viernes, 30 de octubre de 2026

Coco

Coco colocó aquella tarde una fotografía vieja en el altar. En ella, su padre aparecía mucho más joven de lo que ella lo recordaba. Se quedó mirándola largo rato, como si intentara reconocer en aquel rostro al hombre que un día la cogía de la mano para cruzar la plaza.

Su nieta se acercó y preguntó:

"¿Por qué ponemos fotos de quienes ya no están?"

Coco sonrió, tomó una flor de cempasúchil y la dejó junto al retrato.

—Para que no se vayan del todo. Mientras alguien recuerde cómo reían, qué canciones cantaban o cómo abrazaban, todavía siguen sentándose un poquito a nuestra mesa.—

La niña guardó silencio y después colocó una silla vacía junto al altar. Coco la miró sorprendida.

"Por si esta noche el abuelo quiere quedarse a cenar con nosotros".


Fuente de Cantos, 30 de octubre de 2026. Imagen libre en la red.


viernes, 23 de octubre de 2026

El bolsillo

"Ven, acércate" —le dijo el abuelo—. "Guarda esto".

Abrió la mano y puso en la palma de su nieta una hoja pequeña, amarilla, casi transparente. "Para que recuerdes que hasta las cosas que se caen pueden ser bonitas". Ella la miró muy seria y después la escondió en el bolsillo de su abrigo.

Caminaron despacio entre los árboles. Él le contó historias que ya le había contado muchas veces y ella volvió a escucharlas como si fueran nuevas. De vez en cuando, la niña apretaba su mano para comprobar que seguía allí.

Al llegar a casa, el abuelo preguntó:

"¿Has guardado bien la hoja?"

Ella sonrió y negó con la cabeza.

—La hoja sí, abuelo. Pero a ti te estoy guardando entero.


Marbella, 23 de octubre de 2026. Imagen libre en la red


viernes, 16 de octubre de 2026

Microrrelato; el vestido negro

Compró el vestido negro una tarde cualquiera. Elegante, sencillo, perfecto para una ocasión especial. Al verlo colgado en el armario, su marido preguntó para qué era. Ella sonrió: "Ya surgirá el momento de estrenarlo".

Hacía años que apenas se querían. Compartían casa, silencios y una colección interminable de reproches. Alguna vez, en mitad de una discusión, ambos habían pensado que todo sería más fácil si el otro desapareciera.

El sábado ella estrenó por fin el vestido. Frente al espejo se arregló despacio, se pintó los labios y salió de casa. Una hora después, junto al féretro de su marido, alguien se acercó para abrazarla: "Lo siento muchísimo".

Ella agradeció el pésame, se miró de reojo en el reflejo de una ventana y suspiró. Había esperado demasiado.

El vestido ya no estaba de moda.


Cabeza la Vaca, 16 de octubre de 2026. Imagen libre en la red


viernes, 9 de octubre de 2026

Cuentos para dormir; el adiós de las hojas

La hoja sabía que pronto tendría que caer, pero cada noche se apretaba un poco más contra su rama. “No quiero irme”, le susurraba al árbol. Y él, que la había visto nacer pequeña y verde en primavera, movía suavemente sus ramas para acariciarla. “Yo tampoco quiero que te vayas”, le decía.

Pasaron los días y el otoño fue pintándola de dorado. Una mañana, el viento llegó muy despacio. La hoja comenzó a temblar. “¿Y si al caer te olvidas de mí?”, preguntó. El árbol guardó silencio unos segundos y respondió: “¿Cómo voy a olvidarte, si durante todo este tiempo has formado parte de mí?”.

Entonces la hoja dejó de tener miedo. Se soltó y cayó lentamente, mecida por el viento, mientras el árbol la seguía con la mirada. Antes de tocar el suelo, creyó escuchar desde arriba: “Gracias por haber llenado de vida mis ramas”.

Y aquel otoño el árbol comprendió que algunas hojas se marchan, sí, pero nunca desaparecen del todo. Hay quienes, después de irse, se quedan para siempre viviendo en alguna parte de nosotros.


Marbella, 9 de octubre de 2026. Fotografía de Jesús Apa.


viernes, 2 de octubre de 2026

Bocados de felicidad

De joven pensaba que la felicidad era que pasaran cosas.

Viajar. Celebrar. Conseguir. Estrenar. Enamorarse. Soñar con lo siguiente.

Quizá porque entonces todavía no sabía que la vida, algunas veces, también consiste en perder.

Y uno va perdiendo personas, momentos, lugares… incluso versiones de sí mismo que creyó que durarían para siempre.

Será por eso que, con los años, he dejado de buscar la felicidad en los grandes acontecimientos.

Ahora la encuentro en cosas mucho más pequeñas.

En una sobremesa que se alarga.

