viernes, 4 de enero de 2019

Viajando voy

El hecho de viajar lleva implícito en muchas ocasiones alejarte de tu realidad cotidiana. En el mundo que pisas a diario, pueden ocurrir muchas cosas y seguramente puedas estar en disposición de arreglarlas. Lo peor es cuando ocurren determinadas tragedias (solo desastres materiales) a miles de kilómetros de distancia y sobre las que ya no puedes hacer nada, solamente esperar a que llegues allí y poner a resolver el entuerto. La cuestión es, hasta que llegue ese momento, cómo vivir el resto de días que te quedan en el lugar al que has viajado y no prestar demasiada atención a lo ocurrido.

Pues bien, parece ser que solamente tienes dos opciones; lamentarte diariamente con ese hecho o, al contrario, tratar de quitártelo de la cabeza y dejar que pasen los días y disfrutar de ellos al menos hasta que llegues allí. Y no es fácil, ni mucho menos. Y ojalá no fuera tan complicado, pero lo cierto y verdad, es que lo es. Estaría bien tener un libro de instrucciones para estos casos y que, con sólo leerlo, pudieras llevar todo buen propósito a la práctica.

Entonces es cuando me acuerdo de un escritor admirable con este tipo de cosas; Julio Cortázar. Nadie como él para ser tan pragmático con su literatura. Nadie como él para ridiculizar un problema, afinando su pluma para explicar "Instrucciones para llorar", "conductas en los velorios" o la que ahora viene a cuento, "Viajes", sobre la Historia de Cronopios y Famas, que dice así;

"Cuando los Famas salen de viaje, sus costumbres al pernoctar en una ciudad son las siguientes: Un Fama va al hotel y averigua cautelosamente los precios, la calidad de las sábanas y el color de las alfombras. El segundo se traslada a la comisaría y labra un acta declarando los muebles e inmuebles de los tres, así como el inventario del contenido de sus valijas. El tercer Fama va al hospital y copia las listas de los médicos de guardia y sus especialidades.

Terminadas estas diligencias, los viajeros se reúnen en la plaza mayor de la ciudad, se comunican sus observaciones, y entran en el café a beber un aperitivo. Pero antes se toman de las manos y danzan en ronda. Esta danza recibe el nombre de "Alegría de los Famas".

Cuando los Cronopios van de viaje, encuentran los hoteles llenos, los trenes ya se han marchado, llueve a gritos, y los taxis no quieren llevarlos o les cobran precios altísimos. Los Cronopios no se desaniman porque creen firmemente que estas cosas les ocurren a todos, y a la hora de dormir se dicen unos a otros: "La hermosa ciudad, la hermosísima ciudad". Y sueñan toda la noche que en la ciudad hay grandes fiestas y que ellos están invitados. Al otro día se levantan contentísimos, y así es como viajan los Cronopios.

Las esperanzas, sedentarias, se dejan viajar por las cosas y los hombres, y son como las estatuas que hay que ir a verlas porque ellas ni se molestan".

Y desde entonces, así es como viajando voy, como los Cronopios...


Barco Esperanza, Florianópolis, Brasil. 4 de enero de 2019. Fotografía de Jesús Apa.

viernes, 28 de diciembre de 2018

Mar adentro

Cuando uno está frente al mar puede descubrir la majestuosidad de algo natural y, cómo a pesar de ser inmenso y ruidoso, nos transmite una paz y calma inusual. Uno puede pasar horas y horas observándolo, siempre está ahí, y su comportamiento es siempre el mismo, sencillo pero asombroso. A pesar de que siempre escuchamos un sonido similar, en cualquier mar de las distintas partes del mundo, a veces el mensaje que te da es diferente. Como muchas cosas en esta vida, que no se descubren hasta que no quieres hacerlo o simplemente no estás preparado para ello.

