viernes, 16 de mayo de 2025

Microrrelato; el espejo del Rey

El rey Narciso mandó construir un espejo gigante en el salón del trono. Cada mañana, se miraba y exclamaba:

"¡Qué grande soy! ¡Qué majestuoso! ¡Qué divino!"

Hasta que un día el espejo le respondió:

Hasta que un día el espejo se resquebrajó, cayendo en mil pedazos. El rey, alarmado, preguntó al consejero:

"¿Qué ha pasado?"

—Su Majestad —respondió el consejero, agachando la cabeza—, parece que incluso el espejo se hartó de tanta grandeza.


Marbella, 16 de mayo de 2025. Imagen libre en la red.


viernes, 9 de mayo de 2025

Microrrelato; Habemus Papam

En la Plaza de San Pedro, el humo blanco se elevaba serpenteante hacia el cielo plomizo. La multitud contenía la respiración. "Habemus Papam", anunciaron los altavoces en latín solemne.

En el interior del cónclave, el recién elegido Papa Gregorio VII cerraba los ojos, sintiendo el peso de la tiara antes de que se posara sobre su cabeza. Todo lo que había sido, todo lo que había soñado, quedaba atrás. Pero el pasado, aunque se esconda tras los muros más altos, siempre encuentra un resquicio por donde filtrarse.

En los oscuros pasillos del Vaticano, se cruzó con Sor Beatriz. Ella mantenía la mirada baja, pero él alcanzó a ver el temblor de sus manos. La misma Sor Beatriz que solía compartir sus lecturas de teología, la misma con la que discutía sobre los misterios de la fe, la misma que lo había mirado con un brillo en los ojos que jamás podría olvidar.

Aquella tarde, cuando eran solo el cardenal Vittorio y la hermana Beatriz, ambos habían compartido más que palabras. Un roce fugaz de manos, un susurro a destiempo, un instante en el que el mundo dejó de ser santo y se convirtió en humano.

Ahora, con la sotana blanca ajustada a su cuerpo, sentía que el peso del pecado se ceñía como una segunda piel. Ella pasó de largo, y él musitó un "Ave María" casi inaudible, como quien reza por un alma perdida.

En la capilla, los cardenales lo esperaban para la primera bendición. Se arrodilló ante el crucifijo. Cerró los ojos, sintiendo el eco de aquel susurro prohibido:

"Dios nos perdone a ambos".

La multitud seguía vitoreando en la Plaza de San Pedro, pero en su pecho ardía un fuego que ni el frío mármol del Vaticano podía apagar...


Fuente de Cantos, 9 de mayo de 2025. Imagen del Papa León XIV.


viernes, 2 de mayo de 2025

Cuentos para dormir; el arco iris triste

Había una vez un arco iris que vivía en lo alto del cielo, entre nubes grises y gotas de lluvia. Aunque era hermoso, con colores que bailaban en el viento, se sentía triste. Siempre que aparecía, era porque llovía, y el sol apenas asomaba un instante antes de volver a esconderse.

"¿Por qué no puedo vivir bajo un cielo azul como los demás colores?", suspiraba.

Un día, una niña lo vio desde su ventana mientras llovía. Corrió afuera, se mojó los pies y levantó los brazos hacia él.

"¡Eres lo más bonito que he visto!", gritó.

El arco iris se sorprendió. Nadie le había dicho algo así antes. Desde ese día, empezó a prestar atención: a los niños que lo señalaban, a las fotos que le tomaban, a los silencios que provocaba en medio del mundo ruidoso.

Y entonces lo entendió: no era triste aparecer con la lluvia… porque él era la promesa de que el sol volvería.


Marbella, 2 de mayo de 2025. Imagen libre en la red.


viernes, 25 de abril de 2025

Microrrelato; Te rompiste

Te observaste al espejo una mañana y no reconociste a quien devolvía la mirada. Los días se habían vuelto grises, el alma te pesaba más que los pasos, y cada suspiro era una rendición silenciosa. Lo que antes amabas ahora dolía, y las lágrimas se convirtieron en rutina. Perdiste. Perdiste ganas, sonrisas, confianza… Te rompiste.

