Hace unos días que hablé con un amigo sobre su cercano momento de la jubilación. Reflexionaba sobre ello, incluso hasta tal punto, que parecía no estar preparado para ese momento. Había entrado en tal rutina, sobre todo, hablaba que su vida era el trabajo y todo lo que envolvía a éste. Que si eso desaparecía, también se esfumarían muchas relaciones, muchos hábitos y muchos "impulsos cotidianos" que ayudan a su día a día. No quería que llegara el momento que, sin embargo, durante media vida había deseado.
A veces, para entender el sentido de una vida, basta con imaginarla al revés. Al invertir el orden, se descolocan nuestras certezas: la muerte deja de ser una amenaza al final del camino y se convierte en un punto de partida ya atravesado. Y entonces, como por arte de magia, el miedo pierde autoridad y lo que queda es una curiosidad nueva por cada etapa. Sin olvidar que, las piedras en las que tropezamos difieren unas de otras....
Esa inversión también revela lo extrañas que son nuestras prioridades: corremos cuando aún no sabemos adónde, acumulamos cuando menos necesitamos, y aplazamos el disfrute como si fuese un premio reservado para el futuro. Mirado así, el “progreso” se vuelve una idea relativa: quizá no consiste en subir peldaños, sino en aprender a estar presentes en cada uno, sin despreciar lo que somos mientras cambiamos.
Yo me reconciliaba con sus pensamientos y, a su vez, pensaba para mis adentros; ¿Y si lo importante no fuera llegar, sino reconciliarnos con el tiempo, con el cuerpo, con la fragilidad? Tal vez el final ideal no sea un estruendo, sino algo sencillo: una salida en calma, como quien apaga la luz y deja la habitación en orden.
Ahí, me acordé de un texto que leí alguna vez por algún sitio, y que dice así;
Se debería empezar muriendo y así ese trauma quedaría superado. Luego te despiertas en un Hogar de ancianos mejorando día a día. Después te echan de la Residencia porque estás bien y lo primero que haces es cobrar tu pensión. Luego, en tu primer día de trabajo te dan un reloj de oro. Trabajas 40 años hasta que seas bastante joven como para disfrutar del retiro de la vida laboral. Entonces vas de fiesta en fiesta, bebes, practicas el sexo, no tienes problemas graves y te preparas para empezar a estudiar. Luego empiezas el cole, jugando con tus amigos, sin ningún tipo de obligación, hasta que seas bebé. Y los últimos 9 meses te pasas flotando tranquilo, con calefacción central, roomservice, etc. etc. Y al final... ¡Abandonas este mundo en un orgasmo!

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