viernes, 3 de abril de 2026

Cuentos para dormir; el milagro

Había una vez un niño llamado Leo que tenía mucha curiosidad por las palabras difíciles. Un día, mientras caminaba por el jardín con su abuelo, le preguntó:

—Abuelo, ¿Qué es un milagro? ¿Es como un truco de magia?

El abuelo se agachó y señaló una pequeña grieta en el cemento gris del camino. De esa grieta, contra todo pronóstico, brotaba una flor amarilla, brillante y valiente.

—Mira con atención, Leo —dijo el abuelo—. La magia es un truco que intenta engañar a tus ojos. Pero un milagro es la vida dándote una sorpresa cuando pensabas que ya no había esperanza.

Leo observó la flor. El cemento era duro y seco, pero la planta había encontrado la forma de nacer.

—Un milagro —continuó el abuelo— es cuando algo hermoso sucede justo cuando parece imposible. No siempre tiene chispas ni música, a veces es solo una semilla que no se rinde, un abrazo que llega cuando estás triste o una luz que se enciende en la oscuridad.

Leo sonrió y acarició el pétalo. Entendió que los milagros no son trucos; son esos pequeños momentos asombrosos que nos recuerdan que el mundo siempre tiene un plan secreto para volver a florecer.


Marbella, 3 de abril de 2026. Imagen libre en la red.



viernes, 27 de marzo de 2026

La política

En la república del aplauso automático, cada rueda de prensa parece una función de magia barata: desaparecen las promesas, se multiplican los asesores y, del sombrero del ministro de turno, siempre sale un “plan histórico” que ya estaba anunciado tres veces y financiado media vez. La ciudadanía mira, asiente, compara facturas con discursos y descubre que la inflación sube con menos esfuerzo que la autoestima de un candidato en campaña.

Los gobernantes juran transparencia con tanta solemnidad que uno espera verles convertidos en cristal, pero no: siguen siendo de humo, de ese humo elegante que huele a eslogan recién planchado. Hablan de sacrificios colectivos desde coches oficiales, invocan la austeridad entre canapés, y llaman “medidas valientes” a cobrarle al vecino la fiesta que organizó otro. Por eso algunos concluyen, con amarga ternura y sin necesidad de encuestas, que los políticos, no son tan honestos que cuando mienten.


Fuente de Cantos, 27 de marzo de 2026. Imagen libre en la red.



viernes, 20 de marzo de 2026

Cuentos para dormir; el cuervo

Al borde de un bosque de pinos, robles y castaños vivía Lola, una niña que sabía distinguir el sonido del viento entre las ramas, del crujido tímido de un ciervo entre los helechos. Una mañana justo antes que llegara la primavera, mientras recogía moras cerca de su cabaña, un cuervo negro como la noche se posó en la cerca y la observó con ojos brillantes. Lola recordó enseguida lo que le habían dicho tantas veces los mayores del pueblo: que los cuervos traían mala suerte, que anunciaban desgracias y que era mejor ahuyentarlos antes de que se quedaran demasiado tiempo. Pero aquel cuervo no graznó con aspereza ni agitó las alas como una sombra amenazante; solo inclinó la cabeza y la miró como si tuviera algo importante que decir.

—"No creas todo lo que repiten quienes nunca miran de cerca" —dijo el cuervo, con una voz serena que parecía hecha de hojas secas y lluvia fina—. "No soy un mal augurio. Soy, más bien, una señal para quienes están a punto de atreverse. Solo las personas que no temen a los nuevos retos aceptan la visita de aves como yo". Lola, aunque sintió un escalofrío, no dio un paso atrás. En lugar de echarlo, se sentó en un tronco cubierto de musgo y le preguntó qué quería decir con aquello. El cuervo abrió sus alas despacio, como si desplegara un secreto, y le habló de senderos no recorridos, de puertas invisibles que solo se abrían para quien se animaba a cambiar, y de lo mucho que el bosque escondía para quienes sabían escuchar.

