pensaba en los amigos.
Los de verdad son pocos, y está bien que así sea. Con los años la agenda se llena de contactos y se vacía de nombres. Pero los que quedan valen por muchos.
Un amigo es alguien que te conoció antes de que fueras quien eres y todavía te quiere. Puedes pasar un año sin hablar con él y retomar la conversación exactamente donde la dejasteis. Es como si la vida solo hubiera hecho una pausa para pedir otra ronda.
He aprendido que la amistad no se mide por la frecuencia, sino por la presencia. Se mide por quién aparece cuando hace falta y por quién se alegra de tus cosas sin llevar la cuenta.
Hace unas semanas escribí que, si volviera a colgar un candado, no pondría "para siempre". Pondría algo más sencillo: que mientras estemos aquí, sea de verdad.
Lo sigo pensando.
El amor que he aprendido a valorar no es el de las películas. Es el que se queda. Te conoce en tus peores días y no se marcha. Discute y luego pone la mesa. Sabe cómo tomas el café y sabe cuándo necesitas que no te pregunten nada.
El amor adulto tiene menos fuegos artificiales y más luz de cocina encendida.
Y es infinitamente más hermoso.
Querer bien a alguien, al final, consiste en hacerle la vida un poco más fácil. En devolver el carro a su sitio, también en el amor.
A los cincuenta sé algunas cosas que a los veinte no sabía.
Que el tiempo no se ahorra: se gasta, y lo único que podemos elegir es con quién.
Que casi nada es tan urgente como parece, y casi nadie es tan importante como se cree.
Que pedir perdón no te hace pequeño, y dar las gracias te hace grande.
Que los mejores momentos de la vida no se anuncian. Suelen ser un martes cualquiera, una sobremesa que se alarga o una carretera con la música alta.
Que se puede tener miedo y seguir adelante.
Que la felicidad no es un lugar al que se llega, sino una manera de ir. Ahora también dicen, que la felicidad es lo más parecido a la tranquilidad. Esto me encanta!!.
Y que todavía me queda muchísimo por aprender.
Este día ha tenido, como no, tarta y velas. Y como era de esperar solo dos, un cinco y un cero, que a cierta edad también se agradece la síntesis. Me han dicho que pida un deseo.
Resulta que estaba a mi lado.
Porque, es así, lo que habría pedido a los veinte ya está aquí. No tiene la forma que imaginaba, pero está aquí. Estaba sentada alrededor de la mesa, riéndose de mis canas, llenando los vasos y haciéndome sentir que el camino ha merecido la pena.
Así que, en lugar de pedir, voy a dar las gracias.
A la vida, por los cincuenta.
A los que están, por quedarse.
A los que se fueron, por todo lo que dejaron.
Y a ti, que me lees cada semana, por acompañarme en este viaje.
Cumplir años no es perder tiempo.
Es la prueba de que lo hemos tenido.
Y yo he tenido mucho. Y muy bien acompañado.
Que vengan los que tengan que venir. Me encontrarán donde siempre: aquí, contando las cosas que pasan.
Y, sobre todo, las que quedan.