Pasa lo mismo que con la intuición, que cada cual tiene la suya, pero no todo el mundo reacciona igual o se deja llevar por ella, a pesar de que suele ser sabia aunque arriesgada, serena pero a la vez ruidosa, principalmente por todo lo que la rodea. Y ahí está su misterio, en el ruido de las cosas externas que, aunque las ves y las observas tal y como siempre lo has hecho (igual que el mar), tienes que dejar de pensar en ello para poder escuchar el mensaje de tu interior. Así funciona la intuición; como el ruido del mar que, cuando dejas de pensar en él, vienen a ti otro tipo de sonidos y mensajes. El ruido de las olas del mar es el mundo exterior, y lo que existe mar a dentro, viene a ser nuestra intuición. 

Hoy, precisamente a la vera del mar, recordé un cuento muy apropiado, sobre todo para el que siempre ha querido escuchar y confiar en su intuición... Dice algo así:


"El templo había estado sobre una isla, dos millas mar adentro. Tenía un millar de campanas. Grandes y pequeñas campanas, labradas por los mejores artesanos del mundo. Cuando soplaba el viento o arreciaba la tormenta, todas las campanas del templo repicaban al unísono, produciendo una sinfonía que arrebataba a cuantos la escuchaban. 

Pero, al cabo de los siglos, la isla se había hundido en el mar y, con ella, el templo y sus campanas. Una antigua tradición afirmaba que las campanas seguían repicando sin cesar y que cualquiera que escuchara atentamente podría oírlas. 

Movido por esta tradición, un joven recorrió miles de millas, decidido a escuchar aquellas campanas. Estuvo sentado durante días en la orilla, frente al lugar en el que en otro tiempo se había alzado el templo, y escuchó con toda atención. Pero lo único que oía era el ruido de las olas al romper contra la orilla. Hizo todos los esfuerzos posibles por alejar de sí el ruido de las olas, al objeto de poder oír las campanas. Pero todo fue en vano; el ruido del mar parecía inundar el universo. 

Persistió en su empeño durante semanas. Cuando le invadió el desaliento, tuvo ocasión de escuchar a los sabios de la aldea, que hablaban con unción de la leyenda de las campanas del templo y de quienes las habían oído y certificaban lo fundado de la leyenda. Su corazón ardía en llamas al escuchar aquellas palabras... para retornar al desaliento cuando, tras nuevas semanas de esfuerzo, no obtuvo ningún resultado. 

Por fin decidió desistir de su intento. Tal vez él no estaba destinado a ser uno de aquellos seres afortunados a quienes les era dado oír las campanas. O tal vez no fuera cierta la leyenda. Regresaría a su casa y reconocería su fracaso. 

Era su último día en el lugar y decidió acudir una última vez a su observatorio, para decir adiós al mar, al cielo, al viento y a los cocoteros. Se tendió en la arena, contemplando el cielo y escuchando el sonido del mar. Aquel día no opuso resistencia a dicho sonido, sino que, por el contrario, se entregó a él y descubrió que el bramido de las olas era un sonido realmente dulce y agradable. Pronto quedó tan absorto en aquel sonido que apenas era consciente de sí mismo. Tan profundo era el silencio que producía en su corazón... ¡Y en medio de aquel silencio lo oyó! El tañido de una campanilla, seguido por el de otra, y otra, y otra... Y en seguida todas y cada una de las mil campanas del templo repicaban en una gloriosa armonía, y su corazón se vio transportado de asombro y de alegría"

Si deseas escuchar lo que te dice el mar, a lo mejor debes dejar de escuchar siempre lo mismo (el romper de las olas).

Si deseas ver a Dios, mira atentamente la creación. No la rechaces; no reflexiones sobre ella. Simplemente, mírala.

Si tu intuición te ha hablado, no hagas tantas preguntas. Déjate llevar, que a buen seguro te conducirá a un buen lugar...