En una llamada inesperada.

En saber que las personas que quiero están bien.

En volver a casa.

En sentarme en silencio y no necesitar nada más.

He comprendido que hay días maravillosos en los que, sencillamente, no pasa nada.

Y qué suerte.

Porque quizá madurar sea precisamente eso: dejar de pedirle a la vida que sea extraordinaria y aprender a agradecer que, por un instante, todo esté en su sitio.

Hoy creo que la felicidad no se parece a la euforia.

Se parece a la paz.

O, mejor dicho, la felicidad es lo más parecido a la tranquilidad.

Y cuánto tiempo tardamos en darnos cuenta.


Fuente de Cantos, 2 de octubre de 2026. 



sábado, 26 de septiembre de 2026

Cincuenta

Hoy cumplo cincuenta años.

Lo escribo despacio, como quien prueba una palabra nueva. Cincuenta. Suena a número redondo, a mitad de algo. Es una de esas cifras que siempre parecían de otros: de los padres, de los profesores, de los señores serios de las fotografías antiguas.

Y resulta que ahora es mía.

Cincuenta años son algo más de dos mil seiscientas semanas. He hecho la cuenta, porque a cierta edad uno empieza a contar lo que antes gastaba sin mirar. Más de seiscientas de esas semanas las he pasado aquí, escribiendo en este pequeño rincón. He escrito de viajes, ciudades, nubes, canciones, candados y carros de supermercado. Cosas que pasan.

Hoy he pensado que quizá, en realidad, nunca estuve escribiendo sobre las cosas que pasan.

Estaba escribiendo sobre las cosas que quedan.

Durante muchos años creí que la salud era el estado natural de las cosas. Algo que simplemente estaba, como la luz cuando pulsas el interruptor. Nadie da las gracias por subir una escalera sin detenerse, ni por despertar una mañana cualquiera sin que nada duela.

A los cincuenta uno aprende a darlas.

Porque un día llega algo que te recuerda que el cuerpo no es un préstamo para siempre. A veces es una analítica, a veces una sala de espera, a veces la llamada de un amigo. Y entiendes que la salud no es lo más importante de la vida. Pero es la puerta sin la cual no se entra en casi nada de lo importante.

No le pido a la vida la fuerza de los veinte. Le pido la suficiente para seguir caminando, seguir abrazando y seguir llegando a tiempo a lo que quiero.

La familia es ese lugar al que se vuelve incluso sin moverse de sitio.

Con los años he descubierto que muchas cosas que creía mías las aprendí sin darme cuenta alrededor de una mesa. Allí aprendí la forma de reír y la manera de enfadarme. También la costumbre de callar cuando algo duele y la necesidad de cuidar a los demás. Nadie me lo explicó. Estaba allí, en los gestos de quienes me criaron, esperando a que yo creciera lo suficiente para reconocerlo.

A los cincuenta empiezas a ver a tus mayores en el espejo. Y, lejos de asustarte, casi te reconforta.

También empiezas a echar de menos a quienes ya no se sientan a esa mesa. Hay sillas que nunca vuelven a quedarse vacías del todo, porque las ocupa la memoria. Hoy habrá felicitaciones que ya no llegarán. Aun así, llegan de otra manera: en una expresión que repito sin querer, o en un consejo que entendí tarde.

La familia no es solo de dónde vienes.

Es lo que te llevas a donde vayas.

La semana pasada miraba una vieja fotografía con la pandilla y pensaba en los amigos.

Los de verdad son pocos, y está bien que así sea. Con los años la agenda se llena de contactos y se vacía de nombres. Pero los que quedan valen por muchos.

Un amigo es alguien que te conoció antes de que fueras quien eres y todavía te quiere. Puedes pasar un año sin hablar con él y retomar la conversación exactamente donde la dejasteis. Es como si la vida solo hubiera hecho una pausa para pedir otra ronda.

He aprendido que la amistad no se mide por la frecuencia, sino por la presencia. Se mide por quién aparece cuando hace falta y por quién se alegra de tus cosas sin llevar la cuenta.

Hace unas semanas escribí que, si volviera a colgar un candado, no pondría "para siempre". Pondría algo más sencillo: que mientras estemos aquí, sea de verdad.

Lo sigo pensando.

El amor que he aprendido a valorar no es el de las películas. Es el que se queda. Te conoce en tus peores días y no se marcha. Discute y luego pone la mesa. Sabe cómo tomas el café y sabe cuándo necesitas que no te pregunten nada.

El amor adulto tiene menos fuegos artificiales y más luz de cocina encendida.

Y es infinitamente más hermoso.

Querer bien a alguien, al final, consiste en hacerle la vida un poco más fácil. En devolver el carro a su sitio, también en el amor.