Te rompiste en mil pedazos sin que nadie lo notara. Pero en el silencio, empezaste a recoger los fragmentos. Uno a uno. Con temblores, con miedo, con cicatrices. Aprendiste a hablarte con ternura, a reconstruirte sin prisas, a perdonarte.

Y en el momento más oscuro, cuando pensaste que ya no quedaba nada, lo entendiste:  

Te rompiste...y por ahí entró la luz.


Cabeza la Vaca, 25 de abril de 2025. Imagen libre en la red.





viernes, 18 de abril de 2025

Microrrelato; El encuentro

Una vez —o tal vez muchas— se encontraron en un banco solitario dos figuras antiguas:  "el Tiempo", con el rostro arrugado por la eternidad, y "el Dinero", con la sonrisa pulida de quien siempre se hace desear.

No hablaban a menudo, pero cuando lo hacían, el mundo se detenía a escuchar.

—Tú y yo — dijo el Dinero, con voz de metal— somos los motores del mundo. Pero se engañan creyendo que soy yo quien manda.

"Porque tú haces más ruido" —respondió el Tiempo, con tono suave—. "Yo solo paso".

El Dinero se acomodó, cruzando las piernas con elegancia.

—Conmigo se compran techos, comidas, experiencias, incluso comodidad. La gente me persigue porque cree que les doy libertad.

"Pero no los liberas" —dijo el Tiempo—. Solo les das opciones. La libertad no está en elegir entre cosas, sino en saber cuánto de sí están entregando por ellas.

—¿Insinúas que soy una trampa?

"Digo que eres un reflejo. Lo que alguien hace contigo revela lo que valora. Pero conmigo… conmigo no hay espejo: solo fin. Solo límite."

El Dinero bajó la mirada un instante. Cosa rara.

—También te temen a ti —dijo, más despacio—. Tal vez por eso me buscan tanto. Para olvidarse de que tú existes.

El Tiempo asintió. No con orgullo, sino con resignación.

"Me gastan sin darse cuenta. Me derrochan pensando que me sobra. Hasta que un día despiertan y ven que ya no estoy. Y entonces vienen por ti, buscando comprar lo que ya no les puedo dar."

—Y yo —confesó el Dinero, casi con pesar— no puedo darlo. No puedo comprar una hora que no llegó, ni un momento que no se vivió.

Ambos se quedaron en silencio.  

Frente a ellos pasaba gente: unos corriendo, otros esperando, algunos con prisa, pocos con pausa.

—Quizá —dijo el Dinero al fin— deberían aprender a usarnos juntos.

"Quizá" —respondió el Tiempo— "deberían recordar que tú puedes guardarse. Yo no."

El viento sopló entre los árboles.  

Y como siempre, el Tiempo se fue primero.  

Sin apuro, sin anuncio, como todo lo que es verdaderamente valioso.

El Dinero se quedó solo.  

Brillaba… pero no bastaba.


Marbella, 18 de abril de 2025. Imagen libre en la red.



viernes, 11 de abril de 2025

Teoría de los globos

Me llegó ayer la reflexión, como a muchos nos pasará, de cual es la forma más ágil de encontrar la felicidad. Bien es sabido, que no hay una manera única de encontrarla, máxime cuando la felicidad no es fácil convertirla en un estado duradero, pues suele ser una sensación momentánea. Pero aún así, la mayoría de la gente trata de centrar todos sus comportamientos individuales en ser feliz, y es posible que aquí esté el error. 

Como digo, se trataba de una reflexión, pero como en todas ellas, no viene mal encontrar el cuento o la fábula que mejor explique que, el comportamiento colectivo, más que el individual, puede ser una herramienta perfecta para encontrar la ansiada felicidad. Y aquí va el cuento, que lo conocí hace bastante tiempo y cuyo autor desconozco;

En cierta ocasión, unos alumnos le preguntaron a su profesor cómo se podía alcanzar la felicidad. El maestro pensó durante unos momentos la mejor manera de explicárselo y, poco después, les entregó un globo de color rojo a todos los alumnos de la clase y les pidió que lo inflaran y que escribieran con rotulador negro su nombre en él.

