Hoy en la mañana el agua me caía encima como si tuviera la misión de borrar lo que no había dormido. El vapor empañaba el espejo y mi mente ya iba por delante, saltando de pendiente en pendiente: mensajes sin responder, una reunión a destiempo, el reloj como una amenaza con corbata.
Entonces escuché la puerta.
No fue el sonido lo que me tensó, sino la certeza: nadie abre así si no viene con decisión. Me giré apenas, con el jabón resbalando entre los dedos, y lo vi. Mi esposo con esa expresión antigua, la de quien llega tarde a algo que le pertenece. Como si la noche no hubiera terminado, como si el sueño fuese un accidente corregible.
Quise sonreír. Quise recibirlo como se reciben las cosas buenas, sin apuro. Pero mi cuerpo estaba dividido: la piel caliente, sí, y al mismo tiempo una especie de cansancio que no era físico, sino de calendario. El agua corría por mi cuello y se detenía en pequeños caminos sobre el pecho, marcando rutas que yo no había elegido. Él dio un paso, y su mirada siguió esas gotas como si fueran señales.
Me habló sin palabras. Se acercó con esa fe imprudente que a veces tienen los hombres, la de creer que el deseo siempre está disponible, como una luz que basta con encender. Su mano tocó mi hombro y luego mi cintura, con una familiaridad que podía haber sido ternura o insistencia. Yo intenté decirlo suave, como quien acomoda un objeto frágil en un estante:
"Ya tendremos tiempo."
Pero la frase se me rompió por dentro. Porque sabía que “tiempo” era una palabra que yo repetía como un rezo y nunca se materializaba. No había suficiente para el trabajo, no había suficiente para el descanso, y cuando por fin aparecía un espacio libre, yo ya estaba demasiado llena de día como para sentir otra cosa.
Él se pegó a mí con la paciencia de quien no entiende que la prisa también cansa. Su aliento me rozó la nuca, y por un segundo mi cuerpo quiso ceder, por costumbre, por cariño, por nostalgia. Sin embargo mi cabeza no abandonaba el pasillo de compromisos: el teléfono, el tráfico, la primera cita, la segunda.
Sentí coraje. No contra él, sino contra esa máquina invisible que nos administra: la semana, las horas, las obligaciones. Me ardió la garganta de no querer herirlo, de no querer volverlo un enemigo en la casa. Respiré hondo y reuní una súplica que no sonara a reproche:
"Por favor… déjame salir."
Hubo un silencio breve, un titubeo que pareció una derrota pequeña. Me escurrí de sus brazos como quien se escapa de un sueño demasiado pesado, apagué la llave, busqué la toalla. Me vestí rápido, no porque quisiera huir de él, sino porque el mundo allá afuera no acepta demoras. No perdona.
Llegué a mis labores y atendí las citas contraídas. Sonreí donde había que sonreír. Respondí con profesionalidad. Hice lo que siempre: convertirme en alguien útil.
Y aun así, todo el día me siguió un eco: el golpe sordo de una palma en la puerta del baño, como si alguien hubiera querido detener el tiempo con la mano. Como si esa marca invisible fuera el verdadero inicio de la mañana. Luego me dije para mí misma...
"Soy estúpida..."