Praia Mole, Florianópolis, Brasil. 28 de diciembre de 2018. Fotografía de Jesús Apa.

viernes, 21 de diciembre de 2018

El sueño de Santa Claus

Como era habitual por estas fechas, Santa Claus se preparaba para cumplir con los deseos de todos los niños del mundo. Su mujer, la Señora Claus, le ha servido siempre de mucha ayuda a la hora de leer todas las cartas que recibe durante el año, organizar las rutas para apresurarse en dejar los regalos así como de alimentar a los renos y entrenarlos para que ayuden a Santa en su milagrosa tarea. Además, es una gran cocinera y pastelera, y prueba de ello es la hermosa barriga que Santa mantiene cada año.

Pero más que eso, la Señora Claus es un gran apoyo moral para su esposo. Son muchos los años dedicado a esta linda tarea de repartir juguetes por todos los rincones del mundo. Santa, cada vez es más anciano y necesita seguir sintiendo una extraordinaria motivación para este arduo trabajo de la noche del 24 de diciembre. Y ese día, tras amanecer en la lejana y fría Laponia, el ritual es siempre el mismo;

Santa Claus se levanta desde bien temprano, se enfunda en su traje rojo sujetado por un cinturón negro y se calza unas enormes botas del mismo color. Alimenta el fuego de la chimenea mientras su mujer prepara un café y un abundante desayuno para el largo día y noche que espera a su buen esposo. El invierno acaba de llegar y con él la espesa y blanca nieve y aunque cada año es repetitivo, Santa Claus parece estar más nervioso que nunca, quizás conocedor que el paso de los años hace que sea más torpe y lento para realizar su cometido.

Será por eso que la noche del 23 se convierte en la más larga del año para él y, de unos años a esta parte, sus sueños no son que digamos muy buenos.

"Pero Santa, por el amor de Dios. Debes contarme esos sueños pues, si como bien dices, se tratan de malos augurios, solamente contándomelos harás que no se cumplan" - le ruega cada año en esa mañana la Señora Claus.

-- Paparruchas --, gruñe él. -- Qué tendrá que ver contarlo para que se cumpla o no. Eso son supersticiones tuyas. No quiero hacerlo y no se hable más --, sigue Santa Claus diciéndole a su esposa mientras coloca más leña al fuego y así trata de evitar hablar más del tema. 

Se sienta en la mesa y toma su taza de café, bien cargado, humeando, como a él le gusta. Mientras lo bebe, la Señora Claus se levanta y lo abraza por detrás, masajea sus hombros para relajarlo, le acaricia y le susurra dulcemente al oído en un intento más;

"¿De verdad que no quieres contarme esos sueños que tanto te atormentan año tras año para que, de esta forma, no lleguen a cumplirse?".

-- No deberías creer en esas cosas -- le vuelve a decir Santa Claus a su querida esposa. -- Solo son sueños, más bien pesadillas, pero nada más que eso --, 

Santa lleva ya largo rato en el establo preparando a los renos, así que la Señora Claus sale de la casa en su busca ante la extrañeza de esta tardanza y para alertar a su marido que quizás se le está haciendo demasiado tarde. Así como mientras se aproxima al establo, escucha que su esposo está hablando con alguien. Extrañada, piensa para sí;

"Pero, ¿con quién estará hablando? Si aquí solamente vivimos nosotros dos..."

Quizás movida por la curiosidad, o tal vez un poco asustada, decide entrar despacio en el establo de tal manera que su esposo no pueda advertir su presencia. Se esconde tras un gran montón de heno, y asegurada de que no será vista por él, observa como ciertamente habla con alguien. Tuvo que acercarse un poco más para poder descubrir que con quien realmente hablaba era con Rudolph, su reno más viejito y el encargado de dirigir al resto;

"¿Te imaginas Rudolph, si se quedara algún niño sin juguetes!!!? No podemos consentirlo. Este año también lo conseguiremos. Evitaremos que este maldito sueño pueda cumplirse...

