Cada diciembre, el pueblo se llenaba de luces, abrazos ensayados y sonrisas recién sacadas del cajón. Todos se deseaban paz, amor y buenos deseos, como quien reparte cartas sin mirar.
En la mesa de la Navidad, nadie decía lo que pensaba. Se brindaba por la familia mientras se contaban viejas rencillas en silencio, y se hablaba de generosidad con la misma mano que sujetaba fuerte las fichas del egoísmo. Era un juego conocido: todos sabían que algo no cuadraba, pero nadie se levantaba de la partida.
La Navidad se parecía mucho a saludar a alguien que juega a las cartas del póquer y sabes que va de farol. Le estrechas la mano, le sonríes, y aceptas la mentira amable porque romper el juego sería arruinar la noche.
Cuando las luces se apagaban y los villancicos callaban, quedaba la mesa vacía y una pregunta sin envolver:
¿Y si algún año, en lugar de faroles, nos atreviéramos a jugar con cartas descubiertas?
Desde entonces, algunos esperan la Navidad no por lo que promete, sino por la oportunidad —breve, incómoda y valiente— de empezar a decir la verdad.

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