viernes, 20 de marzo de 2026

Cuentos para dormir; el cuervo

Al borde de un bosque de pinos, robles y castaños vivía Lola, una niña que sabía distinguir el sonido del viento entre las ramas, del crujido tímido de un ciervo entre los helechos. Una mañana justo antes que llegara la primavera, mientras recogía moras cerca de su cabaña, un cuervo negro como la noche se posó en la cerca y la observó con ojos brillantes. Lola recordó enseguida lo que le habían dicho tantas veces los mayores del pueblo: que los cuervos traían mala suerte, que anunciaban desgracias y que era mejor ahuyentarlos antes de que se quedaran demasiado tiempo. Pero aquel cuervo no graznó con aspereza ni agitó las alas como una sombra amenazante; solo inclinó la cabeza y la miró como si tuviera algo importante que decir.

—"No creas todo lo que repiten quienes nunca miran de cerca" —dijo el cuervo, con una voz serena que parecía hecha de hojas secas y lluvia fina—. "No soy un mal augurio. Soy, más bien, una señal para quienes están a punto de atreverse. Solo las personas que no temen a los nuevos retos aceptan la visita de aves como yo". Lola, aunque sintió un escalofrío, no dio un paso atrás. En lugar de echarlo, se sentó en un tronco cubierto de musgo y le preguntó qué quería decir con aquello. El cuervo abrió sus alas despacio, como si desplegara un secreto, y le habló de senderos no recorridos, de puertas invisibles que solo se abrían para quien se animaba a cambiar, y de lo mucho que el bosque escondía para quienes sabían escuchar.

Desde aquel día, el cuervo empezó a visitarla cada amanecer. Picaba con su pico en el cristal de la ventana y así llamaba la atención de Lola para avisar que ya estaba allí. A veces la guiaba por caminos nuevos entre los árboles; otras, la animaba a cruzar arroyos que antes le parecían demasiado hondos o a subir colinas desde las que podía ver el bosque entero encendido por el sol. Con él, Lola aprendió que el miedo no siempre era una señal para detenerse, sino, muchas veces, el borde mismo de algo maravilloso. Y cuanto más confiaba en aquella extraña amistad, más fuerte, más curiosa y más valiente se sentía.

Cuando en el pueblo la vieron regresar una tarde con ramas de acebo, historias de lugares desconocidos y una sonrisa distinta, le preguntaron qué había cambiado. Lola alzó la vista hacia el cuervo, que la esperaba en la rama más alta de un roble, y respondió que no todas las sombras anuncian oscuridad: algunas llegan para enseñarte a mirar más lejos. Desde entonces, cada vez que un cuervo cruzaba el cielo del bosque, ella ya no pensaba en desgracias, sino en desafíos, en caminos nuevos y en el coraje silencioso de quien se atreve a recibir lo desconocido sin apartar la mirada.


Marbella, 20 de marzo de 2026. Imagen libre en la red.


No hay comentarios:

Publicar un comentario