viernes, 15 de agosto de 2025

La última hoja

En un rincón olvidado de aquel pequeño bosque, un viejo árbol esperaba el invierno. Sus ramas, desnudas en su mayoría, sostenían apenas unas cuantas hojas que el viento acariciaba con prisa.

Entre ellas, una hoja amarilla se aferraba con todas sus fuerzas a la rama. Había visto pasar la primavera de flores, el verano ardiente y el otoño dorado. Había reído con la lluvia, bailado con las ráfagas y escuchado historias en el murmullo de las raíces.

Pero ahora, alguna enfermedad asolaba, el aire era frío y cada día se llevaba un amigo. La hoja miraba caer a las demás, girando lentamente hacia la tierra, y sentía un miedo suave, como quien teme cerrar los ojos por última vez.

—¿Y si al caer todo termina? —preguntó al árbol.

El árbol no respondió de inmediato. Solo dejó que el viento pasara y susurrara entre sus ramas:

"No es un final… es un regreso. Caerás, descansarás en la tierra, y un día volverás en el verde de otra hoja, en la flor de otro tallo."

La hoja pensó en todo lo que había visto, y entendió. Aflojó su agarre y se dejó llevar. Descendió flotando, ligera, besada por la luz del sol de la tarde. Fue un viaje breve, hermoso… y suficiente.

Cuando tocó el suelo, el viento siguió su camino, como si nada hubiera pasado. Y, de alguna manera, así era...


Marbella, 15 de agosto de 2025. Fotografía de Jesús Apa.



viernes, 8 de agosto de 2025

En el camino a misa

Son muchos los recuerdos que me abrasan. Y vienen a mí como un tren que arriba a la estación con las puertas abiertas. En esa remembranza, encontré sábanas, soledad, tristeza, y un rosario de madera que aún conservo.

Me vi corriendo en la pradera, como una yegua que retoza sobre la hierba húmeda, imaginando tener bajo mi vientre el peso de una piel distinta a la mía, pero que siempre me fue prohibido por cumplir con la voluntad de mi tía-abuela, que nunca conocí por ser misionera de un Dios que me fue impuesto.

Con el rosario en las manos, me pregunto, ¿por qué lo hice? ¿Por qué no me opuse?. Lo cierto y verdad, es que hasta aquí me llevaron mis prejuicios.

De todos modos, sigo siendo la mujer que todas las tardes se encamina hacia la iglesia al repique de las campanas, mientras en el atrio los niños juegan con las palomas.


Cabeza la Vaca, 8 de agosto de 2025. Imagen libre en la red.



viernes, 1 de agosto de 2025

Cuentos para dormir; La niña y la princesa

Había una vez una niña llamada Cata, de ojos brillantes y risueña sonrisa, que cada verano visitaba con sus padres una antigua ciudad medieval, de callejuelas empedradas y torres que parecían rozar el cielo. En el centro del pueblo, como un centinela del tiempo, se alzaba un castillo con almenas y un gran portón de madera oscura.

A Cata le fascinaba aquel castillo. No por su arquitectura ni por sus leyendas, sino porque estaba convencida —más allá de toda duda— de que allí vivía una princesa. Cada vez que llegaban, lo primero que hacía era correr hasta la explanada frente al castillo y gritar con toda la fuerza de su pequeña voz:

—¡Princesaaaaaaa! ¡Princesa del castillo! ¡Estoy aquí! ¡Sal a jugar!

Los turistas la miraban entre risas o ternura, y los lugareños ya conocían la escena. Años pasaban, y la princesa nunca aparecía, pero Cata no se desanimaba. Cada verano, volvía a llamar a su amiga invisible.

Hasta que un día, cuando Cata tenía ya casi nueve años, ocurrió algo distinto.

Era un atardecer dorado, el viento movía las banderas del castillo y las sombras se alargaban sobre la plaza. Cata, como siempre, corrió al castillo y gritó:

—¡Princesaaaaaaa! ¡Princesa del castillo! ¡Estoy aquí!

