viernes, 26 de junio de 2026

Tempus fugit

Mientras conducía, venía escuchando un podcast muy interesante entre dos contertulios que han decidido poner en el lugar adecuado la evolución para sus logros. Ambos coincidían en que cada vez más personas empiezan a sentir que la vida no puede consistir únicamente en correr detrás del éxito, del reconocimiento o del poder. Durante mucho tiempo nos han enseñado que avanzar significa acumular: más dinero, más logros, más influencia, más prestigio. Pero en esa carrera, muchas veces se pierde algo mucho más valioso: la capacidad de disfrutar de lo sencillo, de estar presentes, de vivir sin tener que demostrar nada constantemente.

Quizá por eso empieza a crecer una forma distinta de mirar la vida. Los jóvenes ya no quieren puestos de responsabilidad porque en ello, va el sacrificio del tiempo. Hay quienes ya no quieren parecerse a lo que la mayoría admira, si ese modelo exige sacrificar la calma, la salud, la familia, la amistad o la paz interior. No se trata de renunciar a los sueños, sino de preguntarse qué precio estamos dispuestos a pagar (o a cobrar en salario) por ellos. Porque no todo lo que brilla nos acerca a una vida plena, y no todo lo que parece pequeño carece de valor.

El verdadero lujo quizá sea tener tiempo de calidad: tiempo para conversar sin mirar el reloj, para jugar con un hijo, para caminar sin destino, para escuchar, para descansar, para estar. Tiempo para vivir de una manera que no dependa únicamente de la aprobación externa. En un mundo que empuja a competir, elegir la serenidad puede ser un acto de valentía.

"Tempus fugit": el tiempo huye. Y precisamente por eso conviene recordar que la vida no se mide solo por lo que conseguimos, sino por aquello que fuimos capaces de sentir, cuidar y disfrutar mientras el tiempo pasaba.


Marbella, 26 de junio de 2026. Imagen libre en la red.



viernes, 19 de junio de 2026

Conversación entre princesas

Había una vez una niña de tres años que caminaba por un castillo lleno de luces, canciones y risas. Llevaba los ojos muy abiertos, como si dentro de ellos cupiera todo el cielo, pues aún cualquier tipo de magia puede sorprenderla,. De pronto, al pasar junto a un jardín encantado, escuchó unas voces suaves: eran dos princesas hablando bajito, como hablan las estrellas cuando nadie las mira.

Una princesa decía: “A veces tengo miedo de no ser valiente”. La otra respondió: “Ser valiente no significa no tener miedo; significa dar un pasito aunque el miedo venga contigo”. La niña se quedó quieta, abrazando su muñeca, y entendió algo muy importante, aunque todavía no supiera explicarlo con palabras grandes.

Entonces una de las princesas la vio, se agachó y le sonrió. “Tú también eres una princesa”, le dijo. “No por tu vestido, ni por tu corona, sino porque dentro de ti hay una luz que nadie más tiene igual”. La niña sonrió despacito, como si acabaran de regalarle un secreto.

Y desde aquel día, cada vez que algo le daba miedo, recordaba aquella conversación entre princesas y se decía: “Puedo dar un pasito”. Porque incluso las niñas pequeñas tienen un corazón enorme, y dentro de ese corazón vive una fuerza mágica que crece cada vez que creen en sí mismas.


Cabeza la Vaca, 19 de junio de 2026. Fotografía de Jesús Apa.



viernes, 12 de junio de 2026

El mundo de Frozen... y de cualquiera

Ha sido cuando he estado en Disneyland Paris con mi hija en su cumple de tres años, que comprendí que hay lugares que no se visitan: se atraviesan como quien cruza una puerta hacia la infancia.

Ella iba caminando alegre, con un vestido azul de Elsa, que se pone cada vez que le apetece, y su pelo ondulado que le caía por el hombro como una promesa. Desde que habíamos salido del hotel no había hablado de otra cosa que no fuera Frozen. Frozen en el desayuno, Frozen en la cola de entrada, Frozen mientras señalaba castillos, globos, orejas de Mickey y niñas vestidas como princesas que, a sus ojos, no eran niñas, sino habitantes legítimas de un reino encantado.

Cuando por fin vio a Elsa, se quedó inmóvil.

No fue un grito ni una carrera. Fue silencio. Un silencio pequeño, redondo, sagrado. Mi hija, que normalmente lo pregunta todo y lo toca todo, se llevó las manos al pecho y abrió los ojos como si acabara de descubrir que la magia no era una palabra inventada por los adultos para entretenerla, sino algo real que llevaba esperándola toda la mañana.

Elsa se inclinó para saludarla. Mi hija apenas contestó. Solo sonrió, con esa timidez que tienen los niños cuando se encuentran de frente con sus propios sueños.

