Este mañana he escuchado en la radio que en algunas zonas de Japón, el tiempo de vida se mide por septenios; períodos de siete años. Y el momento clave en la vida de una persona, el momento de la segunda parte de uno mismo, de plena madurez y conocimiento, se cumple en el séptimo septenio. O sea, a la edad de 49 años. Es como el momento de proponerte una segunda oportunidad si aún quieres cambiar tu vida, el punto idóneo para salir de tu zona de confort.
Paralelamente a este concepto, hablaban de otro a colación; el término "Ikigai", que viene a ser como el propósito de vivir. O más que el propósito, la búsqueda de la razón de ser. Y hablaban en esta conversación, de que el Ikigai comienza, cuando el primer propósito, es precisamente la búsqueda de ese propósito. Esto, en la cultura del territorio japonés que mejor lo lleva a cabo, se concibe como "una razón para levantarse por la mañana".
Y es totalmente cierto que, si la razón que te saca de la cama se vuelve pesada, tediosa o nociva, "sencillamente" hay que mirarse dentro de uno mismo y someterse a ese cambio que tanto cuesta a veces llevar a cabo. Para entenderlo mejor, nada como un cuento...
"Cada día, el viejo Haru se despertaba a las cinco en punto, sin alarma. No porque tuviera prisa, sino porque quería ver cómo el sol se deslizaba lentamente por las montañas de Okinawa. Ponía a calentar el agua, seleccionaba con calma las hojas de té verde, y lo preparaba como si cada movimiento tuviera alma.
—¿No te aburres de hacer lo mismo todos los días? —le preguntó su nieto una templada mañana de verano, mientras lo observaba con curiosidad.
Haru sonrió y le ofreció una taza.
—¿Sabe igual el té cuando estás triste que cuando estás feliz?
El niño negó con la cabeza.
—Entonces entiendes el primer secreto: no es lo que haces, es cómo lo haces.
El anciano le explicó que su rutina no era una costumbre vacía, sino su Ikigai: su razón para levantarse cada mañana. No era solo el té. Era el arte de prepararlo, el silencio, el aroma, el regalo de ofrecerlo. Era sentirse útil, estar presente, y compartir algo sencillo con los demás.
—Tu Ikigai no siempre es grande —dijo—. A veces cabe en una taza caliente entre tus manos.
El niño no volvió a hacer la pregunta. Desde entonces, cada verano, preparaban el té juntos al amanecer."

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