Y esta vez, una voz le respondió.

"¿De verdad estás aquí?"

Cata se quedó helada. No daba crédito. No era la voz de una turista ni de su madre. Venía de arriba, de una ventana estrecha de la torre. Cuando alzó la vista, vio una figura. Era una niña, quizá de su misma edad, con un vestido azul antiguo y una corona pequeña de flores en la cabeza. La niña sonreía con una mezcla de timidez y asombro.

—¿Eres tú la princesa? —, preguntó Cata.

"Eso creo" —respondió la niña—. "Te he escuchado llamar tantos veranos, pero nunca me había atrevido a contestar."

Cata se rió y, sin pensarlo, gritó:

—¡Baja! ¡Vamos a jugar!

La princesa dudó un momento, luego asintió y desapareció tras la ventana. Minutos después, salió por una puerta lateral del castillo, como si nadie más la viera. Y quizás nadie más la veía, excepto Cata.

Pasaron la tarde jugando a las escondidas entre los jardines del castillo, inventando historias de dragones y caballeros. La princesa se llamaba Preta, y decía que solo podía salir cuando alguien de corazón puro la llamaba de verdad.

—¿Y si no vuelvo el año que viene? — preguntó Cata mientras se sentaban bajo un árbol.

"Entonces te esperaré. Aunque pasen cien veranos, si me llamas, vendré" —dijo Preta, y le ofreció una pequeña piedra brillante—. "Esta es para que nunca olvides que fue real."

Desde aquel día, Cata nunca dejó de visitar el castillo. Y aunque con los años dejó de gritar, en el fondo de su corazón, seguía llamando.

Y cada vez que lo hacía, la princesa respondía. Porque a veces, los cuentos no terminan. Solo se hacen mayores con nosotros.


Ronda, 1 de agosto de 2025. Fotografía de Jesús Apa.



viernes, 25 de julio de 2025

Microrrelato; el mudo

Voy a la vera del río, allá en los lavaderos comunales y las señoras me saludan con afecto y emoción. Aunque tengo lengua, ellas saben que soy mudo.

- Tome agua de mango que traje -.

"Hay empanadas recién hechas".

-- ¿Ya probaste mi pastel de queso? --

Ser mudo no es el infierno, sobre todo, ¡si es tu cuerpo el que habla y sabes manejar una lengua larga!


Fuente de Cantos, 25 de julio de 2025. Imagen libre en la red.



viernes, 18 de julio de 2025

Corintios 13:4-7

Siempre que vayas a una boda católica, observa uno de los pasajes bíblicos que suele leer el cura; Corintios 13:4-7.

Obviamente por el momento, siempre he pensado que hace referencia al amor entre las dos personas que deciden compartir matrimonio. Alaba el amor, lo ensalza y lo lleva a la máxima definición. Pero ahora pienso que ese texto de los Corintios, no se refería al amor sentimental entre dos personas que comparten matrimonio. Claramente, creo que sobre el amor para con los hijos.

Aquí, un pequeño cuento...

"Tomás tenía frío. Su abrigo ya no le servía, y el invierno se acercaba. Su madre, Clara, no dijo nada. Solo empezó a coser por las noches, usando pedazos de tela y hasta su propio abrigo viejo.

Cuando llegó la primera nevada, Tomás encontró un abrigo nuevo sobre su cama. Azul, cálido, perfecto.

—¿Cómo lo hiciste, mamá? —preguntó.

Ella sonrió.

"Con amor. El amor es paciente, bondadoso… todo lo soporta, todo lo espera."

Tomás lo abrazó, sabiendo que ese abrigo era más que tela: al lado, la biblia aparecía abierta por una página concreta; Corintios 13:4-7

¡El amor es paciente, es bondadoso. El amor no es envidioso ni presumido ni orgulloso. No se comporta con rudeza, no es egoísta, no se enoja fácilmente, no guarda rencor. El amor no se deleita en la maldad, sino que se regocija con la verdad. Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.!


