viernes, 30 de enero de 2026

La vida debería ser al revés

Hace unos días que hablé con un amigo sobre su cercano momento de la jubilación. Reflexionaba sobre ello, incluso hasta tal punto, que parecía no estar preparado para ese momento. Había entrado en tal rutina, sobre todo, hablaba que su vida era el trabajo y todo lo que envolvía a éste. Que si eso desaparecía, también se esfumarían muchas relaciones, muchos hábitos y muchos "impulsos cotidianos" que ayudan a su día a día. No quería que llegara el momento que, sin embargo, durante media vida había deseado.

A veces, para entender el sentido de una vida, basta con imaginarla al revés. Al invertir el orden, se descolocan nuestras certezas: la muerte deja de ser una amenaza al final del camino y se convierte en un punto de partida ya atravesado. Y entonces, como por arte de magia, el miedo pierde autoridad y lo que queda es una curiosidad nueva por cada etapa. Sin olvidar que, las piedras en las que tropezamos difieren unas de otras....

Esa inversión también revela lo extrañas que son nuestras prioridades: corremos cuando aún no sabemos adónde, acumulamos cuando menos necesitamos, y aplazamos el disfrute como si fuese un premio reservado para el futuro. Mirado así, el “progreso” se vuelve una idea relativa: quizá no consiste en subir peldaños, sino en aprender a estar presentes en cada uno, sin despreciar lo que somos mientras cambiamos.

Yo me reconciliaba con sus pensamientos y, a su vez, pensaba para mis adentros; ¿Y si lo importante no fuera llegar, sino reconciliarnos con el tiempo, con el cuerpo, con la fragilidad? Tal vez el final ideal no sea un estruendo, sino algo sencillo: una salida en calma, como quien apaga la luz y deja la habitación en orden.

Ahí, me acordé de un texto que leí alguna vez por algún sitio, y que dice así;

Se debería empezar muriendo y así ese trauma quedaría superado. Luego te despiertas en un Hogar de ancianos mejorando día a día. Después te echan de la Residencia porque estás bien y lo primero que haces es cobrar tu pensión. Luego, en tu primer día de trabajo te dan un reloj de oro. Trabajas 40 años hasta que seas bastante joven como para disfrutar del retiro de la vida laboral. Entonces vas de fiesta en fiesta, bebes, practicas el sexo, no tienes problemas graves y te preparas para empezar a estudiar. Luego empiezas el cole, jugando con tus amigos, sin ningún tipo de obligación, hasta que seas bebé. Y los últimos 9 meses te pasas flotando tranquilo, con calefacción central, roomservice, etc. etc. Y al final... ¡Abandonas este mundo en un orgasmo!


Fuente de Cantos, 30 de enero de 2026. Imagen libre en la red.


viernes, 23 de enero de 2026

Cuentos para dormir; el hada del tiempo

En un pequeño pueblo rodeado de bosques de encinas y olivos, vivía Cata, una niña de ojos grandes y silenciosos. Su papá siempre llegaba tarde, atrapado entre relojes, reuniones y teléfonos que nunca dormían. Una noche, mientras lo esperaba con una cena ya fría, su mamá le susurró una historia: en lo profundo del bosque vivía un hada que vendía tiempo, pero solo a quienes sabían pedirlo con el corazón.

Al amanecer, Cata se adentró entre árboles altos como catedrales. Caminó hasta que el silencio se volvió tan denso que hasta sus pasos parecían flotar. Entonces la vio: el hada tejía segundos y minutos con hilos de luz, sentada sobre una roca cubierta de musgo. Cata no pidió juguetes, ni días festivos, solo unas pocas horas para que su papá pudiera jugar, reír, y escucharla sin mirar el reloj.

El hada la miró largo rato y, en lugar de monedas, pidió a cambio un recuerdo: el de la última vez que Cata se sintió sola. La pequeña asintió con los ojos húmedos. El hada sopló sobre un reloj de arena que no se vaciaba, y se lo entregó.

Esa noche, sin avisos ni promesas, su papá llegó temprano, apagó el teléfono y dijo: "A partir de ahora, el mundo puede esperar..."


