viernes, 21 de agosto de 2026

Amor en un candado II: Doce años después

Casi doce años.

Lo escribo y me parece mucho. O poco. Depende de para qué.

En 2014 escribí sobre el amor y los candados. Me preguntaba cuánto duraría realmente cerrado uno de aquellos pequeños trozos de metal donde dos enamorados escribían sus iniciales convencidos de que el óxido tardaría más en llegar que el desamor.

Por entonces imaginaba a Romeo y Julieta conquistándose en Facebook. Hoy Romeo seguiría a Julieta en Instagram, reaccionaría a sus historias y, antes de escribirle, probablemente ella ya habría investigado sus fotos, sus seguidores y, sobre todo, quién es esa chica que le pone corazones a todo.

Después llegarían WhatsApp, los mensajes hasta la madrugada, los audios interminables, los buenos días y ese maravilloso “avísame cuando llegues”. Porque las cosas cambian, pero nosotros no tanto: seguimos necesitando sentir que alguien, entre millones de personas, está pensando precisamente en nosotros.

También cambiaron las despedidas. Ahora existe el ghosting, una palabra muy moderna para algo tan antiguo como la cobardía: desaparecer sin explicar nada. Pasar de “eres especial” a un mensaje leído y dos tics azules.

Nunca habíamos tenido tanta información sobre alguien y, curiosamente, nunca habíamos tenido tantas dudas.

Y sin embargo, hay que seguir creyendo en el amor.

Quizá porque con los años he entendido que el verdadero amor tiene poco que ver con los candados. Un candado se cierra; el amor, cuando es bueno, debería abrir: caminos, conversaciones, espacios y maneras nuevas de mirar la vida.

A veces pienso en aquellas parejas que dejaron sus iniciales en un puente. Algunas seguirán juntas. Otras no se hablarán desde hace años. Pero también he aprendido algo: no todo lo que termina fue mentira.

Hay amores que duran toda una vida y otros apenas una estación. Y ambos pueden haber sido verdaderos.

Por eso, cuando hoy encuentro un puente lleno de candados, ya no me pregunto cuántas parejas seguirán juntas. Prefiero pensar que, al menos durante aquel instante, dos personas estuvieron convencidas de querer compartir su camino.

¿Ha cambiado el amor en estos doce años? Claro!.

Tenemos nuevas aplicaciones, nuevas palabras y nuevas maneras de hacernos daño. Pero seguimos queriendo lo mismo: que alguien nos elija, nos espere, nos pregunte si hemos llegado bien y nos quiera cuando ya no quedan filtros ni historias que publicar.

Si hoy volviera a colocar aquel candado, no escribiría “para siempre”.

Es demasiada responsabilidad para un pequeño trozo de metal.

Escribiría algo más sencillo:

“Mientras estemos aquí, que sea de verdad.”


Marbella, 21 de agosto de 2026. Pont des Arts, París. 


viernes, 14 de agosto de 2026

El eclipse

El eclipse que hemos podido ver en España estos días atrás, me recuerda que incluso aquello que parece opuesto puede encontrarse y crear algo extraordinario. La luz y la sombra, tan distintas entre sí, se cruzan por un instante y dibujan en el cielo una imagen capaz de detener nuestras prisas y hacernos mirar hacia arriba.

También en la vida necesitamos caracteres diferentes. Hay personas que iluminan, otras que cuestionan; unas nos dan calma y otras nos sacuden. No siempre pensamos igual, sentimos igual ni caminamos al mismo ritmo, pero precisamente ahí puede estar la belleza: en aprender a coincidir sin tener que parecernos.

Porque quizá convivir no consista en buscar personas idénticas a nosotros, sino en descubrir qué formas nuevas podemos crear cuando nuestras diferencias se encuentran. Como en un eclipse, a veces la belleza no nace de que una luz elimine a la otra, sino de que, por un momento, ambas sepan ocupar juntas el mismo cielo.