Fuente de Cantos, 18 de julio de 2025. Imagen libre en la red.




viernes, 11 de julio de 2025

La estación de los sueños

¿Merece la pena esforzarse por algo o por alguien sin apenas conocerlo? Cuando se hace desinteresadamente y de forma altruista, el resultado suele ser más satisfactorio. También es cierto que por esto hecho, si existe una decepción, suele ser terriblemente más dolorosa. Pero fuera de pensar así, ayudar a alguien y comprobar que "tu empujoncito" contribuye a cumplir sus sueños, es de las satisfacciones más indescriptibles que pueden llegar a pasarte.

Para mejor explicación, un pequeño cuento que he leído hace poco;


"En lo profundo del blanco invierno de Hokkaido, en Japón, donde la nieve cubre los techos y el silencio parece eterno, había una estación de tren olvidada por el tiempo: Kami-Shirataki. La mayoría de los mapas aún la mostraban, pero nadie hablaba de ella. Solo una persona la usaba cada día.

Su nombre era Haruka, una niña de ojos grandes y mochila azul, que cada mañana caminaba entre la escarcha hasta el andén solitario. El tren llegaba puntual, como si esperara solo por ella. En realidad, así era.

Años atrás, cuando la compañía ferroviaria pensó cerrar la estación por falta de uso, descubrieron un dato inesperado: una única pasajera la usaba diariamente para ir a la escuela. En lugar de eliminar la parada, hicieron algo extraordinario. Decidieron mantenerla abierta solo por Haruka.

El tren paraba dos veces al día: una para llevarla a estudiar y otra para traerla de regreso. Los maquinistas sabían su nombre, y los relojes del tren coincidían con su horario escolar. Nunca se retrasaban, ni siquiera cuando la nieve caía pesada.

No lo hicieron por dinero. No lo hicieron por fama. Lo hicieron porque entendieron que los sueños de una niña merecían su propio viaje, su propio tren, su propio mundo.

Años después, cuando Haruka se graduó, la estación fue cerrada con serenidad. Ya no hacía falta. Pero su historia viajó más lejos que cualquier tren: una historia de humanidad en medio de rieles fríos.

Porque a veces, lo correcto no es lo rentable. Es lo humano."


Fuente de Cantos, 11 de julio de 2025. Imagen libre en la red.



viernes, 4 de julio de 2025

Cuentos para dormir; El secreto del verano

Una tarde, bajo la sombra de una higuera, mientras Lola comía una sandía, preguntó en voz alta:  

"¿Por qué a los niños nos gusta más el verano?"

Su abuela, que tejía en una silla baja, sonrió.  

—Tal vez porque el verano guarda un secreto que solo los niños pueden entender.

Lola frunció el ceño, curiosa. Entonces decidió investigar. Durante semanas, observó y preguntó a todos sus amigos y amigas: "¿Qué tenía el verano que lo hacía tan especial?"

Clara dijo que era por los helados que no se acaban. Mateo, porque podía andar todo el día en ropa cómoda y en chanclas. Lucía, porque su abuelo la llevaba al río a pescar “aunque nunca pescaran nada”.

Pero fue su prima pequeña, de solo tres años, quien le dio la mejor pista. Le dijo:  

—El verano es cuando tú juegas más conmigo.

Lola se quedó pensando. Y entonces lo entendió: el verano no era solo calor, ni vacaciones, ni helados… El verano era tiempo. Tiempo para jugar, para reír, para ensuciarse sin que a nadie le importe. Tiempo para estar juntos.

Corrió a decírselo a su abuela. Ella sonrió otra vez y dijo:  

—Eso es, Lola. El verano es el único momento en que los relojes parecen desaparecer.

Desde ese día, Lola ya no se preguntó por qué le gustaba tanto el verano. Simplemente, lo vivía.


Marbella, 4 de julio de 2025. Imagen libre en la red.