La señora Santa, mucho más aliviada ya dentro de casa, a través de la ventana sonreía feliz mientras veía como su querido esposo se colocaba su gorro rojo y, montado en su trineo, un año más, arreaba a sus renos mientras se le escucha decir en voz alta;

"Ohh Ohhh Ohhh...Feliz Navidad..."   




Santana Do Livramento, Brasil, 21 de diciembre de 2018. Fotografía de Jesús Apa.



   





  


viernes, 14 de diciembre de 2018

Creer en uno mismo

Hoy están muy de moda esos programas donde un jurado compuesto por artistas famosos, debe valorar las actitudes y habilidades de distintas personas que, subidas a un escenario, deben mostrar sus dotes en el baile, la música, la danza o cualquiera que sea su destreza y arte con el que pueda destacar sobre los demás. Digamos que, en un pequeño espacio de tiempo deben tratar de convencer al jurado y hacer que crean en ellos. 

No todos salen airosos de esa prueba; los nervios, la tensión contenida, un momento de debilidad o cualquier fallo en algún instante de la actuación, pueden tirar al traste todo el entrenamiento y esfuerzo dedicado y no generar la suficiente confianza en el jurado allí presente para que apuesten por ti. También ocurre a veces que, aunque el aspirante tenga un gran talento, su desconfianza es aún mayor y acaba fracasando porque incluso a él, le cuesta creer en sí mismo y en sus posibilidades.   

Son muchas las veces en las que he asistido a alguna sesión o arenga de motivación. Reconozco que surten efecto siempre y cuando la persona que se encarga de la misma, sabe llegar al oyente. De igual forma reconozco que a ninguna de esas sesiones he asistido "voluntariamente". Siempre ha sido al final de alguna jornada que, desarrollando otros temas de mi interés, no sé por qué motivo pero finalizaban con una de estas sesiones.

Es entonces cuando ese que se hace llamar "coach", se dispone a motivar al público allí presente a través de historias basadas en su propia experiencia, o bien cuenta el gran éxito de algún conocido con un negocio ocurrente pero por el que nadie apostaba, o bien habla de aquel que, tras perder el trabajo, entrar en una profunda depresión y tocar fondo, reflotó su vida con el apoyo de su familia.

Y como digo, este tipo de charlas motivadores suelen surtir un gran efecto en el público pero, siempre acaba ocurriendo lo mismo. Sales de allí eufórico, predispuesto realmente (y esta vez sí) a cambiar tu vida, tu actitud y tus formas de enfocar las cosas, la propia vida, el trabajo o la familia y ya no se te va a poner nada por delante porque a partir de ahora, te vas a comer el mundo. Pero es pasar un día, solo uno, y casi que ya estás perdiendo tal apetito. Pasan dos, tres... y la charla, ya pasó al olvido. 

Por eso que yo siempre pienso que hay algo que jamás se olvida por muchos días, meses o años que pasen. Hay una cosa con la que te levantarás y te acostarás, la tendrás continuamente presente y será, firmemente, lo que hará de ti la persona que siempre quisiste ser. Y no es, ni más ni menos, que creer en uno mismo.

A mi me encanta siempre recordar esta historia que leí hace ya bastante tiempo y que cuenta que...


"Había una joven que sentía pasión por la danza y practicaba sin cesar, soñando con que un día se convertiría en una gran profesional. Cada día anhelaba tener la oportunidad de mostrar su habilidad ante alguien que pudiera cambiar su destino. 

Un día se enteró de que el joven director del prestigioso ballet de un país de larga tradición en este arte se encontraba en su ciudad, en busca de nuevos talentos. La joven se apuntó con enorme ilusión y, llena de entusiasmo, dio varios pasos de baile en su presencia. Cuando terminó, le preguntó al director del ballet: 

— ¿Qué le ha parecido? ¿Cree que tengo talento para convertirme en una estrella de la danza? 

