viernes, 18 de septiembre de 2026

Cualquier tiempo pasado fue mejor...

Ahora que las redes se llenan de fotografías de los años 80 y 90, yo también he vuelto la mirada atrás.

Y aparece esta foto.

La miro y casi puedo escuchar las risas de entonces. Veo a mis amigos, nuestra pandilla, aquellos años en los que parecía que teníamos todo el tiempo del mundo. Éramos unos apasionados de Guns N’ Roses, hasta el punto de bautizarnos como Trabuco’s and Flower.

Entonces escuchábamos November Rain porque nos encantaba.

Hoy, a las puertas de los 50, la escucho de otra manera.

Porque hay canciones que no cambian. Los que cambiamos somos nosotros.

Y quizás de eso se trate la vida: de cambiar.

Miro hacia atrás y, naturalmente, hay cosas que habría hecho de otra manera. Decisiones, errores, personas, momentos… Pero no cambiaría el camino, porque todo lo vivido, lo bueno y lo malo, me ha traído hasta aquí.

A estas alturas empiezo a comprender que mirar atrás no significa querer regresar. Significa recordar de dónde vienes para entender mejor quién eres y, sobre todo, quién quieres seguir siendo.

Porque acercarse a los 50 no debería significar dejar de cambiar. Al contrario.

Quiero seguir cambiando.

Pero cambiando para bien.

Quiero quedarme con lo aprendido y desprenderme de aquello que ya no necesito. Dar más importancia a las personas que a las cosas. Perder menos tiempo en lo que no merece la pena. Equivocarme, reconocerlo y aprender. Escuchar más. Juzgar menos. Disfrutar de los míos. Y no dejar para mañana tantos abrazos, conversaciones o momentos que la vida nunca nos garantiza que podamos repetir.

Con los años también descubres que la vida tiene sus propios noviembres. Épocas de frío y lluvia en las que toca caminar un trecho a solas. Y entiendes aquello que de joven apenas intuías: todos necesitamos alguna vez nuestro tiempo.

Tiempo para pensar.

Para recordar.

Para poner en orden lo vivido.

Y también para decidir hacia dónde queremos seguir caminando.

Hoy miro esta fotografía y veo a unos jóvenes que todavía no conocían los noviembres que les esperaban. Estaban allí, juntos, riendo, viviendo el momento sin saber que aquel instante aparentemente cualquiera terminaría convirtiéndose, muchos años después, en un pequeño tesoro.

Y eso es lo hermoso de mirar atrás.

No hacerlo para vivir de la nostalgia, sino para recordar que fuimos aquellos jóvenes, que recorrimos todo este camino y que todavía seguimos aquí, con la posibilidad de escribir muchas páginas más.

Si pudiera entrar unos segundos en esta fotografía, no les contaría lo que va a suceder.

Solo les diría:

Quedaos un rato más.

Reíd un poco más fuerte.

Poned otra canción.

Y disfrutad del camino.

Porque un día estaréis a las puertas de los 50 y comprenderéis que la vida pasó mucho más deprisa de lo que imaginabais.

Y quizá entonces descubráis algo todavía más importante:

que cumplir años no consiste en dejar atrás a quien fuiste, sino en agradecerle el camino recorrido y seguir trabajando en la persona que todavía quieres llegar a ser.

Hoy miro atrás con nostalgia.

Miro el presente con gratitud.

Y miro hacia delante con ganas de seguir cambiando.

Siempre cambiando. Pero siempre, para bien.

Y cuando vuelva a sonar November Rain, allí estarán otra vez los amigos, las risas, la juventud y aquellos Trabuco’s and Flower que creían tener todo el tiempo del mundo.

Quizá no lo tuvimos.

Pero tuvimos aquel tiempo.

Tenemos este.

Y mientras quede camino, todavía estamos a tiempo de ser mejores.


Marbella, 18 de septiembre de 2026. Fotografía de Juan Pablo. 


 

viernes, 11 de septiembre de 2026

El carro del supermercado

Hoy he escuchado en la radio una reflexión sobre algo aparentemente trivial: qué hacemos con el carro del supermercado cuando terminamos de usarlo.

Hay quienes lo llevan hasta su sitio. Y hay quienes, después de vaciarlo, lo abandonan donde les viene bien: entre dos coches, junto a una acera o en mitad del aparcamiento. Al fin y al cabo, podrían pensar, alguien vendrá después a recogerlo.

Y quizá la vida se parezca bastante a ese aparcamiento.

Porque ser buena persona no consiste solamente en no hacer daño. Muchas veces consiste en no dejar a los demás aquello que nosotros podríamos haber dejado resuelto.

Devolver un carro no tiene premio. Nadie te felicita por hacerlo. No hay una cámara esperando para reconocer tu gesto ni una recompensa al final del aparcamiento. Simplemente lo haces porque sabes que es lo correcto. Porque piensas en quien llegará después. Porque entiendes que tu comodidad no tiene por qué convertirse en la incomodidad de otro.