Después vino la música. “Let It Go” sonó en algún rincón del parque, y ella empezó a mover los brazos arreando su vestido, como si también pudiera construir un palacio de hielo a las afueras de Paris. Apenas se escuchaba su voz en tanto tumulto, claro. Tiene tres años!!. Cambiaba palabras, inventaba sonidos, repetía solo lo que recordaba. Pero había algo profundamente verdadero en su manera de hacerlo. No cantaba para que nadie la escuchara. Cantaba porque no podía evitarlo.

Y entonces pensé en Elsa.

Pensé en esa chica de cuento condenada a ocultar lo que la hace distinta. Pensé en la vergüenza con la que a veces aprendemos a mirar nuestros dones, nuestras rarezas, nuestra temperatura interior. Elsa no huye porque sea mala, huye porque tiene miedo de dañar; porque le han enseñado que lo que brota de ella debe encerrarse, disimularse, controlarse hasta desaparecer.

Mi hija, en cambio, levantaba las manos hacia el cielo sin miedo alguno. Movía su cuerpo como más le gusta hacerlo. Como si nadie la viera o, como si todo el mundo la estuviera observando. Congelaba el aire con la imaginación. Convertía el suelo del parque en nieve. Hacía magia sin pedir permiso.

La miré y sentí una ternura extraña, casi dolorosa. Ojalá pudiera conservar siempre esa libertad. Ojalá nadie le enseñara jamás a pedir perdón por ser intensa, diferente, luminosa, excesiva o fría cuando el mundo espera calor. Ojalá supiera, desde ahora, que no todo lo que asusta a los demás debe ser escondido.

Busqué y leí que, “La reina de las nieves” es un cuento de Hans Christian Andersen publicado por primera vez en el año 1844. Basada en este cuento, Chris Buck y Jennifer Lee dirigieron para Disney la película de animación “Frozen: El reino de hielo” en el año 2013.

En la película, Elsa se avergüenza de tener el poder de convertir en hielo todo lo que toca, hasta el punto de huir sola para no tener contacto con ningún otro ser humano, ni siquiera con los que más ama, entre ellos su hermana pequeña Anna. Es precisamente esta quien va a rescatarla porque la quiere tal como es, algo que Elsa necesita saber y practicar con ella misma.

A Elsa le encanta el frío, ¿por qué debe esconderse y renunciar a su propia naturaleza?

Aquella noche, mientras mi hija se dormía agotada, todavía con la magia en su cabeza y la canción a medio tararear, entendí que quizá crecer consiste en olvidar nuestra propia canción, y vivir consiste en recordarla.

Haz lo mismo que ella: suelta y deja ir. No esperes que nadie vaya a rescatarte, hazlo tú.


12 de junio de 2026, Disneyland, Paris. Fotografía de Jesús Apa.



viernes, 5 de junio de 2026

Las vacas no dan leche

En el día a día de la vida, siempre encontramos obstáculos que afrontar y marcan las circunstancias de nuestra existencia, donde pueden pasar muchas cosas imprevisibles. Salir adelante de algunas de estas situaciones, siendo muy importantes, pueden depender de tu esfuerzo y voluntad de sacrificio. Esa actitud, incluso también te ayuda a afrontar y actuar sobre aquellas cosas que no dependen tanto de ti. 

A medida que va creciendo mi hija, sobre todo en los últimos meses, me voy viendo en la determinación de ir hablando con ella de manera más racional, sobre todo, cuando voy observando su grado de madurez para entender según qué cosas. Y para ello, nada mejor que una historia, un cuento, un aprendizaje... 

Cuentan que un campesino acostumbraba a decirles a sus hijos cuando eran pequeños:

—Cuando tengáis doce años os contaré el secreto de la vida.

Cuando el hijo mayor cumplió doce años, nada más levantarse, impaciente, le preguntó a su padre cuál era el secreto de la vida.

El padre le respondió que se lo iba a decir, pero que no debía revelárselo a sus hermanos hasta que no cumplieran doce años.

—El secreto de la vida es este: "la vaca no da leche".

El hijo de quedó aturdido:

—¿Qué dices? —preguntó incrédulo el muchacho.

—Como lo estás oyendo, hijo. Las vacas no dan leche. Tienes que levantarte todos los días a las cuatro de la mañana, haga frío o calor, ir al campo donde está el ganado, alimentarlas, cuidarlas, limpiar el establo de excrementos y ordeñarlas… Ese es el secreto de la vida. Las vacas, las cabras, las ovejas… no dan leche. Hay que trabajar para obtenerla.

Las cosas no se obtienen solo deseándolas y pidiéndolas... El dinero no cae de los árboles ni la comida llega al plato por arte de magia. Cuando se quiere conseguir algo en la vida: éxito en los estudios, encontrar un trabajo, hacer próspero un negocio, mantener el cuerpo sano, cultivar amistades, superar un fracaso, alcanzar una meta… hay que esforzarse y trabajar para conseguirlo.


Fuente de Cantos, 5 de junio de 2026. Imagen libre en la red.