El director la miró a los ojos y le dijo: 

"Lo siento, tú no tienes ningún talento para la danza". 

La joven se alejó llorando y tiró sus zapatillas de baile a un cubo de basura en su camino de vuelta a casa. 

Los años pasaron y aquella mujer aceptó un trabajo sencillo para poder sobrevivir. Se casó y tuvo dos hijos. 

Un día, leyó en el periódico que aquel director que ella conoció años atrás había llegado con su prestigioso ballet para dar una función en su ciudad. Ella acudió entusiasmada y se emocionó al ver la belleza y elegancia con la que se movían las bailarinas. Al finalizar la función, y gracias a que conocía a uno de los empleados que trabajaba en el teatro, pudo acercarse a saludar al director. 

— Buenas noches, usted no se acordará de mí, pero hace muchos años vino usted a esta misma ciudad en busca de jóvenes talentos 

"Si, me acuerdo perfectamente", — contestó el director. 

— Yo quería ser una gran bailarina, pero renuncié a mi sueño porque usted me dijo que no tenía talento. 

"Si, eso se lo digo a todos". 

— ¡Cómo que se lo dice a todos! Yo renuncié a mi carrera de bailarina porque creí lo que me decía. 

— "Naturalmente —replicó el director—, la experiencia me dice que al final los que triunfan son los que dan más valor a lo que ellos creen de sí mismos que a lo que otros creen de ellos." 



Fuente de Cantos, 14 de diciembre de 2018. Imagen libre en la red.








viernes, 7 de diciembre de 2018

El hada y el duende

El pequeño duende al fin decidió salir de su casa y dar un paseo por el bosque. El otoño le había sorprendido con esa rapidez con la que llega, y esa pausa y tranquilidad en la que persiste. Renegado y con actitud enfadada, en su paseo solo veía tristeza y apatía, justo como la imagen que generaba su propia existencia. A buen seguro era consecuencia de que no podía olvidar su reciente desengaño amoroso.

El hada del bosque paseaba alegremente en ese nuevo y apasionante día. Su precioso vestido le llegaba a los pies y enfundaba su figura volando en su dinámico discurrir, al igual que su largo cabello que hacía lo propio con el viento que le golpeaba suavemente. Su sonrisa daba luz a cualquier sendero que transitaba. Aunque ya lo había olvidado, en tiempos atrás también tuvo sus momentos de tristeza y apatía solo que, una hada siempre vuelve a ser hada.

El duende pateaba las hojas caídas a su paso. Con un ánimo seco y agrío, su rostro solo expresaba amargura y desolación. Cabizbajo iba sendero adelante pensando solamente en regresar de vuelta a su casa, encerrarse en ella y así quitar de su vista esa triste estampa que deja el otoño. Era un duende pesimista y negativo.

El hada, en cambio, contemplaba asombrada la belleza que hay detrás del otoño. El ambiente dorado de las hojas que simbolizan la renovación para un nuevo comienzo. Los árboles desnudos y expuestos, los consideraba vivos y entusiasmados con la espera de nuevos brotes verdes. Era un hada optimista y risueña. 

En medio de un camino, el duende paró a descansar sobre una gran roca. Cogió una pequeña rama y se puso a juguetear con el fresco musgo que había bajo su asiento cuando, de repente, empezó a escuchar un ligero sonido musical. Era como un tenue silbido que venía en su dirección. Quedó inmóvil a la espera de ver que quien venía silbando al final del sendero.

El hada comenzó a cantar una canción de amor que su madre siempre le cantaba, y aunque no recordaba por completo la letra, sí que no había podido olvidar las notas musicales de su estribillo y que de pequeña le susurraba su querida madre al oído. 

"El corazón del hada no miente,  cuando descubre el amor, palpitará de manera diferente. No hacen falta príncipes ni reyes, ni tampoco caballeros, puede ser incluso un duende, siempre que sea amor verdadero...."

