viernes, 13 de marzo de 2026

Cuentos para dormir; sopa de letras

Cada lunes, cuando Cata se sentaba a cenar, la sopa de letras parecía más callada que la casa. Su mamá dejaba el plato humeante sobre la mesa, le daba un beso en la frente y sonreía de ese modo que usan los mayores cuando también extrañan a alguien. Entonces, mientras la cuchara abría pequeños caminos entre el caldo, las letras comenzaban a reunirse despacito, como barquitos obedientes, hasta formar un mensaje en la superficie: “PAPÁ TE QUIERE”. Cata abría mucho los ojos, miraba a su madre, pero ella solo decía: “Cómetela antes de que se enfríe”.

Al día siguiente, las letras volvieron a hacerlo. Esta vez escribieron: “TE ECHO DE MENOS”. Cata sintió que el pecho le daba un brinquito, igual que cuando oía la llave de su papá en la puerta los viernes por la noche. Él trabajaba lejos de lunes a jueves, en un pueblecito lejano, y aunque hablaban por teléfono antes de dormir, no era lo mismo que sentir sus abrazos grandes y su barba haciendo cosquillas. Pero aquella sopa parecía saberlo todo. Cada noche, el caldo guardaba una frase nueva, tibia y brillante, como si el amor hubiera aprendido a deletrearse.

Pasaron los días, y Cata empezó a esperar la cena con una ilusión secreta. Un miércoles leyó: “CUENTO LOS DÍAS PARA VERTE”. El jueves, antes incluso de probar la primera cucharada, encontró: “MAÑANA VUELVO A CASA”. Entonces entendió que la sopa no era magia cualquiera: era una especie de puente. Quizás las palabras viajaban escondidas en el vapor, o tal vez su papá las soplaba desde tan lejos que llegaban flotando hasta su plato. Cata sonrió, tomó la cuchara y, con mucho cuidado, movió unas letras hasta responder en el borde del caldo: “YO TAMBIÉN, PAPÁ”.

A la noche siguiente, cuando sonó por fin la puerta, la pequeña salió corriendo y se lanzó a los brazos de su padre. Él la apretó fuerte, como si quisiera recuperar en un segundo todos los abrazos perdidos de la semana. Durante la cena, ella miró su plato con curiosidad, pero la sopa de letras no escribió nada. Ya no hacía falta. El mensaje más importante estaba allí, sentado a su lado, riéndose cansado y feliz, llenando la casa con esa presencia que ningún caldo podía imitar. Y aun así, Cata, antes de terminar, creyó ver dos letras flotando juntas en la superficie: "T y A". Como un último guiño. Como un “te amo” que nunca dejaba de llegar.


Marbella, 13 de marzo de 2026. Imagen libre en la red.


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