En la Convención Nacional de Servidores de la Patria —nombre oficial del encuentro anual de quienes llevaban décadas sirviéndose de ella— el diputado Leoncio recibió la Medalla a la Transparencia, una pieza de oro macizo cuyo costo, por razones de transparencia, jamás fue publicado. Ministros, senadores, alcaldes y asesores lo aplaudieron durante siete minutos, aunque ninguno supo explicar exactamente qué mérito se premiaba. Eso sí, todos coincidieron en que era un reconocimiento «más que merecido», frase de gran utilidad cuando nadie quiere hacer preguntas.
Al salir del recinto, Leoncio encontró la avenida bloqueada por una marcha de elefantes de un circo. Indignado porque el tráfico no reconocía su investidura, pidió al chófer que parara y tiró con violencia de la cola de una elefanta. El animal, ignorante de protocolos, fueros y comisiones de ética, lo levantó con la trompa, lo estrelló contra el suelo y, para rematar el desacato, depositó sobre su traje italiano todo lo que su aparato digestivo consideró pertinente. La elefanta fue detenida de inmediato por atentado contra la autoridad, resistencia, alteración del orden público y, después de una reforma exprés del Código Penal, «humillación agravada de representante electo».
La condenaron a ocho años. Pero algo extraño ocurrió. La gente comenzó a llevar flores al zoológico donde cumplía sentencia. Aparecieron camisetas, tazas, llaveros y pegatinas con su figura. «La única que hizo rendición de cuentas», decía una de las más vendidas. El Gobierno protestó porque aquello fomentaba el desprestigio institucional; la oposición, indignadísima, defendió a la elefanta hasta descubrir que podía ganar votos con ella. Entonces imprimió millones de carteles con su imagen y el lema: «Nosotros sí vamos a limpiar el país».
Ganaron las elecciones. La elefanta fue indultada, condecorada y nombrada símbolo nacional del cambio. Cuatro años después, el nuevo gobierno había duplicado los asesores, triplicado los contratos de confianza y perfeccionado exactamente las mismas mañas que había prometido combatir. Cuando alguien propuso volver a sacar la imagen de la elefanta para la siguiente campaña, un veterano estratega negó con la cabeza: "Imposible. Ya representa a la oposición". Y así, mientras unos y otros discutían de quién era el animal, el país descubrió que en política hasta la mierda cambia de dueño, pero rara vez de olor.

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