A los cincuenta sé algunas cosas que a los veinte no sabía.

Que el tiempo no se ahorra: se gasta, y lo único que podemos elegir es con quién.

Que casi nada es tan urgente como parece, y casi nadie es tan importante como se cree.

Que pedir perdón no te hace pequeño, y dar las gracias te hace grande.

Que los mejores momentos de la vida no se anuncian. Suelen ser un martes cualquiera, una sobremesa que se alarga o una carretera con la música alta.

Que se puede tener miedo y seguir adelante.

Que la felicidad no es un lugar al que se llega, sino una manera de ir. Ahora también dicen, que la felicidad es lo más parecido a la tranquilidad. Esto me encanta!!.

Y que todavía me queda muchísimo por aprender.

Este día ha tenido, como no, tarta y velas. Y como era de esperar solo dos, un cinco y un cero, que a cierta edad también se agradece la síntesis. Me han dicho que pida un deseo.

Resulta que estaba a mi lado.

Porque, es así, lo que habría pedido a los veinte ya está aquí. No tiene la forma que imaginaba, pero está aquí. Estaba sentada alrededor de la mesa, riéndose de mis canas, llenando los vasos y haciéndome sentir que el camino ha merecido la pena.

Así que, en lugar de pedir, voy a dar las gracias.

A la vida, por los cincuenta.

A los que están, por quedarse.

A los que se fueron, por todo lo que dejaron.

Y a ti, que me lees cada semana, por acompañarme en este viaje.

Cumplir años no es perder tiempo.

Es la prueba de que lo hemos tenido.

Y yo he tenido mucho. Y muy bien acompañado.

Que vengan los que tengan que venir. Me encontrarán donde siempre: aquí, contando las cosas que pasan.

Y, sobre todo, las que quedan.



Marbella, 26 de septiembre de 2026.





viernes, 18 de septiembre de 2026

Cualquier tiempo pasado fue mejor...

Ahora que las redes se llenan de fotografías de los años 80 y 90, yo también he vuelto la mirada atrás.

Y aparece esta foto.

La miro y casi puedo escuchar las risas de entonces. Veo a mis amigos, nuestra pandilla, aquellos años en los que parecía que teníamos todo el tiempo del mundo. Éramos unos apasionados de Guns N’ Roses, hasta el punto de bautizarnos como Trabuco’s and Flower.

Entonces escuchábamos November Rain porque nos encantaba.

Hoy, a las puertas de los 50, la escucho de otra manera.

Porque hay canciones que no cambian. Los que cambiamos somos nosotros.

Y quizás de eso se trate la vida: de cambiar.

Miro hacia atrás y, naturalmente, hay cosas que habría hecho de otra manera. Decisiones, errores, personas, momentos… Pero no cambiaría el camino, porque todo lo vivido, lo bueno y lo malo, me ha traído hasta aquí.

A estas alturas empiezo a comprender que mirar atrás no significa querer regresar. Significa recordar de dónde vienes para entender mejor quién eres y, sobre todo, quién quieres seguir siendo.

Porque acercarse a los 50 no debería significar dejar de cambiar. Al contrario.

Quiero seguir cambiando.

Pero cambiando para bien.

Quiero quedarme con lo aprendido y desprenderme de aquello que ya no necesito. Dar más importancia a las personas que a las cosas. Perder menos tiempo en lo que no merece la pena. Equivocarme, reconocerlo y aprender. Escuchar más. Juzgar menos. Disfrutar de los míos. Y no dejar para mañana tantos abrazos, conversaciones o momentos que la vida nunca nos garantiza que podamos repetir.

Con los años también descubres que la vida tiene sus propios noviembres. Épocas de frío y lluvia en las que toca caminar un trecho a solas. Y entiendes aquello que de joven apenas intuías: todos necesitamos alguna vez nuestro tiempo.

Tiempo para pensar.

Para recordar.

Para poner en orden lo vivido.

Y también para decidir hacia dónde queremos seguir caminando.

Hoy miro esta fotografía y veo a unos jóvenes que todavía no conocían los noviembres que les esperaban. Estaban allí, juntos, riendo, viviendo el momento sin saber que aquel instante aparentemente cualquiera terminaría convirtiéndose, muchos años después, en un pequeño tesoro.

Y eso es lo hermoso de mirar atrás.

No hacerlo para vivir de la nostalgia, sino para recordar que fuimos aquellos jóvenes, que recorrimos todo este camino y que todavía seguimos aquí, con la posibilidad de escribir muchas páginas más.

Si pudiera entrar unos segundos en esta fotografía, no les contaría lo que va a suceder.

Solo les diría:

Quedaos un rato más.

Reíd un poco más fuerte.

Poned otra canción.

Y disfrutad del camino.