Y ahí, precisamente, creo que habita buena parte de la bondad.

Las buenas personas van por la vida recogiendo sus pequeños carros. Procuran no dejar atravesados sus problemas en el camino de los demás. Piden perdón cuando se equivocan. Dan las gracias. Cumplen su palabra. Devuelven lo que les prestaron. Intentan no ensuciar aquello que encontraron limpio y, cuando pueden, dejan las cosas un poco mejor de como las encontraron.

No porque alguien las esté mirando.

Sino porque ellas sí miran a los demás.

Quizá no podamos saber si alguien tiene buen o mal corazón únicamente por dónde deja un carro de supermercado. Todos tenemos un mal día, una prisa, un despiste. Pero hay algo revelador en esos pequeños actos que hacemos cuando creemos que no importan.

Porque el carácter rara vez se demuestra en los grandes discursos. Se va escribiendo en gestos diminutos, casi invisibles.

Al final, vivir con bondad quizá sea precisamente eso: avanzar procurando que nuestro paso por el mundo no obligue a los demás a ir recogiendo constantemente lo que nosotros dejamos tirado.

Y, si es posible, devolver siempre el carro a su sitio.


Marbella, 11 de septiembre de 2026. Fotografía libre en la red.


viernes, 4 de septiembre de 2026

Cambalache

Que el mundo fue y será una porquería, ya lo sé...

En el quinientos seis, y en el dos mil también!!...

Hay épocas en las que uno sospecha que la sociedad no avanza: simplemente cambia de escaparate. Cambian los teléfonos, los discursos, las modas y las consignas, pero la vieja confusión entre lo valioso y lo miserable sigue entrando por la misma puerta, solo que ahora con mejor iluminación y conexión wifi.

Vivimos rodeados de opiniones instantáneas, indignaciones de temporada y personajes que un día son ejemplo y al siguiente mercancía vencida. Se premia al que grita antes que al que piensa, al que aparenta antes que al que construye, al que sabe exhibirse antes que al que sabe estar. Y mientras tanto, la honestidad —esa virtud poco fotogénica— sigue llegando tarde a casi todas las celebraciones.

Por eso aquel viejo tango conserva algo inquietantemente actual: esa sensación de que el mérito, la decencia y la impostura terminan mezclados en el mismo mostrador. No porque todo sea igual, sino porque hemos aprendido a tratarlo como si lo fuera. Nos escandaliza el engaño, pero admiramos al astuto; criticamos la corrupción, pero celebramos al que “sabe moverse”; pedimos principios, siempre que no nos incomoden demasiado.

Tal vez el verdadero cambalache no esté en el mundo, sino en la facilidad con la que aceptamos sus reglas. Y quizá la única forma de no perdernos en él sea seguir haciendo algo tan poco espectacular como necesario: distinguir, pensar, elegir bien y conservar la decencia incluso cuando parece que nadie la está mirando.


Marbella, 4 de septiembre de 2026.




viernes, 28 de agosto de 2026

El poeta cansado

Me quedé mirando una nube con la intención de no pensar en nada.

Primero fue un barco. Después un caballo. Luego una isla que parecía alejarse sin moverse. El viento le cambió la forma y tuve que empezar de nuevo.

Durante un rato intenté decidir qué estaba viendo.

Al final comprendí que solo era una nube.

Pero para entonces ya había viajado medio mundo sin levantarme de la silla.

Ser poeta es agotador.

Uno mira al cielo cinco minutos y vuelve con exceso de equipaje.


Fuente de Cantos, 28 de agosto de 2026. Imagen libre en la red.


viernes, 21 de agosto de 2026

Amor en un candado II: Doce años después

Casi doce años.

Lo escribo y me parece mucho. O poco. Depende de para qué.

En 2014 escribí sobre el amor y los candados. Me preguntaba cuánto duraría realmente cerrado uno de aquellos pequeños trozos de metal donde dos enamorados escribían sus iniciales convencidos de que el óxido tardaría más en llegar que el desamor.

Por entonces imaginaba a Romeo y Julieta conquistándose en Facebook. Hoy Romeo seguiría a Julieta en Instagram, reaccionaría a sus historias y, antes de escribirle, probablemente ella ya habría investigado sus fotos, sus seguidores y, sobre todo, quién es esa chica que le pone corazones a todo.

Después llegarían WhatsApp, los mensajes hasta la madrugada, los audios interminables, los buenos días y ese maravilloso “avísame cuando llegues”. Porque las cosas cambian, pero nosotros no tanto: seguimos necesitando sentir que alguien, entre millones de personas, está pensando precisamente en nosotros.

También cambiaron las despedidas. Ahora existe el ghosting, una palabra muy moderna para algo tan antiguo como la cobardía: desaparecer sin explicar nada. Pasar de “eres especial” a un mensaje leído y dos tics azules.

Nunca habíamos tenido tanta información sobre alguien y, curiosamente, nunca habíamos tenido tantas dudas.

Y sin embargo, hay que seguir creyendo en el amor.