Marbella, 23 de enero de 2026. Imagen libre en la red.



sábado, 17 de enero de 2026

El libre albedrío

“Libre albedrío” suena a puerta abierta, pero también a vértigo. No es solo poder elegir: es cargar con el peso de que cada elección nos escribe un poco por dentro. Porque si somos libres, entonces no podemos escondernos del todo en la suerte, en la costumbre o en los demás: siempre queda un pequeño margen donde nos toca responder.

A veces ese margen es mínimo —un gesto, una palabra, un silencio—, pero ahí se juega algo enorme: la dignidad de ser autor, aunque sea parcial, de la propia vida. Y quizá la reflexión más honda sea esta: el libre albedrío no se demuestra en las decisiones grandiosas, sino en la fidelidad cotidiana a lo que, en secreto, sabemos que es lo correcto.


Brescia, Italia. 16 de enero de 2026. Imagen libre en la red.


viernes, 9 de enero de 2026

En busca del Ikigai

Este mañana he escuchado en la radio que en algunas zonas de Japón, el tiempo de vida se mide por septenios; períodos de siete años. Y el momento clave en la vida de una persona, el momento de la segunda parte de uno mismo, de plena madurez y conocimiento, se cumple en el séptimo septenio. O sea, a la edad de 49 años. Es como el momento de proponerte una segunda oportunidad si aún quieres cambiar tu vida, el punto idóneo para salir de tu zona de confort.

Paralelamente a este concepto, hablaban de otro a colación; el término "Ikigai", que viene a ser como el propósito de vivir. O más que el propósito, la búsqueda de la razón de ser. Y hablaban en esta conversación, de que el Ikigai comienza, cuando el primer propósito, es precisamente la búsqueda de ese propósito. Esto, en la cultura del territorio japonés que mejor lo lleva a cabo, se concibe como "una razón para levantarse por la mañana".

Y es totalmente cierto que, si la razón que te saca de la cama se vuelve pesada, tediosa o nociva, "sencillamente" hay que mirarse dentro de uno mismo y someterse a ese cambio que tanto cuesta a veces llevar a cabo. Para entenderlo mejor, nada como un cuento...

"Cada día, el viejo Haru se despertaba a las cinco en punto, sin alarma. No porque tuviera prisa, sino porque quería ver cómo el sol se deslizaba lentamente por las montañas de Okinawa. Ponía a calentar el agua, seleccionaba con calma las hojas de té verde, y lo preparaba como si cada movimiento tuviera alma.

—¿No te aburres de hacer lo mismo todos los días? —le preguntó su nieto una templada mañana de verano, mientras lo observaba con curiosidad.

Haru sonrió y le ofreció una taza.

—¿Sabe igual el té cuando estás triste que cuando estás feliz?

El niño negó con la cabeza.

—Entonces entiendes el primer secreto: no es lo que haces, es cómo lo haces. 

El anciano le explicó que su rutina no era una costumbre vacía, sino su Ikigai: su razón para levantarse cada mañana. No era solo el té. Era el arte de prepararlo, el silencio, el aroma, el regalo de ofrecerlo. Era sentirse útil, estar presente, y compartir algo sencillo con los demás.

—Tu Ikigai no siempre es grande —dijo—. A veces cabe en una taza caliente entre tus manos.

El niño no volvió a hacer la pregunta. Desde entonces, cada verano, preparaban el té juntos al amanecer."


Marbella, 9 de enero de 2026. Imagen libre en la red.


viernes, 2 de enero de 2026

Si chove, que chova...

Si chove, que chova... 

Si llueve, que llueva.

Con este frase cerraba el año Manuel, una persona fantástica y entrañable que conocí este año en Vigo en un encuentro laboral. Me ha quedado grabada, y buscando el contexto del significado, me ha llevado a la reflexión de este post.

Este año pasado, ha sido uno de los años más difíciles de mi vida en el plano laboral. Pero claro, como el trabajo está tan intrínsecamente relacionado con la vida personal, pues, en este sentido, también ha sido un año sumamente complicado. Aún tratando de auto gestionar lo mejor que he podido el ámbito laboral y el personal, no siempre lo he conseguido y ha acabado afectándome a mi y a quienes me rodean.

Si llueve, que llueva...