Porque un día estaréis a las puertas de los 50 y comprenderéis que la vida pasó mucho más deprisa de lo que imaginabais.

Y quizá entonces descubráis algo todavía más importante:

que cumplir años no consiste en dejar atrás a quien fuiste, sino en agradecerle el camino recorrido y seguir trabajando en la persona que todavía quieres llegar a ser.

Hoy miro atrás con nostalgia.

Miro el presente con gratitud.

Y miro hacia delante con ganas de seguir cambiando.

Siempre cambiando. Pero siempre, para bien.

Y cuando vuelva a sonar November Rain, allí estarán otra vez los amigos, las risas, la juventud y aquellos Trabuco’s and Flower que creían tener todo el tiempo del mundo.

Quizá no lo tuvimos.

Pero tuvimos aquel tiempo.

Tenemos este.

Y mientras quede camino, todavía estamos a tiempo de ser mejores.


Marbella, 18 de septiembre de 2026. Fotografía de Juan Pablo. 


 

viernes, 11 de septiembre de 2026

El carro del supermercado

Hoy he escuchado en la radio una reflexión sobre algo aparentemente trivial: qué hacemos con el carro del supermercado cuando terminamos de usarlo.

Hay quienes lo llevan hasta su sitio. Y hay quienes, después de vaciarlo, lo abandonan donde les viene bien: entre dos coches, junto a una acera o en mitad del aparcamiento. Al fin y al cabo, podrían pensar, alguien vendrá después a recogerlo.

Y quizá la vida se parezca bastante a ese aparcamiento.

Porque ser buena persona no consiste solamente en no hacer daño. Muchas veces consiste en no dejar a los demás aquello que nosotros podríamos haber dejado resuelto.

Devolver un carro no tiene premio. Nadie te felicita por hacerlo. No hay una cámara esperando para reconocer tu gesto ni una recompensa al final del aparcamiento. Simplemente lo haces porque sabes que es lo correcto. Porque piensas en quien llegará después. Porque entiendes que tu comodidad no tiene por qué convertirse en la incomodidad de otro.

Y ahí, precisamente, creo que habita buena parte de la bondad.

Las buenas personas van por la vida recogiendo sus pequeños carros. Procuran no dejar atravesados sus problemas en el camino de los demás. Piden perdón cuando se equivocan. Dan las gracias. Cumplen su palabra. Devuelven lo que les prestaron. Intentan no ensuciar aquello que encontraron limpio y, cuando pueden, dejan las cosas un poco mejor de como las encontraron.

No porque alguien las esté mirando.

Sino porque ellas sí miran a los demás.

Quizá no podamos saber si alguien tiene buen o mal corazón únicamente por dónde deja un carro de supermercado. Todos tenemos un mal día, una prisa, un despiste. Pero hay algo revelador en esos pequeños actos que hacemos cuando creemos que no importan.

Porque el carácter rara vez se demuestra en los grandes discursos. Se va escribiendo en gestos diminutos, casi invisibles.

Al final, vivir con bondad quizá sea precisamente eso: avanzar procurando que nuestro paso por el mundo no obligue a los demás a ir recogiendo constantemente lo que nosotros dejamos tirado.

Y, si es posible, devolver siempre el carro a su sitio.


Marbella, 11 de septiembre de 2026. Fotografía libre en la red.


viernes, 4 de septiembre de 2026

Cambalache

Que el mundo fue y será una porquería, ya lo sé...

En el quinientos seis, y en el dos mil también!!...

Hay épocas en las que uno sospecha que la sociedad no avanza: simplemente cambia de escaparate. Cambian los teléfonos, los discursos, las modas y las consignas, pero la vieja confusión entre lo valioso y lo miserable sigue entrando por la misma puerta, solo que ahora con mejor iluminación y conexión wifi.

Vivimos rodeados de opiniones instantáneas, indignaciones de temporada y personajes que un día son ejemplo y al siguiente mercancía vencida. Se premia al que grita antes que al que piensa, al que aparenta antes que al que construye, al que sabe exhibirse antes que al que sabe estar. Y mientras tanto, la honestidad —esa virtud poco fotogénica— sigue llegando tarde a casi todas las celebraciones.

Por eso aquel viejo tango conserva algo inquietantemente actual: esa sensación de que el mérito, la decencia y la impostura terminan mezclados en el mismo mostrador. No porque todo sea igual, sino porque hemos aprendido a tratarlo como si lo fuera. Nos escandaliza el engaño, pero admiramos al astuto; criticamos la corrupción, pero celebramos al que “sabe moverse”; pedimos principios, siempre que no nos incomoden demasiado.