Desde aquel día, el cuervo empezó a visitarla cada amanecer. Picaba con su pico en el cristal de la ventana y así llamaba la atención de Lola para avisar que ya estaba allí. A veces la guiaba por caminos nuevos entre los árboles; otras, la animaba a cruzar arroyos que antes le parecían demasiado hondos o a subir colinas desde las que podía ver el bosque entero encendido por el sol. Con él, Lola aprendió que el miedo no siempre era una señal para detenerse, sino, muchas veces, el borde mismo de algo maravilloso. Y cuanto más confiaba en aquella extraña amistad, más fuerte, más curiosa y más valiente se sentía.

Cuando en el pueblo la vieron regresar una tarde con ramas de acebo, historias de lugares desconocidos y una sonrisa distinta, le preguntaron qué había cambiado. Lola alzó la vista hacia el cuervo, que la esperaba en la rama más alta de un roble, y respondió que no todas las sombras anuncian oscuridad: algunas llegan para enseñarte a mirar más lejos. Desde entonces, cada vez que un cuervo cruzaba el cielo del bosque, ella ya no pensaba en desgracias, sino en desafíos, en caminos nuevos y en el coraje silencioso de quien se atreve a recibir lo desconocido sin apartar la mirada.


Marbella, 20 de marzo de 2026. Imagen libre en la red.


viernes, 13 de marzo de 2026

Cuentos para dormir; sopa de letras

Cada lunes, cuando Cata se sentaba a cenar, la sopa de letras parecía más callada que la casa. Su mamá dejaba el plato humeante sobre la mesa, le daba un beso en la frente y sonreía de ese modo que usan los mayores cuando también extrañan a alguien. Entonces, mientras la cuchara abría pequeños caminos entre el caldo, las letras comenzaban a reunirse despacito, como barquitos obedientes, hasta formar un mensaje en la superficie: “PAPÁ TE QUIERE”. Cata abría mucho los ojos, miraba a su madre, pero ella solo decía: “Cómetela antes de que se enfríe”.

Al día siguiente, las letras volvieron a hacerlo. Esta vez escribieron: “TE ECHO DE MENOS”. Cata sintió que el pecho le daba un brinquito, igual que cuando oía la llave de su papá en la puerta los viernes por la noche. Él trabajaba lejos de lunes a jueves, en un pueblecito lejano, y aunque hablaban por teléfono antes de dormir, no era lo mismo que sentir sus abrazos grandes y su barba haciendo cosquillas. Pero aquella sopa parecía saberlo todo. Cada noche, el caldo guardaba una frase nueva, tibia y brillante, como si el amor hubiera aprendido a deletrearse.

Pasaron los días, y Cata empezó a esperar la cena con una ilusión secreta. Un miércoles leyó: “CUENTO LOS DÍAS PARA VERTE”. El jueves, antes incluso de probar la primera cucharada, encontró: “MAÑANA VUELVO A CASA”. Entonces entendió que la sopa no era magia cualquiera: era una especie de puente. Quizás las palabras viajaban escondidas en el vapor, o tal vez su papá las soplaba desde tan lejos que llegaban flotando hasta su plato. Cata sonrió, tomó la cuchara y, con mucho cuidado, movió unas letras hasta responder en el borde del caldo: “YO TAMBIÉN, PAPÁ”.

A la noche siguiente, cuando sonó por fin la puerta, la pequeña salió corriendo y se lanzó a los brazos de su padre. Él la apretó fuerte, como si quisiera recuperar en un segundo todos los abrazos perdidos de la semana. Durante la cena, ella miró su plato con curiosidad, pero la sopa de letras no escribió nada. Ya no hacía falta. El mensaje más importante estaba allí, sentado a su lado, riéndose cansado y feliz, llenando la casa con esa presencia que ningún caldo podía imitar. Y aun así, Cata, antes de terminar, creyó ver dos letras flotando juntas en la superficie: "T y A". Como un último guiño. Como un “te amo” que nunca dejaba de llegar.


