viernes, 2 de enero de 2026

Si chove, que chova...

Si chove, que chova... 

Si llueve, que llueva.

Con este frase cerraba el año Manuel, una persona fantástica y entrañable que conocí este año en Vigo en un encuentro laboral. Me ha quedado grabada, y buscando el contexto del significado, me ha llevado a la reflexión de este post.

Este año pasado, ha sido uno de los años más difíciles de mi vida en el plano laboral. Pero claro, como el trabajo está tan intrínsecamente relacionado con la vida personal, pues, en este sentido, también ha sido un año sumamente complicado. Aún tratando de auto gestionar lo mejor que he podido el ámbito laboral y el personal, no siempre lo he conseguido y ha acabado afectándome a mi y a quienes me rodean.

Si llueve, que llueva...

Como inicio de año y de buenos propósitos, me gusta esa frase porque tiene algo de permiso. No es resignación, no es “me da igual”, no es rendirse. Es aceptar que hay cosas que no se pueden controlar y que gastar la vida intentando controlarlas solo te deja cansado… y, a veces, vacío.

Muchas de nuestras preocupaciones nacen de intentar anticiparlo todo: qué pasará, qué pensarán, si saldrá perfecto, si la decisión fue la correcta, si podríamos haber hecho más. Y lo curioso es que, aun cuando hacemos todo “bien”, la vida a veces cambia el guion igual. Llueve. Y punto.

Por eso esa frase me recuerda algo esencial: no todo merece el mismo peso. Hay cosas que nos roban energía y atención sin devolver nada a cambio. Y mientras estamos ahí, dándole vueltas a lo pequeño, a lo incierto, a lo que no depende de nosotros, se nos escapa lo que sí es real y sí es importante.

Al final, cuando miras atrás, rara vez te acuerdas de si contestaste rápido un mensaje, de si quedaste impecable en una reunión o de si todo salió según el plan. Te acuerdas de la gente. De los momentos. De la calma que te faltó. De las veces que te complicaste por cosas que hoy ni siquiera tienen nombre.

Y entonces aparece lo obvio, que a veces se nos olvida: lo que de verdad importa es la salud y las personas que te rodean. Lo demás puede ir y venir. Un problema se arregla, una meta se aplaza, un plan se rehace. Pero el tiempo, la presencia, el cuidado… eso no se puede recuperar igual.

Así que “si llueve, que llueva” es una forma sencilla de volver a lo esencial: hacer lo que esté en tu mano, sí, pero sin vivir con el corazón en tensión permanente. Soltar un poco el control. Elegir tus batallas. Aceptar que no todo requiere una reacción, una explicación o una preocupación.

Porque cuando todo pesa, al final no puedes sostener nada.

Y quizá vivir sea eso: aprender a distinguir qué es trabajo, y qué es personal. O lo que es lo mismo, qué es lluvia… y qué es hogar. 


Fuente de Cantos, 2 de enero de 2026. Imagen de Manuel Pan.