Tal vez el verdadero cambalache no esté en el mundo, sino en la facilidad con la que aceptamos sus reglas. Y quizá la única forma de no perdernos en él sea seguir haciendo algo tan poco espectacular como necesario: distinguir, pensar, elegir bien y conservar la decencia incluso cuando parece que nadie la está mirando.


Marbella, 4 de septiembre de 2026.




viernes, 28 de agosto de 2026

El poeta cansado

Me quedé mirando una nube con la intención de no pensar en nada.

Primero fue un barco. Después un caballo. Luego una isla que parecía alejarse sin moverse. El viento le cambió la forma y tuve que empezar de nuevo.

Durante un rato intenté decidir qué estaba viendo.

Al final comprendí que solo era una nube.

Pero para entonces ya había viajado medio mundo sin levantarme de la silla.

Ser poeta es agotador.

Uno mira al cielo cinco minutos y vuelve con exceso de equipaje.


Fuente de Cantos, 28 de agosto de 2026. Imagen libre en la red.


viernes, 21 de agosto de 2026

Amor en un candado II: Doce años después

Casi doce años.

Lo escribo y me parece mucho. O poco. Depende de para qué.

En 2014 escribí sobre el amor y los candados. Me preguntaba cuánto duraría realmente cerrado uno de aquellos pequeños trozos de metal donde dos enamorados escribían sus iniciales convencidos de que el óxido tardaría más en llegar que el desamor.

Por entonces imaginaba a Romeo y Julieta conquistándose en Facebook. Hoy Romeo seguiría a Julieta en Instagram, reaccionaría a sus historias y, antes de escribirle, probablemente ella ya habría investigado sus fotos, sus seguidores y, sobre todo, quién es esa chica que le pone corazones a todo.

Después llegarían WhatsApp, los mensajes hasta la madrugada, los audios interminables, los buenos días y ese maravilloso “avísame cuando llegues”. Porque las cosas cambian, pero nosotros no tanto: seguimos necesitando sentir que alguien, entre millones de personas, está pensando precisamente en nosotros.

También cambiaron las despedidas. Ahora existe el ghosting, una palabra muy moderna para algo tan antiguo como la cobardía: desaparecer sin explicar nada. Pasar de “eres especial” a un mensaje leído y dos tics azules.

Nunca habíamos tenido tanta información sobre alguien y, curiosamente, nunca habíamos tenido tantas dudas.

Y sin embargo, hay que seguir creyendo en el amor.

Quizá porque con los años he entendido que el verdadero amor tiene poco que ver con los candados. Un candado se cierra; el amor, cuando es bueno, debería abrir: caminos, conversaciones, espacios y maneras nuevas de mirar la vida.

A veces pienso en aquellas parejas que dejaron sus iniciales en un puente. Algunas seguirán juntas. Otras no se hablarán desde hace años. Pero también he aprendido algo: no todo lo que termina fue mentira.

Hay amores que duran toda una vida y otros apenas una estación. Y ambos pueden haber sido verdaderos.

Por eso, cuando hoy encuentro un puente lleno de candados, ya no me pregunto cuántas parejas seguirán juntas. Prefiero pensar que, al menos durante aquel instante, dos personas estuvieron convencidas de querer compartir su camino.

¿Ha cambiado el amor en estos doce años? Claro!.

Tenemos nuevas aplicaciones, nuevas palabras y nuevas maneras de hacernos daño. Pero seguimos queriendo lo mismo: que alguien nos elija, nos espere, nos pregunte si hemos llegado bien y nos quiera cuando ya no quedan filtros ni historias que publicar.

Si hoy volviera a colocar aquel candado, no escribiría “para siempre”.

Es demasiada responsabilidad para un pequeño trozo de metal.

Escribiría algo más sencillo:

“Mientras estemos aquí, que sea de verdad.”


Marbella, 21 de agosto de 2026. Pont des Arts, París. 


viernes, 14 de agosto de 2026

El eclipse

El eclipse que hemos podido ver en España estos días atrás, me recuerda que incluso aquello que parece opuesto puede encontrarse y crear algo extraordinario. La luz y la sombra, tan distintas entre sí, se cruzan por un instante y dibujan en el cielo una imagen capaz de detener nuestras prisas y hacernos mirar hacia arriba.

También en la vida necesitamos caracteres diferentes. Hay personas que iluminan, otras que cuestionan; unas nos dan calma y otras nos sacuden. No siempre pensamos igual, sentimos igual ni caminamos al mismo ritmo, pero precisamente ahí puede estar la belleza: en aprender a coincidir sin tener que parecernos.

Porque quizá convivir no consista en buscar personas idénticas a nosotros, sino en descubrir qué formas nuevas podemos crear cuando nuestras diferencias se encuentran. Como en un eclipse, a veces la belleza no nace de que una luz elimine a la otra, sino de que, por un momento, ambas sepan ocupar juntas el mismo cielo.