Era un tono alegre y pegadizo y del cual no podría desprenderse en todo el día pero que de repente cortó en seco cuando se percató de aquel ser...

"¡Por todas las flores del bosque!.- exclamó - ¿Es un duende lo que ven mis ojos?"

El pequeño duende no sabía qué decir.  

"¡Es la primera vez que veo un duende. Pensé que solamente existían en las canciones!. ¿Eres de verdad o lo que estoy viendo solo es un truco del bosque?

El corazón de la hermosa hada comenzó a latir a toda velocidad. El duende, inquieto y en silencio, la miraba observando cada uno de sus movimientos. El hada comenzó a sentir cierto cosquilleo en su barriga. Entonces, bajo un impulso desconocido hasta entonces por ella, sintió el deseo de acercarse al pequeño duendecillo y darle un tímido beso en su mejilla.

El duende rechazando tal acto, se levantó dispuesto a irse camino abajo, pero antes de eso, el hada le preguntó de nuevo:

"¿Por qué un duende tan hermoso como tú, es tan distante y apático con una hada que lo único que pretendía es abrirle su corazón?"

El duende la miró fijamente y esta vez sí, abrió su boca para decirle:

-- Sencillamente, porque no creo en las hadas. No existen --

Ésta, extrañada ante su reacción, al contrario de enojarse, giró sobre sí misma, y le dijo;

"Pues yo desde hoy sí creo en los duendes. Y por supuesto también en las canciones que hablan de ellos", y se marchó cantando esa pegadiza melodía. 

"El corazón del hada no miente....  



Cabeza la Vaca, 7 de diciembre de 2018. Imagen de Jesús Apa.


viernes, 30 de noviembre de 2018

Los micromomentos

Hace pocos días acabé de ver una serie algo antigua, pero me ha encantado por el trasfondo tan actual que llevaba. Sobre todo porque a pesar de ser una serie sencilla, sin grandes recursos ni adornos, va dejando poco a poco pequeños mensajes. Finalmente tú solo vas descubriendo que, hilvanando esos mensajes, acabas consiguiendo descifrar otros muchos que hay escondidos. "A dos metros bajo tierra" es su título, y cuenta de manera sencilla pero pasional la "loca vida" de los miembros de una familia americana que dirige una funeraria en el sótano de su casa.

Parece que todos tienen ciertos problemas mentales, algunos casi esquizofrénicos, pero más tarde vas descubriendo que no dejan de ser gente como tú y como yo, aunque tan distintos como nosotros. Pero sobre todo lo que más me gustó es la repercusión que tienen unos sobres otros con pequeños actos cotidianos y como afectan a la vida de todos. Una frase, un acto cariñoso, una sonrisa, un grito, una mirada, un "hola" o un "adiós" pueden influir más de lo que pensamos. Y es que siempre, detrás de un pequeño acto, puede venir otro, y seguido a éste, otro mas..., y así encadenar muchos de ellos seguidos.

Ayer hablando sobre la adicción a las nuevas tecnologías, me vino una reflexión muy actual. Hoy en día, ya sea por nuestra conexión con las redes sociales, cada vez que tenemos un momento libre, aunque sea pequeño, lo dedicamos a mirar el teléfono. Antes de que tuviéramos teléfono móvil o dispositivos electrónicos, existían lo que denominábamos "Micromomentos", que eran esos instantes que quedaban libres entre unas cosas y otras. Ahora los dedicamos en exclusividad al teléfono.

Esos micromomentos solían estar repartidos, en primer lugar, para nosotros mismos, y el resto del tiempo para los que estaban cerca. Si lo piensas bien, han dejado de existir incluso los primeros. Habría que pensar en recuperar cuanto antes todo eso, eliminar de nuestra vida esos "ladrones de tiempo" que provocan que cada vez dediquemos menos tiempo a las cosas importantes, entre ellas, a disfrutar de esos momentos que antes disponíamos solo para nosotros y a nuestro antojo. Sobre todo, recuperar esos pequeños actos cotidianos para con los demás.