Como inicio de año y de buenos propósitos, me gusta esa frase porque tiene algo de permiso. No es resignación, no es “me da igual”, no es rendirse. Es aceptar que hay cosas que no se pueden controlar y que gastar la vida intentando controlarlas solo te deja cansado… y, a veces, vacío.

Muchas de nuestras preocupaciones nacen de intentar anticiparlo todo: qué pasará, qué pensarán, si saldrá perfecto, si la decisión fue la correcta, si podríamos haber hecho más. Y lo curioso es que, aun cuando hacemos todo “bien”, la vida a veces cambia el guion igual. Llueve. Y punto.

Por eso esa frase me recuerda algo esencial: no todo merece el mismo peso. Hay cosas que nos roban energía y atención sin devolver nada a cambio. Y mientras estamos ahí, dándole vueltas a lo pequeño, a lo incierto, a lo que no depende de nosotros, se nos escapa lo que sí es real y sí es importante.

Al final, cuando miras atrás, rara vez te acuerdas de si contestaste rápido un mensaje, de si quedaste impecable en una reunión o de si todo salió según el plan. Te acuerdas de la gente. De los momentos. De la calma que te faltó. De las veces que te complicaste por cosas que hoy ni siquiera tienen nombre.

Y entonces aparece lo obvio, que a veces se nos olvida: lo que de verdad importa es la salud y las personas que te rodean. Lo demás puede ir y venir. Un problema se arregla, una meta se aplaza, un plan se rehace. Pero el tiempo, la presencia, el cuidado… eso no se puede recuperar igual.

Así que “si llueve, que llueva” es una forma sencilla de volver a lo esencial: hacer lo que esté en tu mano, sí, pero sin vivir con el corazón en tensión permanente. Soltar un poco el control. Elegir tus batallas. Aceptar que no todo requiere una reacción, una explicación o una preocupación.

Porque cuando todo pesa, al final no puedes sostener nada.

Y quizá vivir sea eso: aprender a distinguir qué es trabajo, y qué es personal. O lo que es lo mismo, qué es lluvia… y qué es hogar. 


Fuente de Cantos, 2 de enero de 2026. Imagen de Manuel Pan.



viernes, 26 de diciembre de 2025

Cuentos para dormir; la Navidad más larga

Cata decidió no dormirse porque había entendido algo importantísimo: si cerraba los ojos, la Navidad se acabaría.

Así que se quedó despierta contando luces del árbol, migas de turrón y risas que aún flotaban por la casa. El reloj del pasillo avanzaba despacio, como si también dudara.

Cuando el sueño llegó de puntillas, Cata preguntó en voz baja:

"Si me duermo, ¿te vas?"

La Navidad no respondió con palabras, sino con calma.

Cata cerró los ojos.

A la mañana siguiente, la casa seguía oliendo a dulce, y ella comprendió el secreto: la Navidad no se termina al dormir, se queda en lo que recuerdas al despertar.


Fuente de Cantos, 26 de diciembre de 2025. 



viernes, 19 de diciembre de 2025

El farol

Cada diciembre, el pueblo se llenaba de luces, abrazos ensayados y sonrisas recién sacadas del cajón. Todos se deseaban paz, amor y buenos deseos, como quien reparte cartas sin mirar.

En la mesa de la Navidad, nadie decía lo que pensaba. Se brindaba por la familia mientras se contaban viejas rencillas en silencio, y se hablaba de generosidad con la misma mano que sujetaba fuerte las fichas del egoísmo. Era un juego conocido: todos sabían que algo no cuadraba, pero nadie se levantaba de la partida.

La Navidad se parecía mucho a saludar a alguien que juega a las cartas del póquer y sabes que va de farol. Le estrechas la mano, le sonríes, y aceptas la mentira amable porque romper el juego sería arruinar la noche.

Cuando las luces se apagaban y los villancicos callaban, quedaba la mesa vacía y una pregunta sin envolver:

¿Y si algún año, en lugar de faroles, nos atreviéramos a jugar con cartas descubiertas?

Desde entonces, algunos esperan la Navidad no por lo que promete, sino por la oportunidad —breve, incómoda y valiente— de empezar a decir la verdad.


Marbella, 19 de diciembre de 2025. Imagen libre en la red.