Marbella, 14 de agosto de 2026. Imagen libre en la red














viernes, 7 de agosto de 2026

El Avatar

En la Convención Nacional de Servidores de la Patria —nombre oficial del encuentro anual de quienes llevaban décadas sirviéndose de ella— el diputado Leoncio recibió la Medalla a la Transparencia, una pieza de oro macizo cuyo costo, por razones de transparencia, jamás fue publicado. Ministros, senadores, alcaldes y asesores lo aplaudieron durante siete minutos, aunque ninguno supo explicar exactamente qué mérito se premiaba. Eso sí, todos coincidieron en que era un reconocimiento «más que merecido», frase de gran utilidad cuando nadie quiere hacer preguntas.

Al salir del recinto, Leoncio encontró la avenida bloqueada por una marcha de elefantes de un circo. Indignado porque el tráfico no reconocía su investidura, pidió al chófer que parara y tiró con violencia de la cola de una elefanta. El animal, ignorante de protocolos, fueros y comisiones de ética, lo levantó con la trompa, lo estrelló contra el suelo y, para rematar el desacato, depositó sobre su traje italiano todo lo que su aparato digestivo consideró pertinente. La elefanta fue detenida de inmediato por atentado contra la autoridad, resistencia, alteración del orden público y, después de una reforma exprés del Código Penal, «humillación agravada de representante electo».

La condenaron a ocho años. Pero algo extraño ocurrió. La gente comenzó a llevar flores al zoológico donde cumplía sentencia. Aparecieron camisetas, tazas, llaveros y pegatinas con su figura. «La única que hizo rendición de cuentas», decía una de las más vendidas. El Gobierno protestó porque aquello fomentaba el desprestigio institucional; la oposición, indignadísima, defendió a la elefanta hasta descubrir que podía ganar votos con ella. Entonces imprimió millones de carteles con su imagen y el lema: «Nosotros sí vamos a limpiar el país».

Ganaron las elecciones. La elefanta fue indultada, condecorada y nombrada símbolo nacional del cambio. Cuatro años después, el nuevo gobierno había duplicado los asesores, triplicado los contratos de confianza y perfeccionado exactamente las mismas mañas que había prometido combatir. Cuando alguien propuso volver a sacar la imagen de la elefanta para la siguiente campaña, un veterano estratega negó con la cabeza: "Imposible. Ya representa a la oposición". Y así, mientras unos y otros discutían de quién era el animal, el país descubrió que en política hasta la mierda cambia de dueño, pero rara vez de olor.


Marbella, 7 de agosto de 2026. Imagen libre en la red.



viernes, 31 de julio de 2026

Sobre las decepciones

Las decepciones más profundas no siempre vienen de quienes se marchan, sino de quienes se quedan fingiendo. Hay personas que ofrecen una sonrisa mientras esconden una intención distinta, que hablan de lealtad pero actúan según su conveniencia. Descubrir esa doble cara duele porque no solo rompe la imagen que teníamos de alguien, sino también la confianza con la que nos habíamos acercado.

Después de ciertas heridas, fiarse de los demás se convierte en un reto continuo. Uno comienza a leer los silencios, a dudar de las palabras bonitas y a preguntarse qué se oculta detrás de cada gesto. Sin embargo, vivir desconfiando de todo también puede convertir el corazón en una casa cerrada, donde nadie entra, pero tampoco llega la luz.

Quizá la lección no sea dejar de confiar, sino aprender a hacerlo con calma. Observar más los actos que las promesas, permitir que el tiempo revele las verdaderas intenciones y entender que poner límites no nos vuelve fríos, sino conscientes. No todas las personas tienen dos caras, pero conocer la oscuridad de algunas nos enseña a valorar mejor la sinceridad de quienes llegan sin máscaras.


Fuente de Cantos, 31 de julio de 2026. Imagen libre en la red.


viernes, 24 de julio de 2026

Abrazar y soltar

Fue a primeros de junio que estuve en Disneyland Paris descubriendo la magia que envuelve ese parque de fantasía, sin embargo, hace tan solo unos días en que me he enterado que hay una regla no escrita de los parques Disney: cuando alguien abraza a un personaje, este espera a que la otra persona sea quien termine el abrazo.

A veces, un abrazo dura apenas unos segundos; otras veces, contiene todas las palabras que alguien no ha sabido pronunciar. Por eso es tan hermosa esa pequeña regla: no apartarse primero, no decidir por el otro cuándo ha recibido suficiente cariño.

Quizá quien abraza no busca solamente a un personaje de fantasía. Tal vez busca refugio, consuelo o la posibilidad de volver a sentirse niño por un instante. Y quien permanece allí, sin prisa, le está diciendo en silencio: «Puedes quedarte un poco más; aquí no tienes que fingir que estás bien».