Cuando terminaron, el profesor les pidió que lanzaran sus globos al aire por la clase y que salieran fuera del aula. El profesor mezcló todos los globos. Cuando pasaron unos minutos, les pidió que regresaran a la clase y les dijo:

– Tenéis que encontrar vuestro globo en menos de medio minuto.

Con gran alboroto cada alumno intentó recuperar el globo con su nombre, pero, como todos los globos eran rojos, no resultaba fácil y, corriendo de un lado para otro, se desesperaban y resultaba cada vez más difícil que alguno encontrase su globo. Pasado el tiempo, el maestro les gritó que parasen:

–¡Parad! Vamos a comenzar de nuevo. Coged el globo que tengáis más cerca y entregádselo a su dueño.

Así lo hicieron y todos los alumnos recuperaron su globo en menos de medio minuto. Entonces, el maestro añadió:

– Ya habéis visto lo que ha ocurrido. Al buscar vuestro propio globo, habéis perdido mucho tiempo y os habéis puesto nerviosos, pero cuando os habéis ayudado unos a otros, la tarea se ha podido completar rápidamente. Estos globos son como la felicidad. Si nos centramos únicamente en buscar la nuestra, tardaremos mucho tiempo en encontrarla. Sin embargo, si ayudamos a los demás a encontrar la suya, lograremos la nuestra más fácilmente.


Marbella, 11 de abril de 2025. Imagen libre en la red.


viernes, 4 de abril de 2025

Microrrelato; La lechuza

Había un hombre llamado Tomás, conocido por todos en el manicomio por sus ideas extrañas y su peculiar obsesión con las aves. Cada noche, al caer el sol, se sentaba en su ventana, mirando en silencio las estrellas. Pero lo que realmente lo hacía suspirar, no era el cielo estrellado, sino una lechuza. Una lechuza que aparecía siempre a la misma hora, con sus grandes ojos dorados que parecían brillar en la oscuridad. Tomás estaba convencido de que ella era su alma gemela, el amor de su vida.

La lechuza nunca se le acercaba, pero Tomás la observaba con devoción. La miraba durante horas, hasta que el sueño comenzaba a apoderarse de él. Sus ojos se cerraban lentamente, pero su corazón seguía latente, esperando que ella viniera más cerca, tal vez algún día, tal vez esa noche. Sin embargo, la lechuza siempre mantenía su distancia, y Tomás, con los párpados pesados, caía dormido antes de que pudiera escuchar su canto.

Durante el día, Tomás vivía como un hombre agotado. Sus compañeros de manicomio le preguntaban por qué siempre tenía tanto sueño, pero él solo sonreía y decía: “Es que ella aparece cuando todos duermen… y yo tengo que esperarla”. Nadie entendía a qué se refería, pero eso a Tomás no le importaba. Su amor nocturno era suyo y solo suyo, un secreto compartido con la luna y el viento.

Una noche, Tomás decidió que no caería dormido esta vez. Se quedó despierto, mirando fijamente la oscuridad, esperando que la lechuza viniera. Pasaron las horas, pero ella no apareció. El cansancio comenzó a envolverlo, pero él no quería rendirse. "Si no viene hoy, vendrá mañana", pensó, cerrando los ojos por un momento. Cuando los volvió a abrir, ya era demasiado tarde. La lechuza se había posado en el árbol frente a su ventana, pero él estaba tan dormido que no pudo verla.

Al despertar, Tomás se dio cuenta de que la lechuza ya no aparecía. El amor que él había esperado durante tantas noches parecía haberse desvanecido, como un sueño que se esfuma al alba. A partir de entonces, ya no esperó más. Aprendió a dormir por la noche, sin buscar nada más que el descanso. Porque, al final, comprendió que algunas cosas solo existen en la quietud del sueño, y que, a veces, es mejor dejar ir lo que nunca estuvo realmente cerca.


Fuente de Cantos, 4 de abril de 2025. Imagen libre en la red.