Quizá porque con los años he entendido que el verdadero amor tiene poco que ver con los candados. Un candado se cierra; el amor, cuando es bueno, debería abrir: caminos, conversaciones, espacios y maneras nuevas de mirar la vida.

A veces pienso en aquellas parejas que dejaron sus iniciales en un puente. Algunas seguirán juntas. Otras no se hablarán desde hace años. Pero también he aprendido algo: no todo lo que termina fue mentira.

Hay amores que duran toda una vida y otros apenas una estación. Y ambos pueden haber sido verdaderos.

Por eso, cuando hoy encuentro un puente lleno de candados, ya no me pregunto cuántas parejas seguirán juntas. Prefiero pensar que, al menos durante aquel instante, dos personas estuvieron convencidas de querer compartir su camino.

¿Ha cambiado el amor en estos doce años? Claro!.

Tenemos nuevas aplicaciones, nuevas palabras y nuevas maneras de hacernos daño. Pero seguimos queriendo lo mismo: que alguien nos elija, nos espere, nos pregunte si hemos llegado bien y nos quiera cuando ya no quedan filtros ni historias que publicar.

Si hoy volviera a colocar aquel candado, no escribiría “para siempre”.

Es demasiada responsabilidad para un pequeño trozo de metal.

Escribiría algo más sencillo:

“Mientras estemos aquí, que sea de verdad.”


Marbella, 21 de agosto de 2026. Pont des Arts, París. 


viernes, 14 de agosto de 2026

El eclipse

El eclipse que hemos podido ver en España estos días atrás, me recuerda que incluso aquello que parece opuesto puede encontrarse y crear algo extraordinario. La luz y la sombra, tan distintas entre sí, se cruzan por un instante y dibujan en el cielo una imagen capaz de detener nuestras prisas y hacernos mirar hacia arriba.

También en la vida necesitamos caracteres diferentes. Hay personas que iluminan, otras que cuestionan; unas nos dan calma y otras nos sacuden. No siempre pensamos igual, sentimos igual ni caminamos al mismo ritmo, pero precisamente ahí puede estar la belleza: en aprender a coincidir sin tener que parecernos.

Porque quizá convivir no consista en buscar personas idénticas a nosotros, sino en descubrir qué formas nuevas podemos crear cuando nuestras diferencias se encuentran. Como en un eclipse, a veces la belleza no nace de que una luz elimine a la otra, sino de que, por un momento, ambas sepan ocupar juntas el mismo cielo.


Marbella, 14 de agosto de 2026. Imagen libre en la red














viernes, 7 de agosto de 2026

El Avatar

En la Convención Nacional de Servidores de la Patria —nombre oficial del encuentro anual de quienes llevaban décadas sirviéndose de ella— el diputado Leoncio recibió la Medalla a la Transparencia, una pieza de oro macizo cuyo costo, por razones de transparencia, jamás fue publicado. Ministros, senadores, alcaldes y asesores lo aplaudieron durante siete minutos, aunque ninguno supo explicar exactamente qué mérito se premiaba. Eso sí, todos coincidieron en que era un reconocimiento «más que merecido», frase de gran utilidad cuando nadie quiere hacer preguntas.

Al salir del recinto, Leoncio encontró la avenida bloqueada por una marcha de elefantes de un circo. Indignado porque el tráfico no reconocía su investidura, pidió al chófer que parara y tiró con violencia de la cola de una elefanta. El animal, ignorante de protocolos, fueros y comisiones de ética, lo levantó con la trompa, lo estrelló contra el suelo y, para rematar el desacato, depositó sobre su traje italiano todo lo que su aparato digestivo consideró pertinente. La elefanta fue detenida de inmediato por atentado contra la autoridad, resistencia, alteración del orden público y, después de una reforma exprés del Código Penal, «humillación agravada de representante electo».

La condenaron a ocho años. Pero algo extraño ocurrió. La gente comenzó a llevar flores al zoológico donde cumplía sentencia. Aparecieron camisetas, tazas, llaveros y pegatinas con su figura. «La única que hizo rendición de cuentas», decía una de las más vendidas. El Gobierno protestó porque aquello fomentaba el desprestigio institucional; la oposición, indignadísima, defendió a la elefanta hasta descubrir que podía ganar votos con ella. Entonces imprimió millones de carteles con su imagen y el lema: «Nosotros sí vamos a limpiar el país».

Ganaron las elecciones. La elefanta fue indultada, condecorada y nombrada símbolo nacional del cambio. Cuatro años después, el nuevo gobierno había duplicado los asesores, triplicado los contratos de confianza y perfeccionado exactamente las mismas mañas que había prometido combatir. Cuando alguien propuso volver a sacar la imagen de la elefanta para la siguiente campaña, un veterano estratega negó con la cabeza: "Imposible. Ya representa a la oposición". Y así, mientras unos y otros discutían de quién era el animal, el país descubrió que en política hasta la mierda cambia de dueño, pero rara vez de olor.


Marbella, 7 de agosto de 2026. Imagen libre en la red.