Había una vez un niño llamado Leo que tenía mucha curiosidad por las palabras difíciles. Un día, mientras caminaba por el jardín con su abuelo, le preguntó:
—Abuelo, ¿Qué es un milagro? ¿Es como un truco de magia?
El abuelo se agachó y señaló una pequeña grieta en el cemento gris del camino. De esa grieta, contra todo pronóstico, brotaba una flor amarilla, brillante y valiente.
—Mira con atención, Leo —dijo el abuelo—. La magia es un truco que intenta engañar a tus ojos. Pero un milagro es la vida dándote una sorpresa cuando pensabas que ya no había esperanza.
Leo observó la flor. El cemento era duro y seco, pero la planta había encontrado la forma de nacer.
—Un milagro —continuó el abuelo— es cuando algo hermoso sucede justo cuando parece imposible. No siempre tiene chispas ni música, a veces es solo una semilla que no se rinde, un abrazo que llega cuando estás triste o una luz que se enciende en la oscuridad.
Leo sonrió y acarició el pétalo. Entendió que los milagros no son trucos; son esos pequeños momentos asombrosos que nos recuerdan que el mundo siempre tiene un plan secreto para volver a florecer.
