Ha sido cuando he estado en Disneyland Paris con mi hija en su cumple de tres años, que comprendí que hay lugares que no se visitan: se atraviesan como quien cruza una puerta hacia la infancia.
Ella iba caminando alegre, con un vestido azul de Elsa, que se pone cada vez que le apetece, y su pelo ondulado que le caía por el hombro como una promesa. Desde que habíamos salido del hotel no había hablado de otra cosa que no fuera Frozen. Frozen en el desayuno, Frozen en la cola de entrada, Frozen mientras señalaba castillos, globos, orejas de Mickey y niñas vestidas como princesas que, a sus ojos, no eran niñas, sino habitantes legítimas de un reino encantado.
Cuando por fin vio a Elsa, se quedó inmóvil.
No fue un grito ni una carrera. Fue silencio. Un silencio pequeño, redondo, sagrado. Mi hija, que normalmente lo pregunta todo y lo toca todo, se llevó las manos al pecho y abrió los ojos como si acabara de descubrir que la magia no era una palabra inventada por los adultos para entretenerla, sino algo real que llevaba esperándola toda la mañana.
Elsa se inclinó para saludarla. Mi hija apenas contestó. Solo sonrió, con esa timidez que tienen los niños cuando se encuentran de frente con sus propios sueños.
Después vino la música. “Let It Go” sonó en algún rincón del parque, y ella empezó a mover los brazos arreando su vestido, como si también pudiera construir un palacio de hielo a las afueras de Paris. Apenas se escuchaba su voz en tanto tumulto, claro. Tiene tres años!!. Cambiaba palabras, inventaba sonidos, repetía solo lo que recordaba. Pero había algo profundamente verdadero en su manera de hacerlo. No cantaba para que nadie la escuchara. Cantaba porque no podía evitarlo.
Y entonces pensé en Elsa.
Pensé en esa chica de cuento condenada a ocultar lo que la hace distinta. Pensé en la vergüenza con la que a veces aprendemos a mirar nuestros dones, nuestras rarezas, nuestra temperatura interior. Elsa no huye porque sea mala, huye porque tiene miedo de dañar; porque le han enseñado que lo que brota de ella debe encerrarse, disimularse, controlarse hasta desaparecer.
Mi hija, en cambio, levantaba las manos hacia el cielo sin miedo alguno. Movía su cuerpo como más le gusta hacerlo. Como si nadie la viera o, como si todo el mundo la estuviera observando. Congelaba el aire con la imaginación. Convertía el suelo del parque en nieve. Hacía magia sin pedir permiso.
La miré y sentí una ternura extraña, casi dolorosa. Ojalá pudiera conservar siempre esa libertad. Ojalá nadie le enseñara jamás a pedir perdón por ser intensa, diferente, luminosa, excesiva o fría cuando el mundo espera calor. Ojalá supiera, desde ahora, que no todo lo que asusta a los demás debe ser escondido.
Busqué y leí que, “La reina de las nieves” es un cuento de Hans Christian Andersen publicado por primera vez en el año 1844. Basada en este cuento, Chris Buck y Jennifer Lee dirigieron para Disney la película de animación “Frozen: El reino de hielo” en el año 2013.
En la película, Elsa se avergüenza de tener el poder de convertir en hielo todo lo que toca, hasta el punto de huir sola para no tener contacto con ningún otro ser humano, ni siquiera con los que más ama, entre ellos su hermana pequeña Anna. Es precisamente esta quien va a rescatarla porque la quiere tal como es, algo que Elsa necesita saber y practicar con ella misma.
A Elsa le encanta el frío, ¿por qué debe esconderse y renunciar a su propia naturaleza?
Aquella noche, mientras mi hija se dormía agotada, todavía con la magia en su cabeza y la canción a medio tararear, entendí que quizá crecer consiste en olvidar nuestra propia canción, y vivir consiste en recordarla.
Haz lo mismo que ella: suelta y deja ir. No esperes que nadie vaya a rescatarte, hazlo tú.

No hay comentarios:
Publicar un comentario