Marbella, 13 de marzo de 2026. Imagen libre en la red.


viernes, 6 de marzo de 2026

Deseo interrumpido

Hoy en la mañana el agua me caía encima como si tuviera la misión de borrar lo que no había dormido. El vapor empañaba el espejo y mi mente ya iba por delante, saltando de pendiente en pendiente: mensajes sin responder, una reunión a destiempo, el reloj como una amenaza con corbata.

Entonces escuché la puerta.

No fue el sonido lo que me tensó, sino la certeza: nadie abre así si no viene con decisión. Me giré apenas, con el jabón resbalando entre los dedos, y lo vi. Mi esposo con esa expresión antigua, la de quien llega tarde a algo que le pertenece. Como si la noche no hubiera terminado, como si el sueño fuese un accidente corregible.

Quise sonreír. Quise recibirlo como se reciben las cosas buenas, sin apuro. Pero mi cuerpo estaba dividido: la piel caliente, sí, y al mismo tiempo una especie de cansancio que no era físico, sino de calendario. El agua corría por mi cuello y se detenía en pequeños caminos sobre el pecho, marcando rutas que yo no había elegido. Él dio un paso, y su mirada siguió esas gotas como si fueran señales.

Me habló sin palabras. Se acercó con esa fe imprudente que a veces tienen los hombres, la de creer que el deseo siempre está disponible, como una luz que basta con encender. Su mano tocó mi hombro y luego mi cintura, con una familiaridad que podía haber sido ternura o insistencia. Yo intenté decirlo suave, como quien acomoda un objeto frágil en un estante:

"Ya tendremos tiempo."

Pero la frase se me rompió por dentro. Porque sabía que “tiempo” era una palabra que yo repetía como un rezo y nunca se materializaba. No había suficiente para el trabajo, no había suficiente para el descanso, y cuando por fin aparecía un espacio libre, yo ya estaba demasiado llena de día como para sentir otra cosa.

Él se pegó a mí con la paciencia de quien no entiende que la prisa también cansa. Su aliento me rozó la nuca, y por un segundo mi cuerpo quiso ceder, por costumbre, por cariño, por nostalgia. Sin embargo mi cabeza no abandonaba el pasillo de compromisos: el teléfono, el tráfico, la primera cita, la segunda.

Sentí coraje. No contra él, sino contra esa máquina invisible que nos administra: la semana, las horas, las obligaciones. Me ardió la garganta de no querer herirlo, de no querer volverlo un enemigo en la casa. Respiré hondo y reuní una súplica que no sonara a reproche:

"Por favor… déjame salir."

Hubo un silencio breve, un titubeo que pareció una derrota pequeña. Me escurrí de sus brazos como quien se escapa de un sueño demasiado pesado, apagué la llave, busqué la toalla. Me vestí rápido, no porque quisiera huir de él, sino porque el mundo allá afuera no acepta demoras. No perdona.

Llegué a mis labores y atendí las citas contraídas. Sonreí donde había que sonreír. Respondí con profesionalidad. Hice lo que siempre: convertirme en alguien útil.

Y aun así, todo el día me siguió un eco: el golpe sordo de una palma en la puerta del baño, como si alguien hubiera querido detener el tiempo con la mano. Como si esa marca invisible fuera el verdadero inicio de la mañana. Luego me dije para mí misma...

"Soy estúpida..."


Marbella, 6 de marzo de 2026. Imagen libre en la red.


viernes, 27 de febrero de 2026

Microrrelato; las despedidas

La plaza recibe su cansancio a diario, como quien barre el mismo polvo sin esperanza de que termine. Por las tardes el propio tiempo se acostumbra al repicar de las campanas cuando llaman a misa, pero hoy el sonido duele, se clava en las paredes encaladas y en las espaldas dobladas: seguro será una misa de cuerpo presente. Hoy le tocó el turno a don Gustavo, compañero de todos, de saludo fácil y manos gastadas; ahora su nombre circula en voz baja, como si al decirlo se pudiera evitar que la muerte tome nota.