"Nada podrá desconsolarte más al final de tu vida como comprender que solo has usado una pequeña parte de tus capacidades", leí en algún sitio. Y qué cierto es...

La grandeza en la vida no está reservada a ninguna minoría de elegidos, hombres y mujeres de piel perfecta, dentadura irreprochable y regio pedigrí. En este planeta no hay seres humanos especiales. Todos podemos optar por crear una vida de grandeza mediante pequeños actos cotidianos. 

Una vida estupenda, no es más que una serie de días estupendos y bien vividos que se hilvanan como perlas de un collar. Del modo en que vives tus días, así das forma a tu vida. 

Si no lo das todo como persona, si no explotas tu potencial, te habrás traicionado y nunca podrás ser feliz. 

Volcarte cada día, por poco que sea, en la mejora continua puede cambiar tu vida. Pero también la de los que te rodean...

Para sacar lo mejor de nuestra vida no hace falta que llevemos a cabo una transformación total y absoluta, sino que basta con que nos centremos en ser un poco mejores cada día (en todos los aspectos de nuestra existencia). Dedicarnos más tiempo a nosotros, y no a un teléfono, hará que el siguiente paso sea disfrutar de los demás con esos pequeños momentos de calidad.

Haz pequeñas cosas cada día que te satisfagan, desarrolla un poco más tu intelecto, sé más cariñoso, sé más innovador, corre más riesgos, fomenta relaciones más profundas, y sueña aunque solo sea un 1% más. A base de días estupendos llegarás a una vida maravillosa. 

Si buscas a la persona que cambiará tu vida, échale una mirada al espejo y no al teléfono...


Fuente de Cantos, 30 de noviembre de 2018. Fotografía libre en la red.



viernes, 23 de noviembre de 2018

No maten al mensajero

Hay mensajes que curiosamente no llegan a su destino porque el mensajero no es de nuestro agrado, no empatiza con nosotros o simplemente, no nos llena. Pero lo cierto y verdad que la clave está en que siempre escuchamos lo que queremos escuchar, evadiendo y cribando mensajes que no son de nuestro agrado, aunque la realidad sea muy clara y esté todo el tiempo delante de nuestras narices.

En eso pensaba hace unos días cuando, a modo de conferencia, dos payasos trataban de hacer una sesión de automotivación. Parece ser que hay dos tipos de payasos; los de nariz roja son los ingenuos, torpes y tontos. Los que se maquillan con cara blanca son los que tienen mayor rango y autoridad, son elegantes, serios y poco amigos de las bromas.

Éstos eran de los primeros y,  nada más entrar, mi sensación fue pensar que aquellos dos tipos no podrían dejar en nosotros ningún mensaje que nos "calara". Ni tan siquiera algún consejo para tener en cuenta aunque fuera a largo plazo, y vaya que si lo hicieron, además, dándole un toque de humor muy fino y adecuado a todo ese aprendizaje.

Pero lo más curioso es que todo lo que dijeron, absolutamente todo, ya lo sabía. La charla empezaba hablando de cómo ser mejor persona, pasaba a explicar cómo ser más eficaz en tu día a día para ser más feliz, y acababan dándonos una serie de consejos para ir por la vida con menos carga y así disfrutar más del viaje. Cosas sencillas y simples, incluso podrían parecer banales, pero el que fueran expuestas por esos payasos, paradojicamente causaron el efecto idóneo a pesar de que al principio, el mensajero pareciera no ser el adecuado. 

Pero mira por dónde, este lunes asistí a unas jornadas en las cuales, un espacio en la programación estaba destinado a la motivación personal. Ahí que salió un tipo vestía de manera elegante y sobria, en un gran escenario con luz y sonido espectacular, y con él, una pantalla gigante en la que resaltaba los mensajes a los que más importancia quería darle. ¿Y qué tipo de mensajes me encontré allí? Curiosamente, casi todos muy parecidos a los de la semana anterior, y si no, también esos otros podrían haber salido de la boca de aquellos dos payasos. Y no creo que nada de lo que uno y otros dijeron fuera desconocido por cualquiera de nosotros...