Marbella, 14 de agosto de 2026. Imagen libre en la red














viernes, 7 de agosto de 2026

El Avatar

En la Convención Nacional de Servidores de la Patria —nombre oficial del encuentro anual de quienes llevaban décadas sirviéndose de ella— el diputado Leoncio recibió la Medalla a la Transparencia, una pieza de oro macizo cuyo costo, por razones de transparencia, jamás fue publicado. Ministros, senadores, alcaldes y asesores lo aplaudieron durante siete minutos, aunque ninguno supo explicar exactamente qué mérito se premiaba. Eso sí, todos coincidieron en que era un reconocimiento «más que merecido», frase de gran utilidad cuando nadie quiere hacer preguntas.

Al salir del recinto, Leoncio encontró la avenida bloqueada por una marcha de elefantes de un circo. Indignado porque el tráfico no reconocía su investidura, pidió al chófer que parara y tiró con violencia de la cola de una elefanta. El animal, ignorante de protocolos, fueros y comisiones de ética, lo levantó con la trompa, lo estrelló contra el suelo y, para rematar el desacato, depositó sobre su traje italiano todo lo que su aparato digestivo consideró pertinente. La elefanta fue detenida de inmediato por atentado contra la autoridad, resistencia, alteración del orden público y, después de una reforma exprés del Código Penal, «humillación agravada de representante electo».

La condenaron a ocho años. Pero algo extraño ocurrió. La gente comenzó a llevar flores al zoológico donde cumplía sentencia. Aparecieron camisetas, tazas, llaveros y pegatinas con su figura. «La única que hizo rendición de cuentas», decía una de las más vendidas. El Gobierno protestó porque aquello fomentaba el desprestigio institucional; la oposición, indignadísima, defendió a la elefanta hasta descubrir que podía ganar votos con ella. Entonces imprimió millones de carteles con su imagen y el lema: «Nosotros sí vamos a limpiar el país».

Ganaron las elecciones. La elefanta fue indultada, condecorada y nombrada símbolo nacional del cambio. Cuatro años después, el nuevo gobierno había duplicado los asesores, triplicado los contratos de confianza y perfeccionado exactamente las mismas mañas que había prometido combatir. Cuando alguien propuso volver a sacar la imagen de la elefanta para la siguiente campaña, un veterano estratega negó con la cabeza: "Imposible. Ya representa a la oposición". Y así, mientras unos y otros discutían de quién era el animal, el país descubrió que en política hasta la mierda cambia de dueño, pero rara vez de olor.


Marbella, 7 de agosto de 2026. Imagen libre en la red.



viernes, 31 de julio de 2026

Sobre las decepciones

Las decepciones más profundas no siempre vienen de quienes se marchan, sino de quienes se quedan fingiendo. Hay personas que ofrecen una sonrisa mientras esconden una intención distinta, que hablan de lealtad pero actúan según su conveniencia. Descubrir esa doble cara duele porque no solo rompe la imagen que teníamos de alguien, sino también la confianza con la que nos habíamos acercado.

Después de ciertas heridas, fiarse de los demás se convierte en un reto continuo. Uno comienza a leer los silencios, a dudar de las palabras bonitas y a preguntarse qué se oculta detrás de cada gesto. Sin embargo, vivir desconfiando de todo también puede convertir el corazón en una casa cerrada, donde nadie entra, pero tampoco llega la luz.

Quizá la lección no sea dejar de confiar, sino aprender a hacerlo con calma. Observar más los actos que las promesas, permitir que el tiempo revele las verdaderas intenciones y entender que poner límites no nos vuelve fríos, sino conscientes. No todas las personas tienen dos caras, pero conocer la oscuridad de algunas nos enseña a valorar mejor la sinceridad de quienes llegan sin máscaras.


Fuente de Cantos, 31 de julio de 2026. Imagen libre en la red.


viernes, 24 de julio de 2026

Abrazar y soltar

Fue a primeros de junio que estuve en Disneyland Paris descubriendo la magia que envuelve ese parque de fantasía, sin embargo, hace tan solo unos días en que me he enterado que hay una regla no escrita de los parques Disney: cuando alguien abraza a un personaje, este espera a que la otra persona sea quien termine el abrazo.

A veces, un abrazo dura apenas unos segundos; otras veces, contiene todas las palabras que alguien no ha sabido pronunciar. Por eso es tan hermosa esa pequeña regla: no apartarse primero, no decidir por el otro cuándo ha recibido suficiente cariño.