Un abuelo se abre paso entre los demás ancianos, rozando hombros que ya conocen demasiadas despedidas. Se persigna con una lentitud solemne y entra al templo, no tanto por fe como por costumbre, como quien cumple una cita con el destino. Al cruzar la puerta lo asalta el mismo pensamiento que flota en los ojos de los otros, esa pregunta sin consuelo que se repite como letanía: ¿por qué no fui yo?

Y nadie la responde, porque todos entienden lo que esconde: no es deseo de morir, sino cansancio de seguir perdiendo. Afuera, la plaza aguanta el silencio como aguanta el sol, y el aire huele a cera y a tierra húmeda. La vida, terca, seguirá mañana con sus bancos y sus palomas, pero hoy hasta el tiempo parece sentarse un momento, por respeto, junto a los que aprendieron que sobrevivir también pesa.


Fuente de Cantos, 27 de febrero de 2026. Imagen libre en la red.



viernes, 20 de febrero de 2026

No hay nada más bello...

Decía Serrat; 

No hay nada más bello que lo que nunca he tenido; nada más amado, que lo que perdí...

Lo repito y entiendo la trampa: lo que nunca fue no decepciona, no envejece, no se desgasta. Vive en un lugar perfecto porque solo existe en la imaginación. Por eso brilla tanto: es promesa intacta, posibilidad eterna, una vida alternativa donde todo sale mejor.

Y lo perdido, en cambio, pesa. Tiene nombre, olor, temperatura. Duele porque fue real, porque estuvo en nuestras manos. A veces lo amamos más desde la ausencia, como si la memoria lo barnizara y suavizara sus bordes, no para mentirnos, sino para poder sostenerlo sin rompernos.

Pero quizá esta frase también es un aviso: no convertir la nostalgia en hogar. Que lo que falta no nos robe lo que está. Que no haga falta perderlo todo para reconocer su valor. Porque la belleza más difícil —y la más verdadera— no siempre es la que soñamos ni la que lloramos, sino la que sucede ahora, mientras estamos distraídos.


Fuente de Cantos, 20 de febrero de 2026. Imagen libre en la red.


viernes, 13 de febrero de 2026

Cuentos para dormir; el regreso de las risas

Hacía ya muchos años que las risas a carcajadas habían desaparecido. Pero aquel día amaneció extraño: la gente sonreía por costumbre, pero ninguna risa lograba salir del pecho. Las bromas caían al suelo como plumas mojadas y hasta los más alegres sentían un nudo inexplicable en la garganta.

En las plazas, los músicos tocaban sin provocar aplausos; en las casas, los chistes se contaban en voz baja, como si reír fuerte estuviera prohibido. Las historias nunca tenían gracia, ni con un final feliz y alegre. Nadie sabía cuándo había empezado, solo que las carcajadas habían desaparecido.

Entonces apareció una niña pequeña, con el cabello alborotado, los zapatos desatados y los bolsillos llenos de migas. Se detuvo en medio de la calle, miró a todos muy seria… y estornudó con tanta fuerza que perdió el equilibrio y cayó sentada.

Hubo un segundo de silencio. Luego una risa tímida, después otra, y de pronto una carcajada enorme rompió el aire como un cristal. La risa volvió a correr de boca en boca, libre y contagiosa.

Desde aquel día, cuando la alegría parece perderse, alguien siempre recuerda que basta un gesto sencillo, y una niña sin intención alguna, para devolver al mundo su risa más verdadera.

Marbella, 13 de febrero de 2026. Imagen libre en la red.


viernes, 6 de febrero de 2026

Humor mojado

Después de tres meses lloviendo de forma ininterrumpida, se rompió la presa. Se inundó el pueblo, hubo ahogados y los muertos del cementerio flotaron con sus cajas por las calles empedradas.