"Precisamente la paradoja de nuestro tiempo es que tenemos edificios más altos y temperamentos más reducidos, carreteras más anchas y puntos de vista más estrechos.

Gastamos más pero tenemos menos; compramos más pero disfrutamos menos. Tenemos casas más grandes y familias más chicas, mayores comodidades y menos tiempo.

Tenemos más grados académicos pero menos sentido común, mayor conocimiento pero menos capacidad de juicio, más expertos pero más problemas, mejor medicina pero menos bienestar general.

Bebemos demasiado, fumamos demasiado, despilfarramos demasiado, reímos muy poco, conducimos muy rápido, nos enojamos demasiado, nos desvelamos demasiado, amanecemos cansados, leemos muy poco, vemos demasiada televisión y oramos muy rara vez.

Hemos multiplicado nuestras posesiones pero reducido nuestros valores. 

Hablamos demasiado, amamos demasiado poco y odiamos muy frecuentemente.

Hemos aprendido a ganarnos la vida pero no a vivir.

Hemos logrado ir y volver de la Luna pero se nos hace difícil cruzar la calle para conocer a un nuevo vecino.

Conquistamos el espacio exterior, pero no el interior.

Hemos hecho grandes cosas pero no por ello mejores.

Escribimos más pero aprendemos menos.

Planeamos más pero logramos menos.

Hemos aprendido a apresurarnos pero no a esperar.

Producimos ordenadores que pueden procesar mayor información y difundirla pero nos comunicamos cada vez menos y menos.

Estos son tiempos de comidas rápidas y digestión lenta, de hombres de gran talla y cortedad de carácter, de enormes ganancias económicas y relaciones humanas superficiales.

Hoy en día hay dos ingresos en las familias que aun tienen trabajo, pero más divorcios; casas más lujosas para quienes pueden solventarlas, pero hogares rotos.

Son tiempos de viajes rápidos, pañales desechables, moral descartable, "encuentros de amor" de una noche, cuerpos obesos y píldoras que hacen todo, desde alegrar y apaciguar, hasta matar...

Son tiempos en que hay mucho en el escaparate y muy poco en la trastienda.

Acuérdate de pasar algún tiempo con tus seres queridos porque ellos no estarán aquí siempre.

Acuérdate de ser amable con quien ahora te admira porque esa personita crecerá muy pronto y se alejará de ti.

Acuérdate de abrazar a quien tienes cerca porque ese es el único tesoro que puedes dar con el corazón sin que te cueste ni un centavo.

Acuérdate de decir "te amo" a tu pareja y a tus seres queridos pero, sobre todo, dilo sinceramente.

Un beso y un abrazo pueden reparar una herida cuando se dan con toda el alma.

Acuérdate de cogerte de la mano con tu ser querido y atesorar ese momento porque un día esa persona ya no estará contigo.

Date tiempo para amar y para conversar y comparte tus más preciadas ideas".

A veces hacemos caso a las personas que tienen mejor apariencia, o aquellas con las que nos sentimos más identificados. Curiosamente, también aceptamos mejor los consejos de aquellas personas que recién conocemos, que son casi extraños para nosotros, en detrimento de los consejos de quienes más nos conocen y/o aprecian. En cualquiera de los casos, siempre hay buena intención sea cual sea la circunstancia. De todas formas, "si matas al mensajero" solo por juzgar su aspecto exterior más que por los buenos propósitos con los que trae los mensajes, quizás seas tú quién acabe haciendo el payaso (pero sin nariz roja).


Monesterio, 23 de noviembre de 2018. Fotografía de Helena Rocha.