Hacía ya muchos años que las risas a carcajadas habían desaparecido. Pero aquel día amaneció extraño: la gente sonreía por costumbre, pero ninguna risa lograba salir del pecho. Las bromas caían al suelo como plumas mojadas y hasta los más alegres sentían un nudo inexplicable en la garganta.
En las plazas, los músicos tocaban sin provocar aplausos; en las casas, los chistes se contaban en voz baja, como si reír fuerte estuviera prohibido. Las historias nunca tenían gracia, ni con un final feliz y alegre. Nadie sabía cuándo había empezado, solo que las carcajadas habían desaparecido.
Entonces apareció una niña pequeña, con el cabello alborotado, los zapatos desatados y los bolsillos llenos de migas. Se detuvo en medio de la calle, miró a todos muy seria… y estornudó con tanta fuerza que perdió el equilibrio y cayó sentada.
Hubo un segundo de silencio. Luego una risa tímida, después otra, y de pronto una carcajada enorme rompió el aire como un cristal. La risa volvió a correr de boca en boca, libre y contagiosa.
Desde aquel día, cuando la alegría parece perderse, alguien siempre recuerda que basta un gesto sencillo, y una niña sin intención alguna, para devolver al mundo su risa más verdadera.

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