La reconocí por su su vestido largo de flores. Huí calle abajo lo más rápido que pude.

Yo vivía en casa de mi tía y cuando ella no estaba, la vecina me decía; "qué guapo te estás poniendo, mocito. Entra en casa que te invite a un sorbo de vino dulce, mocito. Aunque me vuelvas a decir que no, ni muerta perderé las esperanzas..."

Y ahora el agua la desenterró y me sigue. Siempre me había dado miedo la vecina de mi tía. Y allí venía, el ataúd abierto y con los brazos de fuera. La sentí respirar por mi nuca, con un fétido aliento, abrazándome, y diciendo: "¡Qué guapo, mocito!, ¡Qué guapo!". No tardaría en darme alcance.

Así como se va la tarde, se fue el agua. Los ataúdes quedaron entre el lodo. El de la vecina de mi tía, parece que se lo llevó el río. El mío, lo encontraron en las escaleras que van hasta el campanario.


Presa de Tentudía, 6 de febrero de 2026. fotografía de Jesús Apa.




viernes, 30 de enero de 2026

La vida debería ser al revés

Hace unos días que hablé con un amigo sobre su cercano momento de la jubilación. Reflexionaba sobre ello, incluso hasta tal punto, que parecía no estar preparado para ese momento. Había entrado en tal rutina, sobre todo, hablaba que su vida era el trabajo y todo lo que envolvía a éste. Que si eso desaparecía, también se esfumarían muchas relaciones, muchos hábitos y muchos "impulsos cotidianos" que ayudan a su día a día. No quería que llegara el momento que, sin embargo, durante media vida había deseado.

A veces, para entender el sentido de una vida, basta con imaginarla al revés. Al invertir el orden, se descolocan nuestras certezas: la muerte deja de ser una amenaza al final del camino y se convierte en un punto de partida ya atravesado. Y entonces, como por arte de magia, el miedo pierde autoridad y lo que queda es una curiosidad nueva por cada etapa. Sin olvidar que, las piedras en las que tropezamos difieren unas de otras....

Esa inversión también revela lo extrañas que son nuestras prioridades: corremos cuando aún no sabemos adónde, acumulamos cuando menos necesitamos, y aplazamos el disfrute como si fuese un premio reservado para el futuro. Mirado así, el “progreso” se vuelve una idea relativa: quizá no consiste en subir peldaños, sino en aprender a estar presentes en cada uno, sin despreciar lo que somos mientras cambiamos.

Yo me reconciliaba con sus pensamientos y, a su vez, pensaba para mis adentros; ¿Y si lo importante no fuera llegar, sino reconciliarnos con el tiempo, con el cuerpo, con la fragilidad? Tal vez el final ideal no sea un estruendo, sino algo sencillo: una salida en calma, como quien apaga la luz y deja la habitación en orden.

Ahí, me acordé de un texto que leí alguna vez por algún sitio, y que dice así;

Se debería empezar muriendo y así ese trauma quedaría superado. Luego te despiertas en un Hogar de ancianos mejorando día a día. Después te echan de la Residencia porque estás bien y lo primero que haces es cobrar tu pensión. Luego, en tu primer día de trabajo te dan un reloj de oro. Trabajas 40 años hasta que seas bastante joven como para disfrutar del retiro de la vida laboral. Entonces vas de fiesta en fiesta, bebes, practicas el sexo, no tienes problemas graves y te preparas para empezar a estudiar. Luego empiezas el cole, jugando con tus amigos, sin ningún tipo de obligación, hasta que seas bebé. Y los últimos 9 meses te pasas flotando tranquilo, con calefacción central, roomservice, etc. etc. Y al final... ¡Abandonas este mundo en un orgasmo!


