Había una vez una niña de tres años que caminaba por un castillo lleno de luces, canciones y risas. Llevaba los ojos muy abiertos, como si dentro de ellos cupiera todo el cielo, pues aún cualquier tipo de magia puede sorprenderla,. De pronto, al pasar junto a un jardín encantado, escuchó unas voces suaves: eran dos princesas hablando bajito, como hablan las estrellas cuando nadie las mira.
Una princesa decía: “A veces tengo miedo de no ser valiente”. La otra respondió: “Ser valiente no significa no tener miedo; significa dar un pasito aunque el miedo venga contigo”. La niña se quedó quieta, abrazando su muñeca, y entendió algo muy importante, aunque todavía no supiera explicarlo con palabras grandes.
Entonces una de las princesas la vio, se agachó y le sonrió. “Tú también eres una princesa”, le dijo. “No por tu vestido, ni por tu corona, sino porque dentro de ti hay una luz que nadie más tiene igual”. La niña sonrió despacito, como si acabaran de regalarle un secreto.
Y desde aquel día, cada vez que algo le daba miedo, recordaba aquella conversación entre princesas y se decía: “Puedo dar un pasito”. Porque incluso las niñas pequeñas tienen un corazón enorme, y dentro de ese corazón vive una fuerza mágica que crece cada vez que creen en sí mismas.

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