La vida sería más amable si aprendiéramos a hacer lo mismo: respetar el tiempo de las emociones ajenas, acompañar sin apresurar y comprender que, en ocasiones, el mejor regalo no es una respuesta, sino una presencia que no se marcha antes de tiempo.


Marbella, 24 de julio de 2026. Cata y Mikey. Fotografía de Jesús Apa.



viernes, 17 de julio de 2026

Soledad y distancia

La soledad es una mancha gris en el corazón. Lo va devorando. Lo va arrebatando... Se instala en los rincones de la casa, en la silla vacía, en el silencio que queda después de una llamada. Hay días en los que la distancia pesa más que el mundo y uno daría cualquier cosa por un abrazo que no tuviera que atravesar una pantalla.

El teléfono acerca las voces, pero no siempre consigue acercar la vida. Puedo escuchar sus risas, preguntar cómo están y fingir que todo marcha bien; sin embargo, al terminar la conversación, la habitación vuelve a quedarse inmóvil. Entonces comprendo que hay ausencias que ninguna palabra puede llenar, porque el alma también necesita compañía, presencia y calor.

Aun así, me aferro a esos pequeños puentes que construimos desde lejos: una fotografía, un mensaje inesperado, un recuerdo compartido. Son hilos frágiles, pero suficientes para recordarme que sigo perteneciendo a algún lugar, que mi familia continúa habitando dentro de mí aunque no pueda tocarla.

Quizás la distancia no desaparezca pronto, pero tampoco podrá borrar lo que nos une. Mientras exista el deseo de volver a encontrarnos, la soledad no tendrá la última palabra. Algún día, esta mancha gris se irá aclarando, y el corazón recuperará todo aquello que creyó perdido.


Cabeza la Vaca, 17 de julio de 2026. Fotografía de Jesús Apa.


viernes, 10 de julio de 2026

Jubilación y amistad eterna

La vida está hecha de etapas que, mientras las vivimos, parecen interminables. Durante años creemos que somos nuestras responsabilidades, nuestros horarios, los problemas que resolvemos y el lugar que ocupamos cada mañana. Pero llega un día en que el tiempo nos recuerda, con delicadeza, que ninguna tarea es eterna y que también existe una forma de plenitud en detenerse, mirar atrás sin nostalgia y comprender que lo verdaderamente importante nunca estuvo solo en el trabajo, sino en la huella humana que dejamos mientras lo hacíamos.

Jubilarse no es apartarse de la vida, sino regresar a ella de otra manera. Es recuperar el tiempo que tantas veces se entregó a los demás y ofrecerlo ahora a la familia, a los afectos y a esos pequeños momentos que antes quedaban aplazados. No se trata de dejar de ser útil, sino de descubrir que la presencia, la conversación y el cariño también son formas profundas de entrega.

Algunas personas atraviesan nuestra existencia demostrando que la amistad no entiende de edades. Los años que separan pueden convertirse en puentes cuando existen el respeto, la confianza y el afecto verdadero. Entonces, la experiencia de uno y la mirada del otro se encuentran en un territorio común, donde siempre hay algo que aprender, algo que compartir y, gracias a un buen sentido del humor, algo por lo que reír.

Al final, quizá una vida bien vivida no se mide por cuánto se trabajó, sino por la bondad con la que se trató a los demás, por la alegría que se dejó en cada encuentro y por el cariño que permanece cuando una etapa termina. Hay personas cuya mayor obra no figura en ningún currículo: está en la memoria agradecida de quienes tuvieron la fortuna de caminar a su lado.

Y mientras mi buen amigo Diego pronunciaba unas palabras ante los suyos, en aquella comida que anunciaba el comienzo de su jubilación, quizá pensaba en la inmensa fortuna de llegar hasta allí rodeado de tanto cariño. Yo, mientras lo escuchaba, pensaba en otra suerte distinta, pero igual de profunda: la de haber compartido el camino, haber sido testigo de ese momento y haber tenido la vida la generosidad de cruzarme con él.


Marbella, 10 de julio de 2026. Diego Morales.


viernes, 3 de julio de 2026

En una febril tarde de verano

En una febril tarde de verano, el suelo ardía como una olla olvidada al fuego. El camino era largo y sin sombra, sólo crecían hierbajos amarillos que parecían susurrar dormidos. A lo lejos, en mitad de un llano sin nombre, vi una casa torcida, hecha de barro, huesos de gallina y puertas que respiraban.

Allí vivía la anciana que había visto en mis fiebres. Tenía los ojos pequeños, una trenza de polvo y un lunar que le caminaba por la frente como escarabajo. Cuando me acerqué, me sonrió sin dientes y dijo:

"Llegaste tarde, pero el verano todavía no termina".