Fuente de Cantos, 30 de enero de 2026. Imagen libre en la red.


viernes, 23 de enero de 2026

Cuentos para dormir; el hada del tiempo

En un pequeño pueblo rodeado de bosques de encinas y olivos, vivía Cata, una niña de ojos grandes y silenciosos. Su papá siempre llegaba tarde, atrapado entre relojes, reuniones y teléfonos que nunca dormían. Una noche, mientras lo esperaba con una cena ya fría, su mamá le susurró una historia: en lo profundo del bosque vivía un hada que vendía tiempo, pero solo a quienes sabían pedirlo con el corazón.

Al amanecer, Cata se adentró entre árboles altos como catedrales. Caminó hasta que el silencio se volvió tan denso que hasta sus pasos parecían flotar. Entonces la vio: el hada tejía segundos y minutos con hilos de luz, sentada sobre una roca cubierta de musgo. Cata no pidió juguetes, ni días festivos, solo unas pocas horas para que su papá pudiera jugar, reír, y escucharla sin mirar el reloj.

El hada la miró largo rato y, en lugar de monedas, pidió a cambio un recuerdo: el de la última vez que Cata se sintió sola. La pequeña asintió con los ojos húmedos. El hada sopló sobre un reloj de arena que no se vaciaba, y se lo entregó.

Esa noche, sin avisos ni promesas, su papá llegó temprano, apagó el teléfono y dijo: "A partir de ahora, el mundo puede esperar..."


Marbella, 23 de enero de 2026. Imagen libre en la red.



sábado, 17 de enero de 2026

El libre albedrío

“Libre albedrío” suena a puerta abierta, pero también a vértigo. No es solo poder elegir: es cargar con el peso de que cada elección nos escribe un poco por dentro. Porque si somos libres, entonces no podemos escondernos del todo en la suerte, en la costumbre o en los demás: siempre queda un pequeño margen donde nos toca responder.

A veces ese margen es mínimo —un gesto, una palabra, un silencio—, pero ahí se juega algo enorme: la dignidad de ser autor, aunque sea parcial, de la propia vida. Y quizá la reflexión más honda sea esta: el libre albedrío no se demuestra en las decisiones grandiosas, sino en la fidelidad cotidiana a lo que, en secreto, sabemos que es lo correcto.


Brescia, Italia. 16 de enero de 2026. Imagen libre en la red.


viernes, 9 de enero de 2026

En busca del Ikigai

Este mañana he escuchado en la radio que en algunas zonas de Japón, el tiempo de vida se mide por septenios; períodos de siete años. Y el momento clave en la vida de una persona, el momento de la segunda parte de uno mismo, de plena madurez y conocimiento, se cumple en el séptimo septenio. O sea, a la edad de 49 años. Es como el momento de proponerte una segunda oportunidad si aún quieres cambiar tu vida, el punto idóneo para salir de tu zona de confort.

Paralelamente a este concepto, hablaban de otro a colación; el término "Ikigai", que viene a ser como el propósito de vivir. O más que el propósito, la búsqueda de la razón de ser. Y hablaban en esta conversación, de que el Ikigai comienza, cuando el primer propósito, es precisamente la búsqueda de ese propósito. Esto, en la cultura del territorio japonés que mejor lo lleva a cabo, se concibe como "una razón para levantarse por la mañana".

Y es totalmente cierto que, si la razón que te saca de la cama se vuelve pesada, tediosa o nociva, "sencillamente" hay que mirarse dentro de uno mismo y someterse a ese cambio que tanto cuesta a veces llevar a cabo. Para entenderlo mejor, nada como un cuento...

"Cada día, el viejo Haru se despertaba a las cinco en punto, sin alarma. No porque tuviera prisa, sino porque quería ver cómo el sol se deslizaba lentamente por las montañas de Okinawa. Ponía a calentar el agua, seleccionaba con calma las hojas de té verde, y lo preparaba como si cada movimiento tuviera alma.

