viernes, 17 de abril de 2026

En tu cama del olvido

No fue la oscuridad de la cripta lo que me volvió dócil, sino su espera.

Cada noche descendía con una lámpara en la mano, contando los escalones como quien reza un rosario roto. El sacristán me vio una vez, al amanecer, con tierra bajo las uñas y los labios partidos de tanto hablar solo. "Déjala donde Dios la ha puesto", me dijo. No comprendía que Dios había apartado la vista mucho antes, y que yo era lo único que todavía la nombraba.

La encontré donde el mármol suda y las velas se consumen sin calor. Su cuerpo yacía dentro del nicho abierto, ceñido por encajes amarillentos, las manos enlazadas con la paciencia de los muertos. Le habían cubierto el rostro con un velo fino, pero aun así podía adivinar la curva intacta de su frente, la sombra dulce de la boca que una vez pronunció mi nombre como si fuera una absolución.

"He traído lirios", le susurré, dejando las flores a sus pies. El aire olía a incienso rancio y piedra mojada. Por un instante, la llama vaciló y yo juraría que ella suspiró conmigo.

Me senté a su lado hasta que la cera me quemó los dedos. Le conté del pueblo, de la lluvia que había podrido los huertos, del perro ciego que dormía frente a mi puerta, de la vida miserable que seguía arrastrándose allá arriba sin ella. Mi voz rebotaba en los muros y regresaba distinta, más hueca, como si la tumba me imitara. A veces creía escucharla responder en ese eco; otras, bastaba el silencio para convencerme de que seguía atenta, inmóvil por pudor, no por muerte.

Cuando dieron las campanas de medianoche, aparté el velo con una ternura que ya no merecía. Besé su frente fría. Luego acomodé mejor el sudario alrededor de sus hombros, como hacía en invierno cuando el sueño la encontraba sobre mi pecho. Cerré el nicho despacio, dejando una rendija mínima, una herejía diminuta por la que pudiera entrar el aire... o salir su recuerdo.

Ella fue mi amor. Ahora es mi penitencia.


Fuente de Cantos, 17 de abril de 2026. Imagen libre en la red.



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