Desde que tenía memoria, Cata soñaba con una bicicleta voladora. No de esas con alas de metal o motores rugientes, sino una que se elevara suavemente, como una madeja de hojas de otoño al viento.
Cada noche la imaginaba diferente: a veces hecha de nubes trenzadas, otras con ruedas que brillaban como lunas llenas. Y mientras soñaba, guardaba tornillos, cintas, hojas y plumas que encontraba en su camino, convencida de que algún día todo encajaría.
Una madrugada, cuando el cielo aún era azul oscuro, Cata salió al patio con su pequeña montaña de tesoros. Los colocó en el suelo, respiró hondo y dijo:
"Hoy aprenderás a volar conmigo."
Nadie sabe exactamente qué ocurrió después. Solo que, al amanecer, los vecinos juraron haber visto una silueta pequeña pedaleando entre las primeras luces, dejando una estela de plumas y risas en dirección a la enorme montaña de Marbella.
Y desde aquel día, cuando el viento sopla con dulzura, parece escucharse el timbre lejano de la bicicleta de Cata, como si aún recorriera los cielos en busca de nuevos sueños.

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