—¿No te aburres de hacer lo mismo todos los días? —le preguntó su nieto una templada mañana de verano, mientras lo observaba con curiosidad.

Haru sonrió y le ofreció una taza.

—¿Sabe igual el té cuando estás triste que cuando estás feliz?

El niño negó con la cabeza.

—Entonces entiendes el primer secreto: no es lo que haces, es cómo lo haces. 

El anciano le explicó que su rutina no era una costumbre vacía, sino su Ikigai: su razón para levantarse cada mañana. No era solo el té. Era el arte de prepararlo, el silencio, el aroma, el regalo de ofrecerlo. Era sentirse útil, estar presente, y compartir algo sencillo con los demás.

—Tu Ikigai no siempre es grande —dijo—. A veces cabe en una taza caliente entre tus manos.

El niño no volvió a hacer la pregunta. Desde entonces, cada verano, preparaban el té juntos al amanecer."


Marbella, 9 de enero de 2026. Imagen libre en la red.


viernes, 2 de enero de 2026

Si chove, que chova...

Si chove, que chova... 

Si llueve, que llueva.

Con este frase cerraba el año Manuel, una persona fantástica y entrañable que conocí este año en Vigo en un encuentro laboral. Me ha quedado grabada, y buscando el contexto del significado, me ha llevado a la reflexión de este post.

Este año pasado, ha sido uno de los años más difíciles de mi vida en el plano laboral. Pero claro, como el trabajo está tan intrínsecamente relacionado con la vida personal, pues, en este sentido, también ha sido un año sumamente complicado. Aún tratando de auto gestionar lo mejor que he podido el ámbito laboral y el personal, no siempre lo he conseguido y ha acabado afectándome a mi y a quienes me rodean.

Si llueve, que llueva...

Como inicio de año y de buenos propósitos, me gusta esa frase porque tiene algo de permiso. No es resignación, no es “me da igual”, no es rendirse. Es aceptar que hay cosas que no se pueden controlar y que gastar la vida intentando controlarlas solo te deja cansado… y, a veces, vacío.

Muchas de nuestras preocupaciones nacen de intentar anticiparlo todo: qué pasará, qué pensarán, si saldrá perfecto, si la decisión fue la correcta, si podríamos haber hecho más. Y lo curioso es que, aun cuando hacemos todo “bien”, la vida a veces cambia el guion igual. Llueve. Y punto.

Por eso esa frase me recuerda algo esencial: no todo merece el mismo peso. Hay cosas que nos roban energía y atención sin devolver nada a cambio. Y mientras estamos ahí, dándole vueltas a lo pequeño, a lo incierto, a lo que no depende de nosotros, se nos escapa lo que sí es real y sí es importante.

Al final, cuando miras atrás, rara vez te acuerdas de si contestaste rápido un mensaje, de si quedaste impecable en una reunión o de si todo salió según el plan. Te acuerdas de la gente. De los momentos. De la calma que te faltó. De las veces que te complicaste por cosas que hoy ni siquiera tienen nombre.

Y entonces aparece lo obvio, que a veces se nos olvida: lo que de verdad importa es la salud y las personas que te rodean. Lo demás puede ir y venir. Un problema se arregla, una meta se aplaza, un plan se rehace. Pero el tiempo, la presencia, el cuidado… eso no se puede recuperar igual.

Así que “si llueve, que llueva” es una forma sencilla de volver a lo esencial: hacer lo que esté en tu mano, sí, pero sin vivir con el corazón en tensión permanente. Soltar un poco el control. Elegir tus batallas. Aceptar que no todo requiere una reacción, una explicación o una preocupación.

Porque cuando todo pesa, al final no puedes sostener nada.

Y quizá vivir sea eso: aprender a distinguir qué es trabajo, y qué es personal. O lo que es lo mismo, qué es lluvia… y qué es hogar. 


Fuente de Cantos, 2 de enero de 2026. Imagen de Manuel Pan.