Casi doce años.
Lo escribo y me parece mucho. O poco. Depende de para qué.
En 2014 escribí sobre el amor y los candados. Me preguntaba cuánto duraría realmente cerrado uno de aquellos pequeños trozos de metal donde dos enamorados escribían sus iniciales convencidos de que el óxido tardaría más en llegar que el desamor.
Por entonces imaginaba a Romeo y Julieta conquistándose en Facebook. Hoy Romeo seguiría a Julieta en Instagram, reaccionaría a sus historias y, antes de escribirle, probablemente ella ya habría investigado sus fotos, sus seguidores y, sobre todo, quién es esa chica que le pone corazones a todo.
Después llegarían WhatsApp, los mensajes hasta la madrugada, los audios interminables, los buenos días y ese maravilloso “avísame cuando llegues”. Porque las cosas cambian, pero nosotros no tanto: seguimos necesitando sentir que alguien, entre millones de personas, está pensando precisamente en nosotros.
También cambiaron las despedidas. Ahora existe el ghosting, una palabra muy moderna para algo tan antiguo como la cobardía: desaparecer sin explicar nada. Pasar de “eres especial” a un mensaje leído y dos tics azules.
Nunca habíamos tenido tanta información sobre alguien y, curiosamente, nunca habíamos tenido tantas dudas.
Y sin embargo, hay que seguir creyendo en el amor.
Quizá porque con los años he entendido que el verdadero amor tiene poco que ver con los candados. Un candado se cierra; el amor, cuando es bueno, debería abrir: caminos, conversaciones, espacios y maneras nuevas de mirar la vida.
A veces pienso en aquellas parejas que dejaron sus iniciales en un puente. Algunas seguirán juntas. Otras no se hablarán desde hace años. Pero también he aprendido algo: no todo lo que termina fue mentira.
Hay amores que duran toda una vida y otros apenas una estación. Y ambos pueden haber sido verdaderos.
Por eso, cuando hoy encuentro un puente lleno de candados, ya no me pregunto cuántas parejas seguirán juntas. Prefiero pensar que, al menos durante aquel instante, dos personas estuvieron convencidas de querer compartir su camino.
¿Ha cambiado el amor en estos doce años? Claro!.
Tenemos nuevas aplicaciones, nuevas palabras y nuevas maneras de hacernos daño. Pero seguimos queriendo lo mismo: que alguien nos elija, nos espere, nos pregunte si hemos llegado bien y nos quiera cuando ya no quedan filtros ni historias que publicar.
Si hoy volviera a colocar aquel candado, no escribiría “para siempre”.
Es demasiada responsabilidad para un pequeño trozo de metal.
Escribiría algo más sencillo:
“Mientras estemos aquí, que sea de verdad.”

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