En el patio había un árbol seco, lleno de cucharas colgadas. Un sombrero de paja y un ladrido vago y lejano de un mastín. Sobre una rama cantaba un pájaro negro con pico de niño:

—¡Tirirín! ¡Tirirán! ¡Nadie regresa igual!

La vieja me sentó sobre una piedra caliente y me cubrió los párpados con pétalos, sal y cáscaras de limón. Luego sopló humo de romero sobre mi pecho. Yo quise hablar, pero de mi boca salieron hormigas azules que corrieron hacia el pozo.

Cuando desperté, la tarde seguía igual de encendida. Mis manos tenían raíces pequeñas y en mi mejilla crecía un zacatillo verde. La anciana me tomó del brazo con ternura y juntos caminamos hacia el sol. Sin embargo mi corazón estaba tan frío y claro como el agua escondida bajo la tierra.

Entonces comprendí que nunca había llegado a aquella casa. Seguía en el camino, tendido entre los hierbajos secos, con la fiebre en los ojos y el verano respirándome en la nuca. Quise levantarme, pero mis pies ya eran de barro.

Desde entonces, cuando cae la tarde, oigo a lo lejos una puerta que respira y una voz que me llama por un nombre que no es mío.


Cabeza la Vaca, 3 de julio de 2026. Imagen libre en la red.


viernes, 26 de junio de 2026

Tempus fugit

Mientras conducía, venía escuchando un podcast muy interesante entre dos contertulios que han decidido poner en el lugar adecuado la evolución para sus logros. Ambos coincidían en que cada vez más personas empiezan a sentir que la vida no puede consistir únicamente en correr detrás del éxito, del reconocimiento o del poder. Durante mucho tiempo nos han enseñado que avanzar significa acumular: más dinero, más logros, más influencia, más prestigio. Pero en esa carrera, muchas veces se pierde algo mucho más valioso: la capacidad de disfrutar de lo sencillo, de estar presentes, de vivir sin tener que demostrar nada constantemente.

Quizá por eso empieza a crecer una forma distinta de mirar la vida. Los jóvenes ya no quieren puestos de responsabilidad porque en ello, va el sacrificio del tiempo. Hay quienes ya no quieren parecerse a lo que la mayoría admira, si ese modelo exige sacrificar la calma, la salud, la familia, la amistad o la paz interior. No se trata de renunciar a los sueños, sino de preguntarse qué precio estamos dispuestos a pagar (o a cobrar en salario) por ellos. Porque no todo lo que brilla nos acerca a una vida plena, y no todo lo que parece pequeño carece de valor.

El verdadero lujo quizá sea tener tiempo de calidad: tiempo para conversar sin mirar el reloj, para jugar con un hijo, para caminar sin destino, para escuchar, para descansar, para estar. Tiempo para vivir de una manera que no dependa únicamente de la aprobación externa. En un mundo que empuja a competir, elegir la serenidad puede ser un acto de valentía.

"Tempus fugit": el tiempo huye. Y precisamente por eso conviene recordar que la vida no se mide solo por lo que conseguimos, sino por aquello que fuimos capaces de sentir, cuidar y disfrutar mientras el tiempo pasaba.


Marbella, 26 de junio de 2026. Imagen libre en la red.



viernes, 19 de junio de 2026

Conversación entre princesas

Había una vez una niña de tres años que caminaba por un castillo lleno de luces, canciones y risas. Llevaba los ojos muy abiertos, como si dentro de ellos cupiera todo el cielo, pues aún cualquier tipo de magia puede sorprenderla,. De pronto, al pasar junto a un jardín encantado, escuchó unas voces suaves: eran dos princesas hablando bajito, como hablan las estrellas cuando nadie las mira.

Una princesa decía: “A veces tengo miedo de no ser valiente”. La otra respondió: “Ser valiente no significa no tener miedo; significa dar un pasito aunque el miedo venga contigo”. La niña se quedó quieta, abrazando su muñeca, y entendió algo muy importante, aunque todavía no supiera explicarlo con palabras grandes.

Entonces una de las princesas la vio, se agachó y le sonrió. “Tú también eres una princesa”, le dijo. “No por tu vestido, ni por tu corona, sino porque dentro de ti hay una luz que nadie más tiene igual”. La niña sonrió despacito, como si acabaran de regalarle un secreto.

Y desde aquel día, cada vez que algo le daba miedo, recordaba aquella conversación entre princesas y se decía: “Puedo dar un pasito”. Porque incluso las niñas pequeñas tienen un corazón enorme, y dentro de ese corazón vive una fuerza mágica que crece cada vez que creen en sí mismas.


Cabeza la Vaca, 19 de junio de 2026. Fotografía de Jesús Apa.