Quizá quien abraza no busca solamente a un personaje de fantasía. Tal vez busca refugio, consuelo o la posibilidad de volver a sentirse niño por un instante. Y quien permanece allí, sin prisa, le está diciendo en silencio: «Puedes quedarte un poco más; aquí no tienes que fingir que estás bien».

La vida sería más amable si aprendiéramos a hacer lo mismo: respetar el tiempo de las emociones ajenas, acompañar sin apresurar y comprender que, en ocasiones, el mejor regalo no es una respuesta, sino una presencia que no se marcha antes de tiempo.


Marbella, 24 de julio de 2026. Cata y Mikey. Fotografía de Jesús Apa.



viernes, 17 de julio de 2026

Soledad y distancia

La soledad es una mancha gris en el corazón. Lo va devorando. Lo va arrebatando... Se instala en los rincones de la casa, en la silla vacía, en el silencio que queda después de una llamada. Hay días en los que la distancia pesa más que el mundo y uno daría cualquier cosa por un abrazo que no tuviera que atravesar una pantalla.

El teléfono acerca las voces, pero no siempre consigue acercar la vida. Puedo escuchar sus risas, preguntar cómo están y fingir que todo marcha bien; sin embargo, al terminar la conversación, la habitación vuelve a quedarse inmóvil. Entonces comprendo que hay ausencias que ninguna palabra puede llenar, porque el alma también necesita compañía, presencia y calor.

Aun así, me aferro a esos pequeños puentes que construimos desde lejos: una fotografía, un mensaje inesperado, un recuerdo compartido. Son hilos frágiles, pero suficientes para recordarme que sigo perteneciendo a algún lugar, que mi familia continúa habitando dentro de mí aunque no pueda tocarla.

Quizás la distancia no desaparezca pronto, pero tampoco podrá borrar lo que nos une. Mientras exista el deseo de volver a encontrarnos, la soledad no tendrá la última palabra. Algún día, esta mancha gris se irá aclarando, y el corazón recuperará todo aquello que creyó perdido.


Cabeza la Vaca, 17 de julio de 2026. Fotografía de Jesús Apa.


viernes, 10 de julio de 2026

Jubilación y amistad eterna

La vida está hecha de etapas que, mientras las vivimos, parecen interminables. Durante años creemos que somos nuestras responsabilidades, nuestros horarios, los problemas que resolvemos y el lugar que ocupamos cada mañana. Pero llega un día en que el tiempo nos recuerda, con delicadeza, que ninguna tarea es eterna y que también existe una forma de plenitud en detenerse, mirar atrás sin nostalgia y comprender que lo verdaderamente importante nunca estuvo solo en el trabajo, sino en la huella humana que dejamos mientras lo hacíamos.

Jubilarse no es apartarse de la vida, sino regresar a ella de otra manera. Es recuperar el tiempo que tantas veces se entregó a los demás y ofrecerlo ahora a la familia, a los afectos y a esos pequeños momentos que antes quedaban aplazados. No se trata de dejar de ser útil, sino de descubrir que la presencia, la conversación y el cariño también son formas profundas de entrega.

Algunas personas atraviesan nuestra existencia demostrando que la amistad no entiende de edades. Los años que separan pueden convertirse en puentes cuando existen el respeto, la confianza y el afecto verdadero. Entonces, la experiencia de uno y la mirada del otro se encuentran en un territorio común, donde siempre hay algo que aprender, algo que compartir y, gracias a un buen sentido del humor, algo por lo que reír.

Al final, quizá una vida bien vivida no se mide por cuánto se trabajó, sino por la bondad con la que se trató a los demás, por la alegría que se dejó en cada encuentro y por el cariño que permanece cuando una etapa termina. Hay personas cuya mayor obra no figura en ningún currículo: está en la memoria agradecida de quienes tuvieron la fortuna de caminar a su lado.

Y mientras mi buen amigo Diego pronunciaba unas palabras ante los suyos, en aquella comida que anunciaba el comienzo de su jubilación, quizá pensaba en la inmensa fortuna de llegar hasta allí rodeado de tanto cariño. Yo, mientras lo escuchaba, pensaba en otra suerte distinta, pero igual de profunda: la de haber compartido el camino, haber sido testigo de ese momento y haber tenido la vida la generosidad de cruzarme con él.


Marbella, 10 de julio de 2026. Diego Morales.